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Las hermandades no son partidos políticos

EL título de esta columna puede parecer una perogrullada porque las hermandades no son partidos políticos, pero lo que está ocurriendo en los últimos tiempos en los procesos electorales de alguna que otra hermandad las asemeja a los partidos. Entre varios ejemplos, voy a referirme al último, concretamente al del Prendimiento. Para empezar el proceso estuvo precedido de decisiones desacertadas, que durante el verano pasado coparon demasiados espacios en los medios de comunicación, dándose un mal ejemplo de lo que debe ser cualquier colectivo cristiano. Para continuar con una campaña en la que no faltaron los mítines electoralistas, aunque no con ese nombre pero sí con la misma finalidad que no es otra que presentar las respectivas candidaturas, además teniendo lugar en espacios ajenos totalmente a las sedes de las hermandades, ya sea el templo o la casa de hermandad. En definitiva una carrera por conseguir el puesto de hermano mayor, que en nuestra ciudad es un signo de distinción. Prueba del “éxito de la campaña”  es que se alcanzó un grado de participación nunca conocido, de hecho en las anteriores elecciones hubo que convocar una nueva votación pro falta de quorum. Los aspirantes echaron el resto para conseguir su objetivo de ser hermano mayor.

El ansia de poder es inherente a la condición humana y así podemos ver cómo en la gran mayoría de colectivos humanos, sean de la índole que sean, la lucha por conseguir cargos está a la orden del día. De ello no se salva la Iglesia y sus organizaciones. Esas aspiraciones de poder se justifican, en muchas ocasiones, bajo las apariencias de servicio por conseguir un mejor funcionamiento de los colectivos acorde con sus principios, ya sean políticos, religiosos, altruistas, etc. Pero cuan lejano de la realidad porque de ser así el mundo funcionaría  mucho mejor.

Pero las luchas de poder en el seno de las organizaciones eclesiásticas son mucho más preocupantes que en cualquier otra organización porque los principios que las inspiran son bien diferentes. Una de las consecuencias es la división que se produce, creándose grupos que nada contribuyen a la consecución de los fines que deben de tener como cristianos, olvidándose de aquella oración de Jesús en la última cena pedía al Padre que todos fueran una misma cosa.

Los miembros de las hermandades no pueden olvidar que son una comunidad de cristianos, con sus características propias, pero al igual que todas deben de estar inspirada por los principios evangélicos. El Maestro dijo “que quien quiera ser el primero se haga el último” , “no he venido a ser servido sino a servir”. Estas dos sentencias deben de ser el lema de cualquier proceso de designación de responsabilidades en las comunidades cristianas. Con la práctica del servicio y de la humildad se evitarían los espectáculos detestables que a veces se producen en el seno de las hermandades y que tanto daño hacen no o sólo en el interior de las mismas como por la pobre imagen cristiana que se ofrece al exterior.

Narra el libro de los Hechos de los Apóstoles que ante las necesidades surgidas en las primeras comunidades cristianas para atender a las viudas que se encontraban en situación de precariedad, los apóstoles decidieron elegir  a siete personas que reunieran los requisitos de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría. En definitiva que fueran buenos cristianos. Aunque los tiempos han cambiado, los planteamientos no y quienes aspiren a ser responsables de grupos cristianos, entre ellos las hermandades, han de reunir estos requisitos y en aras de la unidad deseada por Jesús en las últimas horas de su vida, habría que establecer dialogo y consenso entre todos los que deseen trabajar y servir a las hermandades.