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Marieke Lucas Rijneveld, la relevación de la literatura europea: "Yo me siento chico y chica"

El retrato de una familia que se desmorona por la muerte de un hermano y en la que todos buscan su forma de afrontar el dolor. La inquietud de la noche (Temas de Hoy) hace honor a su título en cada una de sus páginas. Es la angustia, la tristeza y los estragos de sobrevivir a la pérdida de un ser querido, pero también es la vida misma, el transcurso de una historia real en medio de una granja cualquiera de Países Bajos. Una novela abrumadora sobre una familia herida, atrapada en las memorias de una vieja chaqueta, que es, sobre todo, un reflejo del paso del tiempo sobre la aún joven Marieke Lucas Rijneveld (Nieuwendijk, 1991), la primera escritora neerlandesa en ganar el prestigioso premio International Booker Prize.

Está inspirada en la muerte de su propio hermano cuando ella tenía tres años, un evento trágico para su familia de campesinos de la Iglesia Reformada Protestante en Países Bajos. El libro recoge la incomodidad que produce (aún) el silencio de las noches en Jas, una niña que perdió a su hermano a una edad temprana y que, tras el ajetreo del día a día, los atardeceres son la vuelta a los recuerdos, al malestar, al reencuentro con los padres, a una vida lúgubre, cruda, fría. "Cuando muere un miembro de la familia, pueden pasar dos cosas: o te unes, o te distancias", desengrana a EL MUNDO la joven poeta. Su novela, subraya, cuenta el relato de la ruptura en el seno de una familia, del "duelo, la madurez, el poder de la fantasía, la lealtad, la sexualidad, la influencia de la religión y la belleza, y de la brutalidad de la naturaleza".

Para Rijneveld, hay muchas inquietudes en su libro: unos con otros, con el propio cuerpo, con los días y con las noches. Durante el día hay muchas distracciones en la novela. Las vacas roban todo el espectáculo, son las que más atención reciben, pero por las noches, el centro son todos los miembros de la familia, el fantasma del hermano Matthies, y la propia Jas, que teme a la muerte más que nunca: le angustia pensar que algo le pueda pasar a sus padres, dejándola huérfana con los recuerdos. Quizás el temor que tuvo la propia escritora cuando perdió a su hermano. "Un evento tan drástico siempre sigue siendo parte de tu vida. Creo que logré darle un lugar escribiendo sobre él, cada vez de una manera distinta: de niña, desarrollas tus propias vías de gestionar el duelo y el dolor, pero ahora que soy mayor, tratas de entender cada vez más esas formas y las conviertes en arte. Creo que ese es mi trabajo", asegura.

Decidió empezar a escribir los primeros párrafos de este libro cuando terminó sus estudios como profesora de neerlandés. Una veinteañera recién salida de la universidad que aún no tenía ni idea de lo que quería hacer con su vida o "qué camino debía tomar". Fue cuestión de "una especie de necesidad" que la llevó a escribir cada vez más, a veces durante varias noches seguidas, "como si hubiera reinventado la palabra". Esa maratón fue su renacimiento. "Estaba buscando mi lugar en el mundo, tenía un conflicto conmigo misma y con mi identidad de género. Era llegar a mi cuarto, abrir el ordenador y desaparecer en el mundo que había creado", rememora, sobre un libro que para ella fue su apoyo en tiempos de dudas.

Tengo la sensación de que puedo ser una especie de persona intermedia, me siento entre chico y chica, y le daría a todo el mundo esa libertad

Lo que no juega ningún papel en la novela es la cuestión que ha aparecido en muchos titulares sobre Marieke Rijneveld o, mejor dicho, Marieke Lucas Rijneveld: la joven agregó a los 25 años el nombre masculino de Lucas al suyo propio para no tener que definirse ante la gente como chico o chica. Dice que ya no siente la necesidad de elegir una de ambas cosas. "Tengo la sensación de que puedo ser una especie de persona intermedia, me siento entre chico y chica, y le daría a todo el mundo esa libertad, pero, por desgracia, este no siempre es el caso", lamenta. Considera que muchas personas sienten la "obligación de comportarse" acorde a uno u otro rol sexual en una "sociedad que se orienta hacia la definición de hombre y mujer, y no hay nada en el medio, por lo que la elección también es limitada: tienes la sensación de que tienes que elegir, cuando ese no es el caso. No, no tienes que elegir, puedes ser cualquier cosa", asegura.

Pero nada de esto sale en la novela; no tuvo ninguna intención de reflejar esta cuestión de su vida personal en las páginas del libro. "Es más un proceso propio con el que estaba en conflicto, y no tanto un asunto de Jas", explica.

Aunque los personajes de su novela son "creados e independientes", reconoce "haber usado algo" de su propia familia en cada uno de ellos. Ella se ve más en la joven Jas y en su manera de fantasear y soñar para escapar de sus miedos, una madre que sufre por el qué dirán, y un padre entregado a sus vacas. "Lo más difícil para mí fue el argumento mismo del libro: la muerte de mi propio hermano. Quería contar esto sin hacer daño a nadie, y al mismo tiempo, quería ser implacable, especialmente conmigo misma. A veces me sentía como un campañol, cavé y cavé hasta que emergió todo lo bello y lo feo del alma del ser humano", subraya.

Es escritora antes que persona, soñadora antes que poeta, libre antes que definida por los estereotipos, pero, sobre todo, es una joven que creció y seguirá creciendo entre granjas y animales, donde le gustaría asentarse definitivamente dentro de unos años, mimando a sus propias vacas y quizás gallinas, mientras usa su tiempo libre para seguir juntando palabras en un oficio que sigue viendo como sagrado. Empezó leyendo Harry Potter, quedando fascinada por JK Rowling, y descubrió un género totalmente diferente a aquel que había visto en la librería de su casa. "Era un lenguaje y un mundo tan diferente al de la Biblia, que desaparecí en esos libros y quería poder escribir así", reconoce la joven, educada en el calvinismo religioso más estricto de Países Bajos.

Había alquilado el libro de la biblioteca, y no lo quería devolver, pero no era consciente de que podría comprarse su propia copia en una librería. Para evitar una multa de la biblioteca, lo copió por completo, letra por letra. Así podía releérselo todas las veces que hiciera falta, y tener su propio libro en casa. "Creo que fue ahí cuando comencé a escribir de verdad". A partir de entonces, escribió sus propias pequeñas historias, sobre brujas y fantasías. Montó su propio periódico, que bautizó como De Griezelkrant, haciendo incluso de su repartidora: dejaba copias en los buzones de sus amigos para que pudieran leerlo. Al cumplir los 19 años e independizarse, Rijneveld se entregó a la literatura, para darse a conocer con la poesía, o incluso escribiendo letras de canciones. Ahora que le ha ganado a Países Bajos uno de los premios más prestigiosos de la literatura mundial con su primera novela, su apuesta como treintañera es ser guionista de "La inquietud de la noche" (traducida al español por Temas de Hoy), para ser llevada a la gran pantalla.

Cuando Rijneveld no escribe, en su casa de Utrecht, dedica un día cada semana a trabajar en los establos de una granja, limpiando y alimentando a las vacas. "Es un trabajo maravilloso y las vacas son los animales más dulces. Si no fuera escritora, me hubiera gustado ser bióloga. Es una profesión estupenda", añade. Y cuando no está en la naturaleza, le gusta patinar y nadar como dos grandes deportes. Pero contar historias sigue siendo su dedicación. "Escribir me da una especie de derecho a existir", concluye.

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