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Turismo cofrade

MUCHAS veces todo esto de las cofradías me confunde como la noche a Dinio. Ahora que muchos han tomado el testigo para erigir a la Semana Santa como un objetivo turístico pienso que son los mismos que se quejan de que las zambombas ya no son lo que eran porque con tanta gente de fuera se ha perdido la esencia.

Si se lograra hacer de la Semana Santa un punto de interés turístico internacional, las calles se llenarían de neozelandeses y de suecos nórdicos para ver eso que a nosotros nos parece incomparable como es el palio del Desconsuelo. Y como nunca lo mirarían con nuestros ojos diríamos que ya no se puede vivir la Semana Santa como antes.

Sin embargo, el modernismo que ahora parece cautivar a todo esto de las cofradías poco tiene que ver con una verdadera estrategia para hacer de algo un referente turístico. A la iglesia de San Martín de Fromista la gente va a verla porque es única. No le hace falta pintarla de lunares. Es lo que es. Y como es eso, la gente va a ver algo inaudito que es joya del románico español.

Fromista fue siempre un templo católico. Y las cofradías deberían de ser eso mismo. Lo que dejan muy clarito sus reglas. Asociaciones de fieles que pretenden rendir devoción a una imagen y fomentar la religiosidad popular. Sin más. Lo malo es que todo esto se ha convertido en un escenario de cuadrillas de costaleros y de bandas que compiten a ver quién sopla más. Y ahora, para poner la guinda, un destino turístico para que dentro de unos años nos quejemos de que en la Tornería no cabe ya ni un alfiler y que los japonenses se han adueñado de la mitad de los palcos. Sin pensar si están en la plaza del Banco o en la Rotonda de los Casinos.

El turismo está muy bien. Y si con nuestra celebración religiosa fomentamos la vida económica y el bienestar de muchos jerezanos, pues mejor. Pero no olvidemos mirar la brújula. Esto es una celebración puramente religiosa. Y lo de Cuervo el otro día, me lo pueden pintar de lagarterana. Pero de las esencias nuestras, nada. Para eso me quedo mil veces antes con las penumbras sobrias de Eduardo Pereiras y las luces mágicas que sacaba en sus negativos Romero Fabiere.