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La maldición de La Madrila

Las miles de personas que cada fin de semana, durante casi medio siglo, han hecho de La Madrila su principal zona de ocio, la han convertido en el epicentro de la mayor movida cacereña en todos los sentidos. Y es que año tras año, este distrito ha tenido el ambiente caldeado, los ánimos incendiados y hasta fuego real cuando la limitación del horario de los bares hizo arder las calles con graves disturbios en 1991 y 2002. Ninguna otra zona ha ocupado tantas páginas de actualidad, incluida la prensa nacional, ni ha acumulado tantas portadas: las quejas de los vecinos, las denuncias, el cierre de ocho locales durante años, la sentencia con penas de prisión para 11 hosteleros, la reciente clausura de otros locales por el deterioro de un forjado... El entorno de Albatros ha perdido la mitad de sus bares. Hablan de la maldición de La Madrila, pero La Madrila, guste o no, siempre ha encontrado el modo de seguir adelante.

Lo buscan los hosteleros, que tras una dura sentencia que ha condenado a 11 compañeros por ruidos, saben que hay que lograr «ese importantísimo equilibrio entre el ocio y el derecho al descanso de los vecinos», explica Emilio Cabrero, todo un veterano de La Madrila, propietario de Ivanhoe 3.0 y Carpe Diem (acaba de adquirir también La Habana, en Pizarro), que ha lidiado con la noche sin recibir denuncias. Lo buscan los vecinos, que han dormido durante décadas con sus casas literalmente vibrando y miles de personas gritando a pocos metros de sus camas... y de las camas de sus hijos. Puede que la necesidad de entenderse, de llegar a una entente cordiale, sea ahora más evidente.

¿Pero cómo empezó todo? A finales de los años 60, Cáceres se asomaba a la modernidad con la construcción del residencial más amplio y lujoso que jamás se había levantado de una sola vez en la ciudad: nada menos que veinte bloques de espaciosos pisos soleados, con puerta de servicio, algunos de más de 400.000 pesetas. Incluso estaba proyectada una piscina privada para los residentes donde hoy se ubican las pistas. El acceso a las calles estaría restringido solo a los propietarios.

«Por la misma razón, los locales de su plaza central, Albatros, eran privados, de uso residencial, solo destinados a garajes o a algún comercio que diera servicio a los vecinos», relata Miguel Salazar, presidente vecinal de La Madrila desde hace 23 años. «Personas cercanas a la constructora de La Madrila (la empresa de Manolo Carabia), en un intento de darle vida al barrio, abrieron los primeros locales de copas: Delfos y Bols. No hacían ruido porque estaban en plantas subterráneas y cerraban a su hora», recuerda.

un pub, dos, tres... / Pero ahí empezó todo. En los siguientes años, los establecimientos de copas invadieron los locales de La Madrila Baja (en torno a Albatros). También La Madrila Alta (con eje en Fleming). Abrió Faunos, Maribel, Eros, Rita, Por Ejemplo... El barrio llegó a tener medio centenar de bares y pubs donde era posible tomar copas hasta las cinco, las seis, las siete de la mañana...

Los vecinos comenzaron a hacerse oír. Aquel paraíso residencial era un infierno de madrugada. En La Madrila podías divertirte tanto al anochecer como al amanecer. Los estudiantes se contaban por miles, los jóvenes llenaban los locales tras el botellón del Paseo Alto o la plaza Mayor, luego el mismo botellón se hacía sobre el pavimento de Albatros. No había límites. Durante tres años, el diálogo entre hosteleros y autoridades no dio frutos. Ante la presión y el ambiente desbocado (la movida cacereña ya era conocida en toda España), la entonces gobernadora civil de Cáceres, Alicia Izaguirre, ordenó el cierre de los locales a las 3.30 horas. Y se armó.

PRIMEROS ALTERCADOS / La madrugada del 12 al 13 de octubre de 1991 fue testigo de una batalla campal con cuantiosos daños materiales y doce personas detenidas. La protesta, secundada por un millar de jóvenes, duró más de tres horas, tiempo en el que se registraron sucesivos actos de vandalismo contra las propiedades públicas y privadas: decenas de escaparates rotos, mobiliario urbano por los suelos (farolas, cabinas, kioscos...), incluso prendieron fuego al salón de actos del edificio Múltiples y a diversos contenedores. El tema del ruido había explotado. Algunos llevaban pasamontañas, palos, piedras, barras... Fue una especie de histeria colectiva que cogió por sorpresa a las fuerzas del orden.

La gobernadora fue tajante: «Seguirán las denuncias y se cerraran más bares». El alcalde, Carlos Sánchez Polo, calificó los actos de «irracionales». Durante el siguiente fin de semana continuaron los desórdenes y hubo cinco detenidos. Los antidisturbios, ahora sí preparados y prevenidos, lanzaron algunas pelotas de goma pero los ánimos se fueron apaciguando. La Coordinadora Antirruidos de Extremadura pidió que se aplicaran los horarios en toda la región.

OTRA VEZ EN EL TELEDIARIO / Pese a lo ocurrido, el problema de La Madrila distaba mucho de asomarse siquiera a una solución. Muy pronto, el bullicio siguió siendo insoportable para los vecinos, los horarios se incumplían de forma sistemática, las dimensiones del botellón se habían desbocado y resultaba imposible conciliar el sueño. Las multitudes continuaban llenando las madrugadas. Visto lo visto, la Junta de Extremadura estableció en 2002 la obligación de cumplir los horarios de cierre aprobados cinco años antes, y La Madrila tuvo un dejá vu: el 6 de octubre se volvieron a producir nuevos altercados contra la llamada ley seca.

La revuelta cobró dimensiones muy preocupantes. Unas y otras fuentes cifraron entre 1.000 y 3.000 personas las que se sumaron a las protestas, en las que resultaron heridos agentes de policía. Algunos la emprendieron a patadas contra todo lo que encontraban y quemaron contenedores. El delegado del Gobierno, Óscar Baselga, envío a Cáceres a 40 policías antidisturbios que tampoco lograron frenar las violentas protestas del fin de semana siguiente, 11 de octubre, en la que varios jóvenes fueron detenidos. Cinco de ellos llegaron a ingresar en prisión y quedaron en libertad días después.

Las autoridades no cedieron. El presidente extremeño, por entonces Rodríguez Ibarra, dijo que no cambiaría el horario de cierre «porque cien energúmenos quemen media ciudad». Cáceres volvió a ser noticia destacada en los informativos nacionales.

Durante los siguientes años, La Madrila volvió a encontrar el modo de mantener al ambiente desde la noche a la mañana. Cuando cerraban los bares del grupo E, los más tardíos (4.00 o 5.00 de la madrugada según la temporada), al poco tiempo, en torno a las 6.00, reabrían los que conservaban la licencia de bar normal (C), sin cumplir las condiciones de su categoría (poner cafés, tapas, bocadillos...). Y pese a que La Madrila nunca fue una zona especialmente conflictiva, este exceso de público también ha venido provocando situaciones excepcionales, como el hombre de 50 años que entró en coma en 2016 tras recibir un puñetazo, la reyerta de julio de 2017 que acabó con dos heridos en el hospital, el último apuñalamiento de un joven de 21 años en noviembre de 2017, y especialmente la muerte de un chico de solo 19 años en la noche de Reyes de 2005. Le disparó un hombre al que había recriminado poco antes su mala actitud con una mujer.

QUERELLA CRIMINAL / Un ambiente que ya en 2011 agotó la paciencia de los vecinos. Las molestias del público en la calle esperando la reapertura de los afters colmó el vaso. La asociación Cacereños contra el Ruido presentó una querella criminal contra un total de 16 locales de esta zona de ocio y contra la alcaldesa, Carmen Heras, una denuncia que también se extendió al concejal de Seguridad Ciudadana, Carlos Jurados, en estos dos casos por no actuar ante los problemas de contaminación acústica.

En marzo de 2012, la Audiencia Provincial de Cáceres dictó un auto ordenando el cierre cautelar de ocho de estos locales de copas, basándose en los partes médicos aportados por los vecinos, que los jueces consideraron «determinantes»: hablaban de tratamientos por insomnio, necesidad de atención médica reiterada, taquicardias, cefaleas... A los partes se unieron los informes técnicos del ayuntamiento, que aconsejaban el cierre de los locales por incumplir la normativa y porque no atendían a los requerimientos para subsanar las anomalías. La orden duro nada menos que cinco años. Algunos locales lograron levantarla antes realizando obras de insonorización. Otros no han vuelto a hacerlo.

EL JUICIO DEL RUIDO / El 20 de septiembre de 2017 comenzó el juicio oral. En el banquillo del Juzgado de lo Penal nº 2 se sentaron los 11 hosteleros investigados, junto a Carmen Heras y al concejal Carlos Jurado. El 31 de octubre quedó listo para sentencia tras 19 sesiones en las que se escucharon los testimonios de los acusados, de una treintena de testigos y de una decena de peritos de la Guardia Civil y agentes de protección ambiental.

Los técnicos certificaron que el ruido era «intolerable». La Guardia Civil declaró su asombro por cómo «vibraba el suelo de algunas viviendas». Los vecinos describieron sus fines de semana sin poder dormir: paredes y cristales que temblaban, depresión, irritabilidad y conflictos familiares. «Durante años tuve que quitar los cuadros de la pared porque se caían»; «de jueves a domingo dormíamos en el pasillo porque el ruido era insoportable»; «era como si tuviese la discoteca en mi casa», testificaron distintos inquilinos. La Fiscalía elevo incluso las penas que solicitaba.

La sentencia se publicó en enero, pero posteriormente la Audiencia Provincial de Cáceres ha estimado parcialmente los recursos de apelación presentados por los procesados, tal y como se ha conocido este verano. Así, la exalcaldesa de Cáceres, Carmen Heras, y el exedil Carlos Jurado, son condenados a un año y nueve meses de prisión por un delito continuado de prevaricación medioambiental, y a ocho años y seis meses de inhabilitación especial para empleo o cargo público.

A los hosteleros se les considera coautores de un delito contra el medio ambiente (ruidos), por ello se condena a los dueños de Maquiavelo, Down, Sugar, La Bele, Submarino, La Cuerda, Barroco y Latinos a dos años, tres meses y un día de prisión; y dos años y tres meses a los titulares del bar Tacones. También deberán indemnizar con cantidades desde 2.500 a 10.000 € por el daño moral causado a varios vecinos, y se les inhabilita para su trabajo desde un año hasta un año y nueve meses.

Por supuesto en La Madrila la actualidad no tiene fin. A raíz de la sentencia se acaba de crear la plataforma ‘Yo también hice ruido en La Madrila’, que lleva miles de firmas recogidas en ‘Change.org’, en mesas y en 60 establecimientos de la ciudad para pedir el indulto de los hosteleros y los políticos al Ministerio de Justicia. También se han organizado actividades abiertas para conseguir apoyos, entre ellas una exposición de fotos en Mastropiero con nostálgicas instantáneas.

QUEDAN LA MITAD DE BARES / Entre unos y otros avatares, La Madrila Baja ha perdido en estos últimos años la mitad de sus locales. Si había una veintena en Albatros y alrededores, ahora apenas llegan a la decena. El hostelero Emilio Cabrero lo achaca por encima de todo «a la crisis, que ha reducido el ocio claramente y también el número de universitarios». Para el presidente vecinal, «es cierto que los ruidos han bajado, pero solo un 20%. Continuamos con problemas para descansar y nos preguntamos por qué sufrimos este agravio frente a otros barrios».

Y así comienza otro otoño en La Madrila. No sin sobresaltos. Tres locales de copas de Albatros, (Ivanhoe 3.0, Velvet y Deja Vu), además de otros cuatro sin actividad, fueron precintados el 30 de agosto por deficiencias en un forjado. Ivanhoe 3.0 ya está de nuevo operativo y el resto lo harán en cuanto acometan obras de refuerzo. Un nuevo episodio, el penúltimo en La Madrila, donde todos parece que quieren encontrar, ahora sí, una forma de convivir.

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