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La reactivación del turismo en Sevilla: el lujo se adapta a la era del Covid

Alfombras desinfectantes, itinerarios marcados y reducción de elementos decorativos. Son algunos de los síntomas que en el Alfonso XIII, el principal referente de los hoteles en Sevilla, demuestran que este sector se ha adaptado a la era del Covid para retomar una actividad seriamente perjudicada por la pandemia. "El año que viene nos recuperaremos". Una afirmación que pronuncia Carlo Suffredini, director de este emblemático establecimiento de cinco estrellas, perteneciente al segmento de lujo y que ha permanecido 100 días cerrado a consecuencia del estado de alarma. 

"Debemos tener una visión optimista. Hay que transmitir ánimos. Este año ha sido malo, pero el que viene será bueno", asevera Suffredini mientras saluda a los primeros clientes del hotel que se hospedan tras la reapertura. Poco a poco las reservas van subiendo. Las noticias sanitarias sobre el coronavirus en Sevilla contribuyen a ello. "Por ahora, la provincia se salva de rebrotes y eso otorga confianza a futuros visitantes. Debemos aprovechar la situación", refiere el director del Alfonso XIII.

Un contexto favorable que también supone una responsabilidad, pues si Sevilla está libre de Covid debe extremarse la seguridad para evitar cualquier posible contagio procedente de quienes vengan a visitarla. De ahí que en los hoteles se mantenga un estricto control en las medidas de higiene. Un protocolo que en los establecimientos de alta gama se estudia a la perfección para que tenga una incidencia mínima en la calidad de los servicios que se prestan. 

Se trata, en suma, de que el cliente se encuentre seguro y que, a la vez, no se vea obligado a renunciar a la oferta premium de este tipo de hoteles. Por tal motivo, ha sido necesario realizar un análisis previo y riguroso para equilibrar el cumplimiento escrupuloso de la normativa anti-Covid con lo servicios extra que ofrecen los negocios de lujo. Este planteamiento es el que ha llevado a que los establecimientos de cinco estrellas hayan demorado su reapertura hasta la nueva normalidad. El Alfonso XIII lo hizo el pasado miércoles y el Colón retomará su actividad en septiembre, una vez acabada la temporada veraniega. 

En el Alfonso XIII el protocolo de seguridad e higiene se activa antes de que el cliente entre en el hotel. Lo primero que lo recibe es una alfombra desinfectante. De pequeño tamaño y discreta. Este elemento se encuentra presente en el acceso a cada de una de las instalaciones que componen el edificio regionalista. Una vez en el vestíbulo, varios carteles (diseñados de manera que llamen la atención del visitante pero que no distorsionen con el entorno) advierten de las normas que deben cumplirse y señalan los dos itinerarios a seguir. 

El recorrido de salida se toma a la derecha y el de entrada, a la izquierda, ya que ahí se encuentra el servicio de recepción, cuyos empleados gestionan el trámite con los clientes tras dos mamparas individuales, de dos metros de altura de cada una. El aforo máximo permitido aquí es de 25 personas. En la siguiente dependencia, que hace las veces de distribuidor, sólo se permiten 16. A su entrada hay colocado uno de los múltiples dispensadores de geles hidroalcohólicos que se han distribuido dentro del hotel. Al ascensor sólo puede entrar una persona, acompañada, en todo caso, de otra que proceda de su mismo núcleo familiar. 

El distribuidor sirve de antesala al característico patio regionalista del Alfonso XIII, cuyo aforo está limitado al 75% (75 personas) al considerarse zona interior, pese a carecer de techo. Aquí se han suprimido los cojines de los asientos (se pueden ofrecer, totalmente higienizados, a petición de los clientes) y las mesas guardan un metro y medio de separación. 

Los desayunos han prescindido del bufé (la normativa sólo los permite si los alimentos se preparan en dosis y platos cubiertos individuales). Se sirve a la carta, con un riguroso protocolo de higiene. Suffredini comenta al respecto -como se comprueba durante el recorrido- que los empleados tienen prohibido prescindir de la mascarilla. "Hemos insistido mucho en la formación del personal sobre la forma de relacionarse con los huéspedes y entre ellos mientras dure la pandemia, así como el uso correcto de los productos químicos". 

Un cuidado extremo que se observa a la hora de sentarse en una de las mesas del patio. El servicio de comida comienza con el reparto de bandejas personales con pequeñas toallas higiénicas. A la hora de colocar los platos, copas, tazas y alimentos el camarero usa en todo momento una servilleta de tela blanca que evita el contacto directo con sus manos, lo que requiere de una habilidad y técnica aprendidas durante los días previos a la reapertura. 

Esta disciplina se mantiene también en la terraza, el otro servicio del hotel del que pueden hacer uso personas que no sean clientes del establecimiento. Como novedad, este año se ha ampliado su extensión, hasta ocupar todo el largo de la fachada oeste, la que mira hacia los Jardines del Cristina, lo que permite que su aforo alcance los 60 usuarios. También aquí las mesas guardan la separación reglamentaria. En verano se puede disfrutar de ella de siete de la tarde a dos de la madrugada.  

Otro servicio en el que se sigue un estricto protocolo anti-Covid es la piscina. Sólo pueden hacer uso de ella 30 clientes en dos tramos horarios, de 11:00 a 14:30 y de 15:00 a 19:00. Este espacio -que permite refrescarse mientras se contempla las esculturas con las que Susillo coronó la fachada norte de San Telmo- se limpia y desinfecta en profundidad tres veces al día y se "repasa" cada dos horas. Cerca de allí, se encuentra un pequeño gimnasio con cinco tramos horarios de uso, cada uno de 120 minutos. El aforo máximo es de cinco usuarios. Entre cada periodo hay, como mínimo, una hora para limpiar la instalación que lo alberga y los aparatos. 

La reapertura de un hotel de tales características en las actuales circunstancias lleva aparejada una gran labor logística para que los visitantes se sientan seguros durante su alojamiento y perciban la máxima sensación de normalidad posible. Se trata de reducir al mínimo la percepción de extrañeza que pueda ahuyentarlos y de que disfrute del confort y el lujo que los define. Un esfuerzo que va obteniendo, por ahora, sus frutos.

Las reservas aumentan conforme pasan los días y ya se han solicitado sus amplios salones para seis actos sociales de ámbito local en julio. Las bodas de contrayentes extranjeros que se iban a celebrar en el Alfonso XIII se han suspendido, pero las de españoles se han logrado aplazar. Síntomas de una recuperación que, al menos, va dejando atrás el periodo de sombras vivido los últimos meses en un sector clave -el de los hoteles de lujo- para reactivar el turismo en Sevilla. 

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