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Ponte chango

“¡Mi marido me abandonó!” –le dijo entre lágrimas la recién casada a su mamá. “¿Por qué?” –preguntó, consternada, la señora. “No sé, mami –respondió la muchacha-. Yo lo atendía bien. Le tenía su ropa limpia; cuando llegaba del trabajo ya estaba lista su comida; la casa se hallaba siempre en orden...”. La madre, cautelosa, aventuró: “¿No le habrás puesto los cuernos?”. Tras una pausa respondió la abandonada: “Pos sólo que haya sido por eso”... Mr. Bloominass era nalgudo. Sé que eso se oye feo, pero peor se oiría si dijera: “Mr. Bloominass era nalgón”. Vivía en un pequeño pueblo mexicano, y todos los días iba al tianguis a comprar el mandado. Al caminar se le movían los hemisferios glúteos en forma tal que llamaba la atención, lo cual era motivo para que un incivil puestero le gritara a voz en cuello: “¡Adiós, gringo nalgas bofas!”. Eso desataba la risa de los locatarios y de la gente en general, pues el estadounidense se ponía rojo de coraje al escuchar aquella vulgar chocarrería. Consultó el caso con un amigo mexicano y éste le aconsejó: “Cuando te diga eso de las nalgas bofas tú contéstale: ‘Me das miedo’. Verás que con eso no volverá a decírtelo, pues la gente se reirá de él en vez de reírse de ti”. El yanqui no entendió el sentido de la contestación, ni por qué podía tener el dicho efecto, pero decidió ponerla en práctica. Al día siguiente llegó al tianguis a la hora acostumbrada. Lo vio el inurbano sujeto y le espetó a todo pulmón el grito de siempre: “¡Adiós, gringo nalgas bofas!”. Lo encaró Mr. Bloominass y le dijo muy serio: “Me inspira usted temor”... ¿Entenderá Biden si le digo: “Put yourself monkey”, ponte chango? Trump todavía trae la espada adentro; no se resigna a su derrota y sigue rondando la Casa Blanca con intención de volver a ella. Al nuevo presidente norteamericano, debo decirlo aunque falte a la buena educación, se le ve descolorido, sin fuerza ni carácter, sin personalidad, y eso no gusta a sus paisanos, acostumbrados como están a las espectacularidades. Mr. Joe necesita más comunicación con sus electores –sobre esto López Obrador podría darle algunas leccioncitas-, para que quienes lo llevaron al Salón Oval vean que pusieron ahí a un político, no a un ermitaño. Yo temo que Trump vuelva a presentar su candidatura, y que otra vez sea electo, pues como dijo con notable acierto P. T. Barnum: “There’s a sucker born every minute”, cada minuto nace un pendejo. He ahí una gran verdad en la cual radica el riesgo de la democracia. Desde luego no soy monárquico –lejos de mí tan temeraria idea-, pero ya ven ustedes a dónde nos ha llevado esa cosa tan ruidosa, tan latosa y tan costosa, a más de tan peligrosa, que es la democracia. El populismo es el mal de nuestro siglo, del mismo modo que el totalitarismo fue la maldición del anterior. Hagan los demócratas que la presidencia de Biden se note más. La reelección de Trump sería lo peor que a los mexicanos nos podría suceder. Bueno, lo segundo peor... Entre mis libros tengo yo de todos. Hay uno en verdad macabro. No sé cómo llegó a mi biblioteca; quizá fue el regalo de un querido amigo enemigo mío. El autor de ese morboso mamotreto presenta en él la relación de lo que han pedido para su última cena los últimos 100 ejecutados en Estados Unidos. Los más de ellos quieren lo mismo: un steak, pay de manzana con helado de vainilla y un café. Eso pidió un reo, pero en el momento en que iba a consumir las viandas llegó el aviso urgente de que la ejecución se suspendía, pues el hombre era inocente. Se le pondría en libertad. Le dijo el alcaide de la prisión: “Mala suerte, amigo. Esto me lo voy a chingar yo”... FIN.