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Piñel de Abajo: La pandemia no ha podido con la piscina hecha a pico y pala

«No vengo a la piscina. Pero sí la mujer, la hija y el nieto; no soy yo de agua», cuenta Clemente Rodríguez, quien, ahora no, pero hace 50 años se bañaba en la piscina cuando «venía de cosechar a las 10 de la noche». Esas tres generaciones dan muestra del buen trabajo que de forma voluntaria hicieron los mozos y otros vecinos de la localidad vallisoletana de Piñel de Abajo, entre ellos él, encargado de organizar las cuadrillas y supervisar los trabajos de la piscina. Otro vecino, Marcelino Prieto, aportó sus conocimientos en albañilería.

Fue la primera en construirse en la comarca de Peñafiel y la segunda de la provincia vallisoletana del entorno rural. La primera fue la de Montemayor de Pililla, hasta donde fueron Clemente y don Paco, el párroco, para informarse. A partir de ahí se pusieron manos a la obra.

Ver el mar, en Valencia, en el viaje anual que para los vecinos organizaba el párroco y Clemente, fue la espoleta que activó la inspiración. «Esto es la de Dios», es la expresión que el mar arrancó a los excursionistas, relata Clemente. Los terrenos, municipales, se los pidieron al alcalde de entonces, Carlos Sanz, abuelo del actual, Fernando Sanz. «Los pedimos con la finalidad de dársela después para que la explotaran sin ningún fin lucrativo, y así sucedió. Dinero, ni una perra».

Los cursos de Extensión Agraria sirvieron para aplicarlos en la construcción. Otra cosa fue conseguir maquinaria. «El cemento nos lo dieron, la grava la sacaron los agricultores a pico y pala del Duero. La hormigonera la arrendamos en Peñafiel por 2.000 pesetas, que las sacamos rifando un lechazo. El hierro del forjado, que nos costaba 30.000 pesetas, lo sacamos con una colecta del pueblo. La hicimos a base de trabajo y trabajo. La gente con unas ganas de trabajar de la leche; ¡no fallaba nadie!». Las obras empezaron en 1968 y dos años después ya estaba lista e inaugurada por el gobernador civil. Y aquí está todavía, sin arquitectos, sin ingenieros», relata Clemente, quien añade que una vez construida suscitó el interés de otros municipios del entorno «que tampoco tenían dinero».

Rifaron un lechazo

Con la piscina ya en marcha, Clemente recuerda, con humor, que «aquí no sabía nadar nadie. Decíamos: aquí se ahoga todo el pueblo. Nos bañábamos con neumáticos de los tractores. Todo el mundo se metía, incluso mayores que no se habían metido nunca».

Se hizo sin depuradora por lo que «a los ocho días el agua se ponía verde y había que vaciar, limpiar y volver a llenar». Así que hubo que instalar una, con una subvención, ante las normas que exigían garantizar la salud e higiene en espacios públicos. El actual alcalde señala que «el vaso original está ahí, tal cual», así como el espíritu con el que se construyó, pues este año el pintado de las piscinas lo han acometido los propios ediles.

Las de Piñel son «unas piscinas que están todos los años a tope», señala Sanz, utilizadas también por usuarios de municipios cercanos, por ello «la decisión de abrirlas este año ha sido complicada». Se ha hecho el 11 de julio en vez del 26 de junio. A cambio se mantendrán operativas hasta el 13 de septiembre, un poco más que otros años.

«Al principio, nadie del pueblo sabía nadar y se metían en el agua sujetándose a neumáticos de tractores», relata Clemente

Dos desinfecciones diarias, entradas y salidas separadas, restricción en los vestuarios, duchas cerradas, el césped compartimentado, menos del 75% del aforo con un máximo de 162 personas, son algunas medidas adoptadas para garantizar la seguridad sanitaria. Y, en agosto, «cuando más temor tenemos porque vendrá más gente, contemplamos poner turnos y hacer un listado para controlar» el aforo.

El miedo a la enfermedad y la normativa hace que la afluencia sea menor, aunque el número de abonos es considerable, 200 en julio frente a los 261 alcanzados el año pasado, lo que refleja que aquel voluntarioso trabajo estuvo bien hecho, y a pico y pala.

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