Nicaragua

A la oposición boliviana se le olvidó el público

Comparar Bolivia con Nicaragua puede ser grotesco. Para empezar, más del 60 por ciento de la población boliviana es de origen indígena en comparación con alrededor del 10 por ciento en Nicaragua. Nicaragua está bañada por dos océanos mientras Bolivia no tiene salida al mar. Y su PIB per cápita es casi el doble que el nuestro, entre otras diferencias.

Sin embargo, dado que en ambos países caudillos como Evo Morales y Daniel Ortega han querido enquistarse en el poder a pesar del rechazo de una buena parte de la población, el imaginario nicaragüense nos obliga a dibujar paralelos.

Más aún cuando después de un referendo ignorado, un denominado fraude electoral y levantamientos urbanos populares, Evo Morales fue despojado del poder mientras Daniel Ortega continua enroscado.

Un año después, con un consejo electoral confiable y un lastre económico rampante, el partido de Evo vuelve al poder en Bolivia con un margen de 25 puntos de diferencia con el segundo, 7% más que en la última elección.

Después de tres semanas de protestas callejeras que acabaron con la renuncia de Morales, ¿qué le pasó a la oposición boliviana que no supo conectar con la calle?

Se quisieron poner el zapato antes de la media

 Una campaña electoral es como un partido de básquet de idas y vueltas, donde el público puede hacer la diferencia en el resultado final. Pero antes de empezar el juego, toca colocarse la indumentaria, estirarse, calentar, discutir la alineación y estrategia. El desempeño del equipo puede meter al electorado en el juego, sobretodo en el último tramo.

En la oposición boliviana nada de eso sucedió. De hecho no solo se les olvidó el público y contra quien jugaban, sino que ni siquiera armaron un equipo y se pulverizaron entre sí.

El público

En una crisis económica, la clase media y vulnerable importa. Sobre todo cuando las expectativas de aquellos que salieron a la calle a demandar procesos democráticos justos esperan garantías económicas.

Más aún si son parte de una clase media que nació en parte por la gestión económica de Luis Arce, ex-Ministro de Economía y primero en la contienda electoral. La misma que palideció la gestión del COVID-19 de Jeanine Áñez, presidenta interina que, en vez de aplacar la crisis, se distrajo con la campaña solo para quedar cuarta en los sondeos.

Esa clase media era parte del 20 por ciento de indecisos que arrojaban las encuestas. La oposición asumió que Carlos Mesa y Luis Alberto Camacho se los disputarían entre sí cuando en realidad eran votos ocultos inclinados a votar por Arce, artífice del boom.

El rival

La maquinaria del Movimiento Al Socialismo (MAS) sabe jugar partidos. Desde su primera victoria en 2006 hasta 2019, se han fogueado. Conocen muy bien el terreno. Han ganado elecciones con más del 50 por ciento en diversas ocasiones. Desde el día uno entendieron que tocaba limpiar la casa.

Por su lado, Carlos Mesa, si bien fue presidente del 2003 al 2005, nunca ganó una contienda electoral. Llegó al poder por la caída de Gonzalo Sánchez de Lozada y renunció en 2005. No fue sino hasta 2019 que corrió por primera vez. Cuentan que en la campaña mientras Arce jugaba basquet para conectar con la gente, Mesa lanzaba un tuit por día.

Jeanine Áñez asumió el poder interino con biblia en mano en una imagen dantesca. Su administración, en vez de atraer a movimientos sociales, se fue detrás de ellos, y en tan solo 11 meses se enlodó en escándalos de corrupción, incluyendo sobreprecio de respiradores en media pandemia.

Por su parte Luis Fernando Camacho, envalentonado por las protestas callejeras, no supo transferir su capacidad movilizativa en favor de la oposición. Apostó por negociar con Mesa en una segunda vuelta que nunca llegó.

El equipo

El MAS escuchó la calle y supo mover fichas. Depositó sus apuestas en un candidato a la presidencia con trayectoria económica y la escogencia de un vicepresidente, David Choquehuanca, que respondió a la solicitud de movimientos sociales con base propia en dirigencias indígenas que no contaba con la venía de Morales.

A Morales se le relegó, como no podía ser de otra, a jefe de campaña para agitar su base y la narrativa de golpe desde el exilio sin mucha maniobra para incidir en las decisiones. Plagó de caras frescas la campaña, desplazando a liderazgos rancios desgastados. Muy parecido a la estrategia de Alberto Fernández y Cristina Kirchner en Argentina.

Carlos Mesa y Luis Fernando Camacho esperaron que el voto útil les cayera del cielo. El primero no hizo muchos esfuerzos para sumar al segundo mientras que el segundo hizo todos los esfuerzos para desvincularse del primero. Así dividieron el voto de la oposición.

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