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Las verdaderas razones para nuevos “partidos”

Actualmente, el Tribunal Supremo Electoral ya tiene 27 “partidos” políticos inscritos, con la posibilidad de sumar a más de 35 los participantes en los comicios cuya primera vuelta será el próximo 25 de junio de 2023, en un contrasentido absurdo solo explicado con el beneficio de autonombrados líderes y de quienes los engañan al convencerlos de ganar, imposible porque los electores no son tontos. La democracia electoral comenzó en 1984 con la participación de ocho partidos. El número fue aumentando hasta llegar a la suma mencionada antes, lo cual debe verse con suspicacia porque son supuestas agrupaciones alrededor de un supuesto líder y sin vestigio alguno de ideología y de beneficio para el país. Al no haber partidos reales tampoco puede haber democracia real, ni siquiera como la existente en países tercer o cuartomundistas.

Es crecimiento imparable de los “partidos”, entre comillas, porque no llenaban las razones para serlo, aunque hubieran logrado a base de regalos a los ciudadanos el número de personas requerido para nacer y carecer de organización real. Un fenómeno notorio es bautizarlos con términos en nada relacionados con la política, hacer uso de conceptos abstractos o simplemente vacíos de contenido. Ejemplos: Fuerza, Vamos, Podemos, Mi País y sobre todo, Elefante. Las elecciones generales matan despiadadamente los sueños de opio de quienes desperdiciaron su dinero al fundarlos, para luego ser incapaces de ganar siquiera una diputación ni el mínimo 5% de los votos válidos. De 1985 a la fecha han muerto docenas de esos grupos politiqueros fantasiosos.

Pero esos pseudopartidos tienen una justificación perversa: representan dinero para quienes engañan a los candidatos, a su vez con la posibilidad de ganar buen pisto al venderlos a otros incautos o aliándose con los ya afianzados “partidos” de politiqueros mañosos. A estos últimos les convienen porque dividen el voto contrario, como demuestra la UNE y su terca lideresa Sandra Torres, ejemplo del voto en contra. Facilitar la creación de partidos fue una idea de 1984, quiso evitar el oligopolio político, pero provocó el minipartidismo. La Unión del Centro Nacional, de Jorge Carpio, sí fue un partido, fundado para balancear la forma de hacer política y por ello en sus dos participaciones obtuvo un segundo y primer lugar en la primera vuelta, pero no logró triunfar en la segunda.

La UCN, por grave error, convirtió la participación política en una actitud basada en criterios comerciales: comenzó el reparto de gorras en los mitines, para lograr votos por agradecimiento. Las campañas se convirtieron desde ese momento en inversiones cuantiosas en regalos de todo tipo a los ciudadanos. Basada en la figura del líder, con su asesinato comenzó el declive. Su contrincante, la Democracia Cristiana, por su estilo irregular de gobierno perdió importancia, hasta desaparecer años después. Algo similar ocurrió al Movimiento de Liberación Nacional y el Partido Revolucionario, casos dignos de mención por ser partidos con ideología, aunque plagados de muchos de los mismos errores y abusos presentes desde entonces, cada vez con más profundidad.

La participación de los infumables “partidos” como los de Jorge Serrano, Jimmy Morales y Alejandro Giammattei, a causa de la falta de equipo humano se nutrieron de politiqueros tránsfugas y mafiosos. La cínica burla a las promesas de campaña provocó el desinterés y ausentismo de los votantes. En la segunda vuelta, solo Portillo logró una participación de más del 50%. La leve mayoría en las elecciones de Morales y Giammattei resultó del rechazo al capricho de Sandra Torres. La idea de multiplicar pseudopartidos es permitir al oficialismo ganar en primera vuelta. Lo mismo ocurre con la prohibición de la propaganda, dirigida a eliminar el conocimiento ciudadano de nuevas figuras ajenas a los compinches, porque toda decisión política esconde un fin malévolo.