Nicaragua

El periodismo independiente, esa rigurosa solidaridad

He recibido la amable invitación de presentar la décimo primer eBook de CONFIDENCIAL, titulado “Los crímenes de lesa humanidad de la dictadura Ortega-Murillo“, que consiste en una recopilación de artículos periodísticos realizados desde el inicio de la crisis de derechos humanos que afecta a Nicaragua, en abril de 2018.

Hay que decir que no se trata de cualquier recopilación, sino de un trabajo en que se han seleccionado los artículos, entrevistas, crónicas u opiniones, sobre la base de un criterio ordenado al servicio de la reconstrucción de la memoria sobre los hechos que, desde el ojo del periodismo independiente, configuran la crisis y muestran la comisión de crímenes de lesa humanidad. Este periodismo independiente, el de CONFIDENCIAL, no solo ha sido observador privilegiado de los hechos, sino que ha sufrido en carne propia las consecuencias de los hechos que nos narra. Desde el punto de vista de los derechos humanos, la perspectiva de este trabajo tiene entonces un doble interés.

En primer lugar, el periodismo independiente cumple una labor fundamental en las sociedades democráticas. Según lo ha expresado la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, ello se sintetiza en al menos dos funciones principales en una sociedad democrática: permitir la circulación de ideas diversas y con ello contribuir a la libre formación de la opinión pública; y también someter a los poderes públicos y dirigentes a la crítica y al escrutinio. Por eso es que cualquier proyecto político autoritario necesariamente se ve amenazado por el periodismo independiente. Este trabajo es una manifestación concreta de estas funciones esenciales en una democracia.

En segundo lugar, el trabajo que me honro en presentar aporta el punto de vista de las víctimas. Los equipos de CONFIDENCIAL han sido, ellos y ellas mismas, víctimas de la represión en el contexto de la crisis. Han sido perseguidas, censuradas, vigiladas, amenazadas, despojadas de sus instalaciones y equipos técnicos, han sido hostigados y obstaculizados cuando han tratado de ejercer el derecho de denunciar los abusos a los que han sido sometidos; han sido sujetas arbitrariamente y sin fundamento a procesos legales sancionatorios y algunas de ellas y ellos han debido salir al exilio. De hecho, el peso de la represión sobre los equipos de CONFIDENCIAL no ha dejado de estar presente hasta el día de hoy.

Por eso es que resulta interesante revisar el trabajo de recopilación que se hace y notar que aborda la comisión de crímenes de lesa humanidad por parte de las autoridades estatales, durante la crisis, y ello especialmente focalizado en los ataques a la integridad y la vida de miles de personas, de las que más de trescientas perdieron la vida. No aborda este trabajo entonces, al menos no de manera focalizada, el sistemático ataque que efectivamente ha recibido la prensa y los medios de comunicación en la misma crisis. Entonces, la perspectiva de las víctimas, en este caso, levanta la mirada más allá de sí misma, y tiene la agudeza de presentar las prioridades que entiende que, ética y periodísticamente, exige el momento en que este trabajo se presenta.

El trabajo de rigurosa edición que presenta CONFIDENCIAL es entonces un acto de solidaridad, porque quienes lo hicieron son víctimas ellos mismos de esta crisis, pero denuncian reflexiva y consistentemente el dolor sufrido por otros y otras. Una solidaridad rigurosa que, sin abandonar las técnicas del oficio de quienes narran historias, contribuye a establecer las bases de los procesos de justicia que — tarde o temprano, porque la memoria y la justicia han probado históricamente ser porfiadas y pacientes — se abrirán respecto de Nicaragua. La belleza del oficio ejercido con excelencia y como medio para la solidaridad humana, es un aspecto que a ratos sobrecoge mientras se leen los artículos que lo componen y se vislumbra la agudeza con que están ordenados.

Este especial de reportajes también nos recuerda rigurosamente los hechos; no solo lo que pasó y continúa pasando durante la crisis de derechos humanos, sino que nos presenta de manera aguda y con copiosa evidencia periodística, la acreditación de que ello fue la comisión de graves violaciones a los derechos humanos, de esas que hieren el sentido de humanidad y que deben ser, obligatoriamente, perseguidas penalmente.

Muchas veces hemos oído el obstáculo que supone la no suscripción, hasta la fecha, del Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, por parte de Nicaragua, y cómo ello afecta la posibilidad de competencia de la jurisdicción penal internacional para los casos de la crisis. Junto a eso, hay que recordar que una vez que se han cometido crímenes atroces como los perpetrados en Nicaragua, ellos no son amnistiables, no son prescriptibles y deben ser perseguidos, prescindiendo de la suscripción de tratados y otros tecnicismos legales, pues se trata de los más altos estándares normativos aplicables a la humanidad entera y, por lo tanto, parte del derecho internacional obligatorio o ius cogens.

Esta afirmación, que también es ética y por ello política, es un hilo conductor de todos los trabajos periodísticos que son parte de este trabajo. Ese elemento conductor común — la tensión ética impuesta, porque la verdad y la justicia por crímenes de lesa humanidad no se pueden negociar — es algo que no debe nunca perderse de vista, ni en los más controversiales procesos políticos, como los que han caracterizado los procesos comparados de justicia transicional. Esta tensión ética no es para nada un lugar común y tenemos la satisfacción de que CONFIDENCIAL, como dijo el antipoeta Parra, sea “la pulga en el oído del minotauro”, para que la sociedad entera no lo olvide ni por un momento.

Sin tecnicismos legales, y con la frescura que da la narrativa periodística, este agudo trabajo de edición nos recuerda además un aspecto esencial que caracteriza la configuración de los crímenes de lesa humanidad. El modo en que se ordenan los trabajos periodísticos presentados, indican de manera natural el modo en que el Estado de Nicaragua se desplegó estratégica, sistemática y coordinadamente con la finalidad de acallar de manera violenta la disidencia y la protesta ante la narrativa oficial, tal como se articulaba en la población civil, con un saldo de cientos de víctimas fatales.

Ello fue el resultado, no del desorden o de iniciativas autónomas en las filas oficialistas, sino de instrucciones emanadas desde la cúspide del poder político. El material que hoy se nos presenta muestra con robusta evidencia que el “vamos con todo”, dictado desde las más altas esferas oficiales, fue una causa directa —sino la principal — de la violencia implementada por los agentes estatales y por los grupos parapoliciales en la crisis.

En suma, me atrevería a decir que el tipo de periodismo que se nos presenta en el trabajo que se me ha dado el honor de presentar, resulta imprescindible en sociedades que sufren los traumas que está sufriendo la sociedad nicaragüense por estos días. Y es imprescindible porque son un antídoto al olvido, y un incentivo a la acción colectiva.

Hace algunas semanas, en ocasión de la conmemoración del Día Nacional del Periodista en Nicaragua, afirmé que el ejercicio del periodismo independiente en Nicaragua es un acto de coraje y hasta de heroísmo. Como dije más arriba, se debe agregar que también, como ocurre con este trabajo, es un riguroso y hermoso acto de solidaridad con las víctimas.

Hoy, luego de revisar la edición periodística que hoy nos ofrece CONFIDENCIAL, debo repetir algo que también dije en el acto del Día Nacional del Periodista, el pasado 1 de marzo: el periodismo independiente nicaragüense está haciendo historia en el sentido más intenso que esta palabra tiene, en ese que después de tantos desgarros en nuestro continente, el derecho internacional ha llamado memoria, verdad y justicia. Esa historia que no dejará a ninguna de las víctimas sin ser nombrada, esa historia que no dejará ningún reclamo por justicia silenciado.

*La autora es presidenta de la CIDH

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