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War Room: ¿Por qué nos sentimos a gusto con la mentira?

La campaña electoral de Madrid ha sido una de las más agrias y ásperas que se ha conocido en nuestro país. Han faltado propuestas y ha sobrado polarización, y es precisamente en este ambiente dividido donde las noticias falsas campan a sus anchas. Por increíble que parezca, la mayoría de nosotros no somos capaces de identificar una fake news cuando la tenemos delante, entre otras razones porque nuestro cerebro está acostumbrado a la mentira y se siente a gusto con ella.

Al más puro estilo trumpista, cuyas tesis conspiranoicas condujeron al asalto del Capitolio, Vox encaró la recta final de la campaña electoral lanzando bulos sin pruebas sobre un supuesto fraude electoral en el voto por correo, hablando abiertamente de pucherazo. Las solicitudes del voto por correo crecieron en las elecciones madrileñas un 42,8% con respecto a la convocatoria de 2019. Y Vox, estancado en las encuestas, copió la estrategia de confusión y mentiras que ya ideara Trump sin resultados.

Desinformaciones sobre supuestos fraudes electorales, propuestas falsas o montajes con la foto de políticos no son ninguna novedad. Todo esto lo hemos visto ya en recientes elecciones.

El campeonato de los bulos lo ha ganado en esta campaña Vox por méritos propios por otra mentira que en esta ocasión incitaba al odio y que, de hecho, la fiscalía denunció ante la junta electoral. Los supuestos 4.700 euros que un “mena” cuesta al mes es realmente una cantidad destinada gastos como instalaciones o sueldos de los profesionales que trabajan en los centros de menores, donde el 71,1% son de nacionalidad española.

Otros bulos de menor calado también han circulado durante la campaña, algunos de los cuales han sido interceptados por Maldito Bulo y otros verificadores de fake news. Así, no es cierto que Pablo Iglesias vaya a tener un sueldo vitalicio ni a cobrar 120.000 euros, ni que Más Madrid tuviera intención de cerrar el Hospital Isabel Zendal. Podemos no rellenó papeletas de voto por correo en una oficina de Moratalaz a personas que iban a hacer gestiones, ni existen pruebas de que Ángel Gabilondo diera una paliza a un alumno delante de 50 personas en el Colegio Sagrado Corazón de Jesús de Madrid "allá por los años 1971 a 1973".

Todas estas supuestas noticias son bulos y mentiras lanzados al universo digital sin pruebas que los avalen y, en algunos casos, acompañados con imágenes manipuladas. Para que las noticias falsas “funcionen”, sus creadores se apoyan en el poder de las imágenes. Las recordamos un 80% más que los textos y las procesamos seiscientas veces más rápido. Además, las imágenes tienen mucha más fuerza porque nos conmueven y nos hace ser impulsivos, ingredientes todos ellos necesarios para la expansión de la mentira.

La reina en esta campaña, la asignación económica de los “menas”, ha funcionado como fake news porque transmite indignación y miedo, los dos grandes motores para que una noticia falsa se viralice. La mentira es poderosa, según la psicología, porque juega con nuestras emociones, y la emoción que más influye es nuestro comportamiento es el miedo. De hecho, uno de los mayores creadores de fake news de Estados Unidos, Jestin Coler, asegura que la única cosa que vende mejor que el sexo es el miedo.

La prueba del éxito la fake news de los “menas” es que se ha hablado de este asunto en toda España. Y es que las noticias falsas viajan a la velocidad de la luz. Un estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts afirma que la desinformación se difunde a una velocidad superior a las noticias verdaderas. Las redes sociales y el whatsapp son las nuevas autopistas por las que circulan las redes sociales sin control.

Sesgo de confirmación

Las noticias falsas se convierten en virales porque somos nosotros mismos quienes las compartimos. No podemos mirar a los lados buscando culpables. Una de razones por las que colaboramos en la propagación de la mentira se encuentra en el sesgo de confirmación que todos tenemos. Nos cuesta trabajo cambiar de opinión porque requiere un esfuerzo mental excesivo, y aunque tengamos pruebas contrarias a nuestras creencias previas, optamos por seguir creyendo lo mismo.

Vivimos atrapados en un mundo de opinión deseada. Lo certifica la consultora Edelman en su estudio anual sobre la confianza: el 53% no escuchamos a quienes no están de acuerdo con nosotros, el 52% no cambiamos nunca de opinión sobre temas importantes y somos cuatro veces más propensos a ignorar una información si ésta es contraria a nuestras creencias.

Cuando recibimos una noticia falsa que confirma nuestra opinión y nuestros pensamientos previos, no ponemos ningún tipo de objeción ni planteamos dudas sobre ella. Simplemente nos la creemos y, en muchos casos, la compartimos con nuestro entorno. Ese círculo íntimo no es más que la burbuja digital en la que habitamos cada uno de nosotros compuesta por personas afines, que piensan igual que nosotros, y que comparten esas noticias que sirven para reafirmarse dentro del grupo.

El periodista Marc Amorós cree que tendemos a procesar la información a través de las creencias y no de los hechos, y las fake news son proporcionan la mejor manera de comprender el mundo en función de lo que ya pensamos. El hecho de que una noticia nos dé la razón “es un subidón para nuestro ego”. “Cuando tenemos razón nos sentimos poderosos y seguros”, así que el siguiente impulso es dar un like o compartirla “como acción para reafirmar nuestra aceptación en la tribu y para que, a su vez, el grupo nos apuntale todavía más en nuestras creencias”.

En su investigación, el Instituto Tecnológico de Massachusets descubrió que una noticia falsa llega como mínimo a 1.000 personas y puede llegar hasta 100.000, mientras que una noticia real no se comparte ni 1.000 veces. “Cuando compartimos fake news, entre otras muchas cosas estamos buscando la conexión con los demás”, afirma Amorós. “Conectar con alguien es un gran placer. De hecho, dicen que en esto se basa el amor”.

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