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Las claves del ascenso del BNG

El BNG cosechó este 12-J su mejor dato histórico de diputados en unas elecciones autonómicas en Galicia, 19 escaños que lo situará como la primera fuerza de la izquierda, adelantando al PSOE de Gonzalo Caballero. Los nacionalistas mejoran incluso el techo que había fijado Xosé Manuel Beiras en 1997, con 18 actas, aunque los 310.000 votos de ahora están todavía lejos de los casi 400.000 que lograron entonces. La bajada de la participación y la merma del censo electoral gallego tienen mucho que ver. Pero ¿qué factores explican esta súbita mejora del nacionalismo gallego en los últimos meses para superar a un PSOE que logró 520.000 votos en las generales del 28-A?

Hay claves endógenas y otras más exógenas. En el ámbito interno, claro está, la figura de su candidata y portavoz nacional, Ana Pontón. Suyo es el giro discursivo, principalmente en las formas, de un BNG que desde que llegó en 2016 ha suavizado las aristas de una formación en crisis. El Bloque no es un partido como tal sino un frente de partidos, que ya fue más plural de lo que es hoy, y que sigue controlado internamente con mano de hierro por la Unión do Povo Galego (UPG), el sector más ortodoxo del nacionalismo, que sintoniza en clave estatal con los postulados de Esquerra o Bildu: derecho a decidir, inmersión lingüística, soberanía regional frente a la estatal... Tanto Pontón como, por ejemplo, Néstor Rego (diputado del BNG en el Congreso) pertenecen a esta corriente.

Sin embargo, Pontón y su equipo diagnosticaron rápidamente el problema del Bloque. La sociedad los percibía con hostilidad por su excesivo dogmatismo. Ellos eran los gallegos de verdad y daban lecciones al resto de ciudadanos sobre cómo ser y ejercer. Estas aristas discursivas fueron poco a poco limándose, apoyadas sobre una candidata siempre educada en las formas, muy empática, próxima sobre todo a los más jóvenes y que ha hecho pivotar la campaña sobre ella, sus orígenes humildes en una aldea de Sarria (Lugo), su honestidad... Las reclamaciones de referéndums de independencia han quedado orilladas este 12-J, aunque no ocultan que son soberanistas, pero acto seguido apuntan que no toca hablar de eso ahora sino de reconstrucción social y económica. No solo se han mostrado así en la campaña, sino también en los últimos meses. En octubre de 2019, el BNG firmó la Declaración de Llotja de Mar a favor de la autodeterminación, pero en la foto no estaba Pontón. Fue un subalterno de reconocida y acreditada ortodoxia, Bieito Lobeira, famoso por pedir que las lápidas de los cementerios se escribieran en gallego o que las muñecas hablasen también la lengua de Rosalía.

La moderación del discurso nacionalista no es nueva en el Bloque pero sí en la UPG. Ya la practicó en 2005 y 2009 el entonces portavoz nacional y vicepresidente de la Xunta bipartita, Anxo Quintana, entre los indisimulados recelos de la UPG, Pontón incluida. Quintana propugnaba un proyecto transversal, que fuera más allá del 20% de la población que se reconoce abiertamente nacionalista y que incluso pescara en los caladeros regionalistas del PP gallego. La pérdida de la Xunta en 2009 fue la caída de Quintana. La UPG lo penalizó precisamente por moderado y poco fundamentalista. Y para corregir la deriva endureció el discurso. Baste un ejemplo: mudó sus tradicionales alianzas con PNV y la extinta CiU para abrazarse a Bildu y Esquerra. Ahora, por el contrario, Ana Pontón ha llegado a reclamar el voto de los galleguistas, los ciudadanos con un sentimiento identitario marcado pero que no se sienten nacionalistas y están cómodos dentro del proyecto común de España. Once años después, la fórmula de Quintana le ha proporcionado un enorme éxito a Pontón, la única candidata entre las principales fuerzas, y que también le ha valido para ganar el voto de las mujeres de la izquierda.

Pero también hay causas externas que explican el subidón del BNG. Principalmente, el harakiri de Galicia en Común, heredera de En Marea. El rupturismo en Galicia fue una seria amenaza para los nacionalistas, después de que una de sus escisiones, la Anova de Xosé Manuel Beiras y otros colectivos minoritarios de perfil más moderado se integraran junto a Podemos y Esquerda Unida para configurar este nuevo espacio político. En 2016 dieron la sorpresa alcanzando los 14 escaños y la segunda posición en las elecciones. Las encuestas en aquel 2016 llegaban a dejar al Bloque fuera del Parlamento, lo que habría supuesto una crisis mayúscula en la formación, principalmente de ámbito financiero. Se llegó incluso a plantear que el BNG se incorporara a la coalición En Marea, una negativa defendida entre otros por Pontón y que también provocó la salida de dirigentes, que no entendían el rumbo que se trazaba.

Este 12-J, los herederos de En Marea han perdido todo ese capital político fruto de una legislatura marcada por los escándalos, las peleas internas, las conspiraciones contra el líder que ellos mismos eligieron, Luís Villares, y apartando como cabeza de cartel al exalcalde de Santiago de Compostela, Martiño Noriega, que sí podría haber retenido parte del voto nacionalista en Galicia en Común. Al contrario, Podemos impuso al diputado en Cortes Antón Gómez-Reino, muy próximo a Pablo Iglesias, y convirtió la campaña en una reivindicación de los ministerios morados en el Gobierno. «Con Martiño nos habría sido más difícil», admitían internamente en el BNG. Cuando la campaña viró hacia temática gallega, el Bloque se encontró en su terreno.

Se produce ahora una paradoja política en Galicia. Las principales instituciones municipales y provinciales están en manos del PSOE, con el BNG como socio de referencia (los gobiernos locales de Lugo, Santiago o La Coruña, y todas las diputaciones salvo Orense). Sin embargo, es el Bloque el que será primera fuerza de la izquierda en el Parlamento, con un PSOE sin rumbo ni proyecto claro, más allá de su subordinación a Madrid, otro de los pecados exógenos que el nacionalismo ha sabido aprovechar. Con una Galicia inmersa en una crisis industrial (Alcoa, Ence, As Pontes, etc.), el PSOE de Caballero se ha alfombrado a todas las decisiones del Ejecutivo socialista en Madrid, incluso algunas incuestionables como la deuda de 200 millones en concepto de liquidaciones de IVA que se le adeuda a Galicia (y a otras CC.AA.). El BNG sabe jugar a la perfección la crítica a los dos grandes partidos, y aquí no dudó en alinearse con el PP en una reclamación justa a Madrid, dejando al PSOE fuera de juego.

La duda del BNG es si, una vez alcanzada la primacía en la izquierda de manera incuestionable, sigue explorando la vía de la transversalidad y la moderación o, por el contrario, enseña su verdadera cara y recupera sus esencias. Dogmatismo o pragmatismo. Esa es la encrucijada nacionalista.

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