Nicaragua

En los márgenes del sistema cubano

En Cuba, yo soy una persona marginada. El ejercicio independiente de mi profesión, el periodismo, es considerado un delito. Cada texto que yo he publicado desde 2015 pudo haberme llevado a la cárcel por al menos un año. En 2003, durante la Primavera Negra, decenas de periodistas independientes fueron sentenciados a varios años de privación de libertad. En 2019, a Roberto de Jesús Quiñones lo detuvieron en el camino a una cobertura y lo condenaron a un año de prisión. Hacer periodismo independiente en Cuba es vivir con una soga al cuello. Incluso si no te encierran, no te salvas de enfrentar interrogatorios, multas, detenciones, cercos policiales en tu vivienda, amenazas, prohibiciones para salir del país, acoso en redes sociales, y otras medidas del vasto repertorio represivo cubano.

La marginación por motivos políticos la sentí por primera vez desde mucho antes de ser periodista independiente, porque siempre he tenido el hábito de decir y defender lo que pienso, y eso en Cuba se castiga. Nunca me creí aquello de que las denuncias de distintos problemas e injusticias significa «dar armas al enemigo», o que existe un momento y un espacio indicados para la crítica. Para mí la honestidad siempre es oportuna. Detesto la hipocresía y el cinismo. Sin embargo, fue en octubre de 2016, en Guantánamo, en mi primer encuentro con la Seguridad del Estado como periodista independiente, cuando de veras cobré conciencia de que yo no era parte del sistema.

No se me olvida el instante exacto en que pasó: yo iba junto a otros colegas dentro de una especie de camioneta enrejada y sin ventilación, que rodaba muy despacio por la carretera de La Farola, y mientras miraba la naturaleza exuberante de ese sitio, que no se parece a ningún otro sitio del país, sentía que me estaban excluyendo de Cuba dentro de la misma Cuba. A mí no me estaban quitando solo mi libertad, mis derechos, sino mi patria. Yo estaba siendo colocada al otro lado de los márgenes de un sistema. Y no de cualquiera, sino de un sistema totalitario que cuando te margina por motivos políticos, te hace sentir que quedas desamparada, en tierra de nadie.

Durante esa detención, sobre todo a partir del momento en que subí a esa jaula, porque en ese preciso instante dejó de ser una camioneta, yo tuve un comportamiento bastante reprochable e incomprensible. Intenté ridiculizar toda la situación, hice chistes pesados, me burlé de los agentes y hasta les insulté.

Es cierto que no existe un «manual de buenas prácticas para detenciones»; lo más cercano sería un protocolo de seguridad que te oriente en esos escenarios, pero ni el más exhaustivo protocolo de seguridad —que en ese momento no teníamos en Periodismo de Barrio, porque llevábamos apenas un año de trabajo— me hubiera preparado lo suficiente para reaccionar ante la violencia. No importa qué tan pacífica una sea, ni cuántas veces practique mindfulness, cualquiera puede perder el control y actuar de forma impredecible.

Yo estuve todo el tiempo concentrada en evitar un ataque de pánico. Sufro de ataques de pánico desde la adolescencia, desde antes de saber qué era lo que vivía, y durante mucho tiempo sentí vergüenza por ello. Ahora no. Ahora siento orgullo, hablo abiertamente del tema y me considero una sobreviviente, porque he vuelto de muchos ataques de pánico, y quien vuelve de un ataque de pánico puede enfrentar lo que sea. Pero en 2016, con 28 años, a mí me avergonzaba la idea de que mis colegas y los agentes que allí estaban descubieran la persona en que me transformo durante un ataque de pánico. Sentía que, si eso pasaba, no me respetarían.

Yo intenté blindarme con una actitud agresiva. Sentía que si trasladaba mi atención a la realidad externa, más posibilidades tendría de reprimir un ataque de pánico, lo cual es un error, porque, en mi experiencia, mientras más me esfuerzo en reprimir ese monstruo que llevo dentro, más poder gana dentro de mí y más daño hace cuando sale. Pero, insisto, esto no era algo que tuviera claro en 2016. Entonces había tres cosas muy difíciles de superar, y que alimentaban el pánico: vergüenza, culpa y miedo al miedo. Si alguien me hubiera visto durante la detención, específicamente en la Unidad Militar de Guantánamo, hubiera pensado que yo era, cuando menos, una imbécil. Sin embargo, logré contener el ataque de pánico hasta varias horas después de que nos soltaran.

Quizás si yo nunca hubiera pasado por varios interrogatorios y cercos policiales, nunca hubiera entendido cuando el activista Raúl Soublett, en medio de un interrogatorio agotador, como son casi todos, se autolesionó. Hay experiencias que necesitas vivir para comprender. Y todavía a mí me queda mucho por comprender, porque debo decir que, entre las personas reprimidas por su manera de pensar en Cuba, yo soy una privilegiada, pero las revelaciones que he ido teniendo con el tiempo me han ayudado a ser cada vez más empática con las actitudes y comportamientos de las víctimas de la violencia política.

Nadie sabe cuál es la carga con que camina cada quien. Lo que vemos en los medios y en las redes sociales es siempre una parte ínfima. Las noticias, además, por su propio formato, casi siempre se quedan en la superficie de los hechos. Cuando una ve al rapero Maykel («Osorbo») Castillo sin camisa y con unas esposas en la muñeca, cantando en el barrio habanero de San Isidro, rodeado de gente que está en sintonía con él, ahí lo menos relevante es si su lenguaje es vulgar o refinado.

Yo creo que lo más revelante, en las imágenes de la protesta del pasado domingo, es que en ese barrio, que es bastante similar a cualquier otro barrio empobrecido de Cuba, la gente está harta de que la vida sea sobrevivir. Lo más relevante es que, a más de 150 años del inicio de una guerra que se suponía que nos iba a traer libertad para todas y todos por igual, hay dos hombres negros, como Maykel y Luis Manuel Otero, que son constantemente objetos de violencia y discriminación por parte del sistema político y social cubano. Tanto Maykel como Luis Manuel nos recuerdan, con sus historias, todo lo que no somos como país, todo lo que está mal con nosotros.

Para que Maykel y Luis Manuel sean marginados —no marginales—, primero tiene que haber una sociedad que instrumente esa marginación, que sea cómplice de ella. Al punto en que estamos en Cuba no hemos llegado solo por responsabilidad de quienes nos han gobernado sino también por nuestra (ir)responsabilidad como ciudadanía. Culpar a las personas marginadas por ser marginadas es como culpar a las víctimas por ser víctimas. Y es muy cómodo, porque nos exime a nosotros, los no marginados, o los menos marginados, de nuestra complicidad con toda marginación.

¿Cuál sería el problema con que nos dirijan personas marginadas, si son personas honradas, decentes y nobles? La poca libertad que tenemos hoy en Cuba se la debemos a muchos hombres y mujeres que ni siquiera sabían leer y escribir, a muchas negras y negros. ¿Acaso hay que tener avales académicos para luchar por nuestros derechos y por lo que consideramos justo? ¿Por qué Cuba no puede tener líderes que se han ganado su liderazgo entregando su vida y su tiempo a una causa todos los días?

Yo recuerdo que cuando terminó el acuartelamiento y la huelga en San Isidro, varios días después, el día del cumpleaños de Luis Manuel, Carlos Manuel Álvarez y yo fuimos a su casa en la calle Damas para recoger algunas pertenencias y para celebrar un rato con Luis Manuel. Cuando llegamos, a Luis Manuel lo esperaban varias vecinas con sus hijos chiquitos cargados. Ellas querían que él les contara a dónde lo habían llevado las autoridades, y hasta qué le habían dado de comer. Junto a ellas cantamos felicidades a medianoche. Luis Manuel quería esperar su cumpleaños en su barrio, en su casa. Él no era un artista en un barrio humilde sino un barrio humilde vuelto artista.

Nos gusten o no, Maykel Castillo y Luis Manuel Otero tienen una conexión genuina con la gente de San Isidro y buena parte de Cuba; no porque se lo hayan propuesto sino porque son parte de esa gente que les asume como líderes. Si son voces de lo marginado es porque de lo marginado provienen. Y necesitamos escuchar lo que tienen para decirnos, con el lenguaje que sea. Toda la marginación que han sufrido, y siguen sufriendo, es por su manera de pensar, su origen y el color de su piel. Su lucha es por romper esa marginación, de manera pacífica, y ser tratados con dignidad.

En los márgenes del sistema cubano hay mucha gente, y también en esos márgenes existen desigualdades. Pero nadie que vive al margen quiere que se le defina por esa marginalidad. Yo al menos no quiero. La marginalidad define, en todo caso, al poder que la impone y a la sociedad que la tolera. Detrás del rechazo que expresamos al complejo universo de lo marginado, no hay nada más que miedo a perder nuestros privilegios, a que lo marginado nos «ensucie» nuestro blanco mundo, y muchos, muchísimos prejuicios.

*Artículo publicado originalmente en El Estornudo.

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