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Las rentas del señor Iglesias

LA TRIBUNA

El autor critica la apuesta por la renta básica universal, que considera contraproducente por cuanto anestesiaría las capacidades de los ciudadanos y porque supondría un gasto inasumible para el Estado. 

Entre los ritos iniciáticos de la conversión, hay algunas acciones tribales en todos los grupos humanos que simbolizan el paso del catecúmeno a miembro de pleno derecho de la comunidad. Pablo Iglesias es un ejemplo perfecto de apostasía y de conversión pseudoreligiosa.

En apenas tres semanas, aplaudió a la monarquía, aprobó una ley que reconocía beneficios fiscales a los donantes como Amancio Ortega, se reunió en una finca comprada por Franco y votó también a favor de la posibilidad de fraccionar contratos públicos con la ataraxia de un político estoico.

Pero lo más alarmante que ha ocurrido desde el punto de vista del conductismo humano del vicepresidente, y que denota una mutación irreversible en su espíritu, es el día en el que a una pregunta de la oposición sobre el desarrollo de sus políticas públicas, contestó sin ningún pudor que iba a constituir una Comisión Delegada. Ya solo le falta elaborar un libro blanco y la diferencia entre Iglesias y Pío Cabanillas padre será mínima.

Atrás parecía que quedaban ya los juegos de tronos y la épica cesarista del populismo asambleario y mórbido, cuando hete aquí que el vicepresidente recobró en apariencia su estado primigenio para anunciar, con pretensiones redentoristas, una renta básica universal. Del juego de tronos al juego de rentas.

Con carácter previo a la valoración del anuncio, y para un defensor de la economía libre, del esfuerzo diario y del pensamiento crítico como yo, la idea me parece un atropello intelectual y el epítome definitivo de quienes aspiran a anestesiar a la sociedad a través de una especie de dividendo social que se paga por el mero hecho de existir.

Hubo un tiempo en que la izquierda consideraba que ser un mantenido era una posición inaceptable de privilegio

No dudo que el señor Iglesias rondará la idea de extender la renta a todo ente sintiente, pero tendrá en contra a todos los liberales en la puesta en marcha de este acelerador de dominación. La insatisfacción social no se mitiga a través de la liberación de los hombres del trabajo, sino dotando a los hombres de los medios necesarios para que a través de trabajo puedan desarrollar su proyecto de vida.

El concepto renovado de ciudadanía que ha creado la izquierda sin martillo y hoz se cimienta en un derecho aparentemente natural de carácter económico que, bien pensado, libera al hombre según la doctrina comunista, de su resentimiento permanente de sometimiento permanente a cualquier enemigo social.

Hubo un tiempo en este país en que la izquierda consideraba que ser un mantenido era una posición inaceptable de privilegio de clase o de casta, cuando ahora pretenden irrigar de prebendas masivamente a la sociedad. Y todo ello, con una amenaza adicional que requiere un acto categórico de rebeldía liberal, que es el control intolerable de la red digital sobre las conciencias individuales.

Durante muchos años, y muy a pesar de cierta doctrina equívoca heredera del maximalismo del 68, hemos sido formados en una pedagogía espartana en la que la educación era un valor, la especialización era una oportunidad y el esfuerzo era una obligación. La renta básica universal sería el punto final de un modelo de vida en el que cada hombre es protagonista de su futuro, en el que cada paso que se da, con sus errores y aciertos, da sentido a la vida misma.

Para los utópicos de ceja caída, la renta básica universal es un jarabe que procura una felicidad rebosante, toda vez que las preocupaciones más rudimentarias desaparecerían. A partir de ese estado de apaciguamiento económico, los hombres desplegarían su verdadero potencial creativo, sin limitaciones, porque ya no estaría en cuestión su subsistencia.

Lo único que aquí se niega es la virtualidad de una prestación indiscriminada y universal para todo residente en España

En cambio, nadie explica de dónde saldrían tales recursos. O sí. De los ricos. Sin ir muy lejos, el PSOE ya presentó una iniciativa parlamentaria hace tres años por la que se establecía un régimen general de garantías de suficiencia de ingresos de la población que ascendía íntegramente, en los términos que entonces se planteó, a 18.000 millones de euros.

Queda claro que, aun cuando el señor Iglesias lo consiguiese, no habría ingresos suficientes para atender tal demanda de gasto. Y no vea nadie una negativa a un régimen de gasto público en cada comunidad autónoma que pueda establecer en situaciones de vulnerabilidad social determinadas rentas mínimas, como ya existe actualmente. Lo único que se niega es la virtualidad de una prestación indiscriminada y universal para todo residente en España.

“Si pones una renta básica ni el muro de Trump tendrás para poner francotiradores, /…/ El próximo que te hable de renta básica universal y de Finlandia y diga que hay que hacerlo en España aléjate de él. O por táctica política quiere embaucarte para que le votes, o es un soñador alejado de la realidad o tiene pocos conocimientos de cómo funciona la economía”. No fue Bolsonaro ni Ortega Smith en un día de furia los que pronunciaron estas palabras, sino uno de los gurús económicos del PSOE, el señor Díez.

La España de la era Iglesias es un sancocho entre Mihura y Orwell. Pero entre tanto experimento y despiece intelectual, qué puedo decir, que prefiero España Suma a España Soma.

*** Mario Garcés es diputado del PP por Huesca, portavoz adjunto del Grupo Parlamentario Popular y coordinador del Área Económica.