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Vuelve el vermut de los Jueves

Mientras el periódico sigue abriendo sus páginas con titulares sobre el coronavirus, y sus rebrotes, Sevilla busca su particular nueva normalidad, recuperando cosas tan suyas como el mercadillo al aire libre más antiguo de la ciudad: El Jueves. De la Cruz Verde a la estrechez de Feria, o viceversa, toman el sol viejas reliquias y un sinfín de chismes, que buscan alegrar la tarde a algún curioso que les dé una nueva vida. Se recupera el paseo matutino más sevillano, que tiene tantas variantes como caminos llevan a los puestecillos. Café y calentitos en la Macarena, o tostada y visita al Señor en San Lorenzo. Las campanas de las iglesias suenan dando la hora, mientras que el tiempo no pasa por la Plaza de los Carros. Y para templo, con sus parroquianos más fieles, el de Casa Vizcaíno, que también sirve la hora despachada con una dosis de cierta nostalgia. Dos cuadros, del Cristo de la Oración y de la Virgen del Rosario, flanquean el reloj de péndulo, que marca las doce del mediodía: la hora del vermut o vermú, como prefieran. Tanto cartelito y cinta de obra recuerdan a la aforada Semana Santa de los últimos años, aunque en este caso es un camarero con guantes de látex el que dirige el cotarro. "Un momento, ¿Cuántos sois?; pues échense gel en las manos y pónganse aquí". Hasta el propio teniente alcalde, que paseaba supervisando el cumplimiento de las normas del mercadillo, comprobó el eficaz control de la clientela. Sin chochitos ni aceitunas, pues no es lo mismo. Desde la ventana se observa un tímido trasiego que poco se parece al tradicional Jueves. El ambiente no es propicio para el regateo de los compradores y la picaresca de sus vendedores. Hay Jueves, sí, pero falta eso que no se dice y que se explica sencillamente frotando la yema de los dedos mientras se mira al horizonte. "¿Lo quiere con sifón?".

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