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Playa, piscina y COVID-19

Cada semana avanzamos, lentamente pero avanzamos hacia nuestra vida anterior. Conforme se cumplen los plazos y entramos en una fase nueva, las dudas de las actividades surgen: Cuando se pudo salir, teníamos dudas acerca del uso de la mascarilla. Cuando se autorizó correr o montar en bici, poder ir a una terraza de un bar, ocurrió lo mismo. En este momento toca playa y piscina. ¿Es seguro bañarse en la playa? ¿Hay que aumentar la concentración de cloro en el agua de la piscina de nuestra comunidad? ¿El virus permanece sobre la arena? Estas y otras cuestiones son las que la mayor parte de las personas se preguntan ante lo que se avecina.

Playas y COVID-19

El mar tiene una infinidad de ventajas para el ser humano:

-El agua del mar es rica en sodio, potasio y yodo. El más abundante es el sodio, que da el sabor salado al agua y se encarga del control del reparto del agua en las células en la bomba de sodio/potasio que se ocupa de expulsar el sodio hacia el exterior. El sodio también es necesario para la conducción del impulso nervioso, haciendo posibles las contracciones musculares. Por esta razón el agua de mar es uno de los mejores tratamientos para recuperar los músculos y para rehidratarse adecuadamente después de un esfuerzo intenso, pues en 100 ml de sudor se pueden llegar a perder entre 75 y 250 mg de sodio. También abunda el potasio, que interviene junto al sodio y regula la cantidad de agua en las células. El yodo es un mineral que el cuerpo precisa para que algunos órganos funcionen correctamente, sobre todo el tiroides. Estimula el buen funcionamiento de nuestro metabolismo y ello conlleva también el realizar adecuadamente un sinfín de funciones orgánicas indispensables para nuestro crecimiento y el buen funcionamiento de nuestro sistema nervioso. Participa en el metabolismo de los hidratos de carbono y en la síntesis del colesterol. Regula nuestro nivel de energía y un buen funcionamiento celular.

Como cualquier virus respiratorio, el coronavirus no sobrevive en ambientes salados, como le ocurre a otros parientes suyos y a bacterias. No hay estudios que hayan verificado este extremo en el caso del coronavirus directamente pero sí en otros virus similares y se eliminan a los pocos minutos de entrar en contacto con el agua salada. Además, pongamos el caso que un enfermo de COVID-19 se baña en el mar o en una piscina, tose o estornuda sobre la superficie, las gotitas que contienen el virus se diluyen dentro de la masa de agua de tal manera, que su concentración es mínima y la carga viral casi nula, por lo que la posibilidad de contagiar es muy muy pequeña, insignificante.

-El sol. Tiene muchos beneficios, a pesar de que últimamente tiene mala prensa. Como todo en la vida, los excesos son malos y el sol, sin la debida precaución y en una cuantía exagerada, puede ser perjudicial. Entre los efectos positivos del sol está que favorece el aporte de calcio a nuestros huesos debido a que en la piel, el sol activa a la vitamina D que es la encargada de que el calcio que ingerimos, sea transportado al hueso, haciendo que estos sean más fuertes al igual que nuestros dientes. A su vez, contribuye a aumentar los niveles de testosterona lo que promueve una mayor actividad sexual. La luz solar también contribuye a tener un efecto antidepresivo y ansiolítico.

Las playas son seguras ante la propagación del virus, pero hay que respetar las normas

Sin embargo, hay que tomarlo con la precaución debida, ya que hacerlo en horas centrales y sin protección, supone un riesgo importante para la piel. Las radiaciones ultravioleta destruyen el virus que se quede depositado en alguna superficie. Esas radiaciones que también son perjudiciales para nosotros y se asocian al cáncer de piel, también actúan aniquilando el virus.

-Arena. No hay estudios que confirmen la presencia de coronavirus en la arena de la playa. Se sabe que en superficies tan irregulares como los granos de arena, la capacidad de difusión del COVID-19 es mínima, no así en lugares más lisos y regulares. Además, la arena del mar está impregnada indirectamente de sal, que ya hemos referido el daño que le provoca al virus.

En resumidas cuentas, las playas como tales son un entorno seguro ante la propagación del virus, pero esto no quita que debamos mantener las normas en cuanto a distancia social como en cualquier otro entorno.

Piscinas y COVID-19

El agua tratada, ya sea la potable o la de las piscinas, como ocurre con la del mar, son un entorno hostil para el “bicho”. No hace falta incrementar la concentración de cloro en el agua. Con la cantidad habitual sería suficiente para convertir la piscina en un lugar para disfrutar. Si el mantenimiento de la piscina es el adecuado y la concentración de cloro es de 1-2 mg/litro de agua, no hay ningún problema. El tema sería si la concentración por un mal cuidado se redujera a menos de 0.5 mg/litro de agua. Ahí sí hay una mayor posibilidad de contagio, aún así sería remota. En algunos países recomiendan lavarse las manos y la cara con jabón antes de entrar en el agua, como medida de prevención, además del distanciamiento social dentro y fuera del agua. Aún dentro del agua si estamos hablando con un posible portador demasiado cerca, nos contagiaremos a través de las gotitas que éste emite a través del aire, como ocurre fuera de la piscina o en cualquier entorno. Respecto al césped que rodea las piscina, ocurre de forma similar al de la arena. El calor que alcanza y las radiaciones ultravioleta, inactivan la capacidad del virus para contagiar.

Bien distinto es el baño en pantanos o ríos donde las aguas no están tratadas químicamente y puede haber un mayor riesgo de contagio que en los dos entornos anteriores. Nuestras playas y piscinas son entornos seguros para poder relajarnos, pero es fundamental evitar aglomeraciones y multitudes tanto dentro como fuera del agua. La naturaleza nos ayuda con la sal, las radiaciones ultravioleta y el calor. Hagamos buen uso y no estropeemos ese regalo.

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