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Mujer de clase media

La literatura, dicen los manuales, era cosa de héroes, lanzas y monumentos hasta que llegó Flaubert. Entonces este gigante de bigotes de morsa se sentó y compuso La educación sentimental, que la generación subsiguiente reconoció como la epopeya polvorienta de todo hijo de vecino: la juventud sin alma que sobrevivió a las grandes revoluciones burguesas, mediocres secretarios, empleados de oficina, dandis de la periferia, se reconocieron fácilmente en el retrato de aquel joven adocenado, Frédéric Moreau, que trata de escalar el gran mundo y admira de lejos las carrozas llenas de guirnaldas de los Champs-Elysées, mientras reúne méritos empalmando una amante con otra y arruinando el matrimonio de una pobre mujer que, también ella, busca huir de la medianía en un romanticismo de cartón piedra. Esos mismos manuales afirman sin ambages que con La educación sentimental empieza la literatura verdaderamente moderna, o, mejor, contemporánea: su héroe no es alguien; es todos y es nadie, es la estadística, el desencanto reducido a su pura condición catastral.

La crítica portuguesa (rendida, igual que el resto, por cuanto asegura la contraportada) ha definido la novelita de Dulce Maria Cardoso que nos ocupa hoy como la historia de “una Madame Bovary en la era de Tinder”. Y la comparación es justa, aunque, por lo que voy a explicar en seguida, el tono general esté más próximo a la fábula de Moreau que a la de Emma Bovary. No nos encontramos, a lo que parece, ante la primera tentativa de largo aliento psicológico de su autora, merecedora de varios premios internacionales (como el English Pen Translates por El retorno, de 2001), estimada como una de las grandes estrellas de la literatura lusa en la era post-saramaguista. De cualquier modo, aunque nacida en 1964, su narrativa trasluce mucho del imaginario y la forma de expresarse de sus más directos ancestros (en especial de António Lobo Antúnes, cuyo La muerte de Carlos Gardel resuena en bastantes de sus páginas), en un sentido más acusado y atlántico que en otras voces nuevas como el originalísimo Gonçalo Taváres, a quien también podemos encontrar en Seix Barral.

El título original de la novela de Cardoso es Eliete, el nombre de su protagonista, pero los editores españoles han decidido, con tino, llamarla La vida normal. Pues de eso trata: de la vida normal y corriente, contante y sonante, de una señora de clase media, de mediana edad, en el Portugal de nuestros días. En un lenguaje muy cuidado (probablemente su mejor baza), heredero, según he dicho, de los grandes prosistas de su idioma, servido por una primera persona de singular garra, la autora reúne tópico tras tópico de la desilusión de la mujer contemporánea. Nada falta: los michelines, el ninguneo laboral, el marido que ronca y bebe cerveza, las dos hijas aisladas en Instagram, el tedio insufrible no se sabe de qué, el amante canoso que llega a aportar la redención, y, claro, las generaciones anteriores de mujeres en que se espejea su fracaso, la madre modista y la abuela que empieza a sufrir los embates de la demencia. Capítulo aparte merecen las reflexiones, o jeremiadas, sobre internet, los móviles y los estragos de la tecnología, que nos hunde en un mundo cada vez más impersonal y gélido; aquí, no sé si deliberada o inocentemente, el personaje de Eliete alcanza sus mayores cotas de vulgaridad y se nos revela como lo que realmente es: no un individuo sino un porcentaje, un prototipo: el de la mujer de mediana edad perdida en el salto entre siglos, entre el fogón y la pantalla táctil.

Cardoso usa un lenguaje muy cuidado, heredero de los grandes prosistas de su idioma

Ejercicio de estilo entre psicología y sociología, el relato avanza a través de meandros superpuestos donde se combinan los recuerdos de niñez y adolescencia, las miserias cotidianas de la madurez, los hitos más sonados del Portugal de ayer (Revolución de los Claveles, etcétera) y las pequeñas victorias del de hoy (¡campeones de la Eurocopa!) haciendo difícil, en ocasiones, seguir el hilo principal del discurso, cuando existe. Con el fin de remediar ese posible extravío, Cardoso ha incluido una suerte de trama o suspense (no sé qué nombre darle), que abre la novela y a la vez la cierra, y que, aparte de aportar algo de sorprendente a la monótona relación de las vivencias de Eliete, quiere ser también irónica y como conclusiva. El lector, cuando llegue a esa página, deberá juzgar si lo ha conseguido o no.

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