Nicaragua

De Gioconda Belli y otras escritoras nicas

En octubre de 1984, a los pocos días de mi arribo a Nicaragua con un flamante contrato firmado con el Instituto de Cooperación Iberoamericana bajo el brazo, se organizó un espectáculo mágico: un recital de poesía en las ruinas del Gran Hotel, un lugar sin paredes ni techos, pues allí todo se había desplomado durante el terremoto que devastó Managua en 1974. En medio de columnas caídas, muros semiderruidos y hierbajos que crecían entre restos de ladridos y azulejos, una zona despejada de escombros servía de escenario y algunas docenas de sillas desplegadas a su alrededor dibujaban un anfiteatro. Siempre recordaré aquel encuentro primitivo, sencillo, como cualquiera imaginaría la puesta en escena de un drama en la antigua Grecia, pensado para apoyar aquella revolución de los pobres; un acto tan modesto como conmovedor. Allí, a la luz de la luna y las estrellas, mientras el público guardaba un silencio sepulcral, las palabras de las poetas, pues todas eran mujeres, alzaban su vuelo como mariposas y se posaban en nuestros oídos, acariciándolos.

Recuerdo en el estrado el rostro sonriente de Gioconda Belli, y juraría que uno de los poemas que leyó fue este:

Y Dios me hizo mujer / de pelo largo / ojos / nariz y boca de mujer

Con curvas y pliegues / y suaves hondonadas /

y me cavó por dentro / me hizo un taller de seres humanos /

Tejió delicadamente mis nervios / y balanceó con cuidado / el número de mis hormonas

Compuso mi sangre / y me inyectó con ella / para que irrigara / todo mi cuerpo;

Nacieron así las ideas, / los sueños / el instinto /

Todo lo que creó suavemente / a martillazos de soplidos / y taladrazos de amor /

Las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días / por las que me levanto orgullosa / todas las mañanas / y bendigo mi sexo.

Cualquiera que viera y escuchara recitar a Gioconda podría modificar su primer verso y declamar: “Y Dios creó a la mujer, / y entonces nació Gioconda Belli, / poeta y escritora nicaragüense”. Newton Briones, un cubano que pasó una temporada en Nicaragua, a quien años después traté en La Habana cuando se había convertido en un escritor de éxito de novelas históricas, me dijo en una ocasión que le parecía injusto que una sola mujer, Gioconda, se hubiera llevado tantos atributos: inteligencia, simpatía, talento… y hasta belleza. Imposible no concordar con él. A Gioconda pude conocerla personalmente poco tiempo después en Managua, a través de una amiga hispano-ecuatoriana común.

Su batalla por transformar aquel pequeño y querido país la dio a través de su militancia en el Frente Sandinista y, como toda escritora, con su obra. Cultivó una poesía comprometida y novelas entretenidas en la mejor tradición de lo real maravilloso, como La mujer habitada o Sofía de los presagios; y también alguna utopía, como El país de las mujeres, donde, por una serie de circunstancias, ellas gobernaban el mundo. Una obra que habrá servido para unos cuantos debates sobre hasta qué punto las mujeres podrían construir una sociedad mejor que la que estamos dejando como herencia los varones, sin olvidar que ha habido gobernantas tan nefastas como Margaret Thatcher, pero sin olvidar tampoco, por ejemplo, que los países regidos por mujeres están demostrando una eficacia mucho mayor frente a la Covid-19 y sus secuelas.

Gioconda militó contra Somoza y ahora está en las antípodas de Daniel Ortega, como todos los ex sandinistas honestos. No será extraño que cualquier día tenga que exiliarse, ella también.

La generación de mujeres poetas nicaragüenses de la época de la revolución, entre ellas, las que cantaron sus poemas aquella noche mágica, será difícilmente repetible: allí estaban, además de Gioconda, Daisy Zamora y Vidaluz Meneses, a quienes también tuve la suerte de tratar. De Vidaluz recuerdo su hablar pausado, su mirada serena, su sencillez y aquella bondad que irradiaba todo su ser. Su pérdida fue una verdadera tragedia. Aunque han pasado treinta y seis años desde aquel recital de poesía, juraría que el poema que leyó fue este:

Debiste haber cumplido años hoy / y ya no estás, para tu bien.
Guardo tus palabras / y tu postrera ansiedad por mi / destino,
porque la historia no te permitió / vislumbrar este momento,
mucho menos comprenderlo.
El juicio ya fue dado. / te cuento que conservo para mí sola
tu amor generoso. / Tu mano en la cuchara / dándole el último desayuno al nieto,
haciendo más ligera / la pesada atmósfera de la despedida.
Cada uno en su lado, / como dos caballeros antiguos y / nobles
abrazándose, antes del duelo final, / fatal.

A Daisy Zamora la conocí cuando era pareja de Oscar René Vargas, uno de mis cuñados queridos y, aunque no recuerdo su lectura en aquella velada inolvidable, siempre me conmueven sus poemas, como este dedicado a su madre:

Ella está a punto de irse. / Pero llego a esconder mi cabeza / en su regazo, a sentarme a sus pies. Y ella me contempla / desde mi paraíso perdido / donde mi rostro era otro, que sólo ella conoce. / Rostro por instantes recuperado / cada vez más débilmente / en su iris celeste desvaído / y en sus pupilas que lo guardan ciegamente.

Y estaban otras, como Michelle Nanjlis, y, probablemente, aunque, créanme que no la recuerdo allí, la pérfida y desalmada Rosario (Chayo) Murillo, quien entonces ya apuntaba maneras ambiciosas. Olvidémonos de esa vergüenza de mujer para poder aventurar que en ningún otro país ni en otro tiempo ha coincidido tanto talento femenino y tanta ilusión comprometida en la construcción de un mundo nuevo como en los primeros años de la revolución sandinista. Después, como es bien sabido, en un contexto de “Guerra Fría”, los gringos, con Reagan a la cabeza, se encargarían de descalabrarla con la creación de la Contra y su llamada “Guerra de baja intensidad”. Sin olvidar, claro, los errores de la dirigencia sandinista. Pero no nos perdamos…

Muchos años más tarde, gracias a Helena Villagra, la compañera de vida de Eduardo Galeano y su mayor crítica y correctora, pasé una tarde deliciosa con Claribel Alegría, la gran poeta salvadoreña–nica, a quien visité en su casa de Managua ya viejita y rodeada de sus hijos y algún nieto, poco antes de que le concedieran el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y poco antes también de su muerte. Nunca hubo un apellido que se correspondiera más con la personalidad de quien lo llevaba. Claribel te hipnotizaba con su sonrisa y su regocijo por la vida. Te quedabas ahí, alelado, hipnotizado, contemplándola, escuchándola, disfrutando de una risa que recordaba el gorjeo de los pájaros. Claribel era un regalo que la naturaleza decidió hacer a la humanidad:

Estás vivo en mi pecho / y sólo yo te siento.
Eres el alquimista / que transforma en poesía / nuestro llanto.

Cuando la conocí acababa de publicar una versión en castellano del Tao Te Ching (El libro del camino y la virtud), escrito a medias con uno de sus hijos, Erick Flakoll, quien había aprendido chino clásico para atreverse con la traducción de la enigmática obra de Lao Tzu; un libro por cierto, que en la actualidad vendría muy bien conocer mejor, pues habla de evitar las acciones humanas que obstaculicen la fluidez armónica de la naturaleza. Claribel estaba muy orgullosa de su colaboración con Erick.

Después vendrían otras generaciones más jóvenes de poetas mujeres, como Milagros Terán o Madeline Mendieta, a quienes también tuve la suerte de conocer; o Marta Leonor González, entre muchas otras. No en vano se define a Nicaragua como ese país donde si alguien grita por la calle: “Adiós poeta”, numerosas personas voltean la cabeza pensando que el saludo va dirigido a ellas. Entre las características que identifican estas cercanas generaciones de poetas mujeres, me atrevo a destacar dos: la presencia de las rebeldías, así, en plural -la de género, la juvenil, la política y social…- y su tono desenfadado, atrevido, coloquial, ajeno a cualquier academia.

Ojalá estas valiosas mujeres nos sigan deleitando con nuevas obras y, ya puestos, ojalá vean pronto, y nosotros con ellas, la Nicaragua libre y justa que la gran mayoría anhelan.

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