Guatemala
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Messy, aquel bebé de nombre Desordenado

El padre, entusiasta del futbol, pretendía ponerle a su recién nacido el nombre de su ídolo Messi. Pero falló en la ortografía , y su esposa terminó haciendo fila en mi despacho notarial. Lugares de historias son algunos consultorios de los profesionales.

Por supuesto que no solo en las oficinas jurídicas sucede esto. Puede uno imaginar, por ejemplo, cuánto relato interesante es escuchado en la clínica de un galeno. Cuánta situación familiar y cuánta crónica. Desde las alegrías e ilusiones hasta las más últimas angustias. Cuánto problema es confiado por el paciente a ese confidente singular. O, no digamos, al caso de un especialista de la psicología. Ese único a quien se le cuentan aquellas confidencias. Los íntimos; los que duelen en el cuerpo, pero también, puede ser, en la dignidad. Igual sucederá con un consultor espiritual. Casi quince años tuve abierto el despacho profesional de abogacía y notariado. Pero sin ningún temor a equivocarme puedo decir que nunca escuché más historias que cuando atendí a poblaciones de guatemaltecos emigrados a los lejanos territorios de Estados Unidos.

Convergían varias situaciones que hacían fértil el caldo de cultivo para anécdotas de todo tipo. La práctica era más enfocada en asuntos familiares que en negocios. Los clientes eran pueblo, gente común, con aquella fascinante autenticidad. Y, además, estaban allá, sumidos en una cultura ajena. Peculiarmente anecdótica es la amalgama del guatemalteco más rural en aquella tierra anglo. Una fila de clientes se armaba cuando visitaba sus pequeñas comunidades. Yo sentía ilusión una noche antes, anticipando desde entonces cuánta interioridad de cuánta vida tendría al día siguiente el privilegio de escuchar.
El abogado de familia conoce de pasiones y de traiciones. De descuidos y de planificaciones. De inicios y de finales. Todas estas situaciones llamadas en Derecho “hechos y actos jurídicos” que son el tipo que origina consecuencias legales.

Un día me contactó la voluntaria del centro comunitario de un pueblo en Delaware. La filántropa se notaba bastante consternada. Había nacido el hijo de una pareja de guatemaltecos, pero el padre —según él— le había puesto como nombre de pila “Messi”. El apasionado aficionado se equivocó en la ortografía y, por error, lo inscribió en el registro público con una letra “y” al final. El niño, entonces, se llamó “Messy”, que en inglés significa “desordenado”. Casi entre llantos, la madre me contó su historia que incluía el forcejeo que perdió a la hora de escoger el nombre, y la sorpresa que llevó cuando alguien le reveló el significado del nombre en idioma inglés. La voluntaria la acompañaba, pero transmitía su angustia a la madre.
Pedían cambio de nombre. Temían que el niño sufriera toda la vida arrastrando semejante adjetivo como nombre.

Las poblaciones emigradas de Guatemala viven en un limbo jurídico entre dos países rezagados a sus realidades. Que aún no reconocen el éxodo que sucedió. Y que tienen pendiente integrar sus sistemas jurídicos para que la gente pueda legalizar las situaciones más comunes de su simple cotidianeidad. Hay una infinidad de casos que actualmente son imposibles de resolver, pues hacen falta leyes que permitan procesos sin viajar al país de origen. No digamos la necesidad de optimizar los sistemas consulares para ampliar los servicios disponibles al público. Desde las tan comunes inscripciones extemporáneas, y reconocimientos de paternidad, hasta los complejos cambios al estado civil. Cambios que crearían oportunidades para las personas y podrían resolver el destino de sus vidas. Obligaciones de dos Estados, inmersos en una amalgama migratoria.

Vivía en el país angloparlante y su nombre en inglés significaba “desordenado”. Cambiar su nombre era una necesidad para la afligida madre, pero la ley no estaba actualizada para la realidad. Eso fue en 2009. Creo que hoy la cosa sigue igual.