Nicaragua

¿Valió la pena Abril? Cinco nicaragüenses relatan cómo cambió su vida con la Rebelión de Abril

El 18 de abril de 2018 el rumbo de Nicaragua cambió para siempre. La brutal represión y matanza que el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo ordenaron contra la población que empezó a manifestarse primero contra las reformas al Seguro Social, y luego con las demandas de justicia, libertad y democracia, provocó muerte, dolor, desempleo, cárcel, separación de familias, asedio y mucha rabia. A tres años del estallido social bautizado como la Rebelión de Abril, conversamos con cinco nicaragüenses que cuentan cómo desde ese día su vida se transformó.

Nelly López: “Me lancé sobre el cuerpo
de mi sobrino en medio de las balas”

“¡Parece que es Bambi!”. Fue la frase que provocó que Nelly López saliera corriendo de su casa, en medio de decenas de disparos, para buscar a su sobrino, Erick Jiménez López. No tuvo que recorrer mucho para darse cuenta que sí era él. Su cuerpo estaba tirado en la calle, a menos de cien metros de su casa, con un disparo en el pecho. Se lanzó sobre él y lo abrazó. Los disparos no se detuvieron.

Barricadas en Monimbó, Masaya
Barricadas en Monimbó, Masaya
Una barricada sobre la calle principal de Monimbó, Masaya, el 4 de junio de 2018. // Foto: Archivo | Carlos Herrera | Confidencial

Era el 17 de julio de 2018. Decenas de paramilitares y policías ejecutaron la violenta “Operación Limpieza”, en Masaya, que pretendía terminar con la resistencia cívica en esa ciudad. “Las balas pasaban sobre mí, pero no me podía ir y dejar que se llevaran su cuerpo”, recuerda Nelly.

Ese día Erick había intentado ir a trabajar. Pero cuando llegó a las barricadas, los atrincherados le advirtieron que los paramilitares estaban atacando a Monimbó. “Se regresó llorando indignado a la casa”, recuerda su tía materna. Bebió café y de inmediato dijo que no se podía quedar de brazos cruzados. “Se fue a tratar de ayudar a los chavalos y cuando volvía a su casa, a eso de las diez de la mañana, fue que lo asesinaron”, explica su tía.

“Esa mujer que muera como perro, como el perro que tiene a la par”. Fue la frase que escuchó que gritaba uno de los paramilitares encapuchados cuando ella permanecía aferrada al cuerpo de su sobrino. Aunque su esposo le gritaba que se metiera a la casa, ella no desistió.

Aprovechó un momento de distracción de los paramilitares para subir a una tabla el cuerpo de Erick y llevarlo a su casa. “Solo pensaba en cómo recibiría la noticia mi mamá, porque además de su abuela, era como su madre, era su muchachito”, dice.

Un entierro solo con mujeres

Todavía llorando, fue a buscar la caja para velar a Erick. Un paramilitar armado la amenazó a ella y a un grupo de mujeres que la acompañaba. Ella solo sacó un trapo blanco y se le enfrentó. “El miedo ya lo había perdido”, comenta.

En la noche iluminaron el féretro con dos candelabros y a las siete de la noche se quedaron solo la familia con las luces apagadas porque las caravanas de paramilitares seguían pasando por la calle.

En su entierro, la mayoría eran mujeres, pues no quisieron que fueran hombres jóvenes “porque los podían matar”.

Su sobrino tenía 33 años. Eran casi de la misma edad. “Crecimos como hermanos, él era un gran apoyo en la casa. Es un dolor enorme el que ha dejado su muerte”, insiste. Él trabajaba en una zona franca en Niquinohomo y dejó un niño de siete años, que hoy es como un hijo para Nelly.

Aunque dice que nunca estuvieron en los tranques, protestando contra el régimen, afirma que desde el inicio de las protestas apoyaron a los jóvenes con que se atrincheraron con víveres, al ver la violencia con la que el régimen intentaba aplastar las protestas en todo el país.

“Las Madres de Abril exigimos justicia”

Dos meses después del asesinato de su sobrino, Nelly se unió a las Asociación Madres de Abril (AMA), una organización que reúne a familiares de asesinados por la represión estatal y que exige justicia. Ella la exige por su sobrino, por el pequeño de nueve años que hoy está a su cargo y por los otros 324 asesinados durante las protestas.

Para Nelly, la Rebelión de Abril no fue en vano: “Nos tienen miedo porque si no, no desplegaran esos zopilotes (policías) en las carreteras y calles de Nicaragua. En este país se necesita una limpieza completa y la sangre de mi sobrino no quedará en la impunidad, ni en el olvide”.

Hoy Nelly está desempleada. Dejó la zona franca. Aunque ha buscado, siente que muchos empleadores no le dan trabajo porque la asocian a las protestas y prefieren evitarse “problemas con el régimen”.

Aunque vive días difíciles, el recuerdo de su sobrino la llena de valor. Desde aquel “día negro” se prometió así misma seguir luchando por conseguir justicia.

Hanssel Vásquez: “Vivo con miedo
de que me vuelvan a torturar”

Un grupo de policías se formó a la entrada de la estación de Policía de Masaya y cuando Hanssel Vásquez llegó fue recibido con puñetazos y patadas. Apenas pudo ver a quienes lo golpeaban. “Me dieron con todo lo que tuvieran a mano, con cascos, con sus armas. Era espantoso el dolor”, recuerda.

Hanssel Vásquez
Hanssel Vásquez
Hanssel Vásquez abraza a familiares y amigos tras ser excarcelado el 10 de junio de 2019. // Foto: Archivo | Carlos Herrera | Confidencial

Era el 11 de julio de 2018. Hanssel junto con sus amigos, Rodrigo Espinoza y Marlon Fonseca, fueron detenidos cuando se dirigían a dejar alimentos y medicinas a los jóvenes que protestaban contra el régimen Ortega-Murillo en Masaya.

Primero los amarraron de manos y pies, cuenta. Luego, ya en la estación, los interrogaron por dos horas. En el cuarto donde estaba solo lograba escuchar los gritos de dolor de sus amigos. “Fue el episodio más horrible de mi vida”, afirma.

Esa misma noche fue trasladado a la cárcel de El Chipote donde vivió trece largos interrogatorios durante tres días. Pasó sin dormir, y casi sin comer. “Cuando te empezabas a adormecer, te sacaban desnudo frente a un montón de policías y no paraban de hacerte preguntas”, recuerda.

Querían saber quién era el líder, quién los mandó a Masaya, por qué se oponían al Gobierno. Hanssel, con voz pausada, les respondía que nadie los había mandado y que ellos solo iban a ayudar a unos estudiantes heridos en esa ciudad.

Pero “el infierno”, como le llama a su paso por prisión, estaba lejos de terminar. En la cárcel “La Modelo” lo seguían sacando en las madrugadas para interrogarlo.

El 16 de octubre de ese año, junto a sus dos amigos, fue condenado a 17 años y seis meses de prisión: 15 años por el supuesto delito de terrorismo, dos por tráfico de armas y seis meses por entorpecimiento de servicios públicos. La Fiscalía del régimen también intentó acusarlos de “asesinato agravado, en grado de frustración” por la quema de la oficialista Radio Ya.

“Nos inventaron tantos delitos, pero nuestro único pecado fue salir a protestar y ayudar a los jóvenes universitarios que se manifestaban”, asegura Hanssel Vásquez.

También sobrevivió a una balacera y a la brutal represión en prisión, cuando realizaron una protesta el 16 de mayo de 2019. “Ese día asesinaron a Eddy Montes”, recuerda.

“El pastor”, como lo llamaban, se dedicaba a promover cultos religiosos dentro de la cárcel. Pero, por protestar le quitaron la libertad y la vida. Al menos 90 presos que participaron en la protesta resultaron heridos y lesionados por la brutal represión de las fuerzas del Sistema Penitenciario.

Hanssel fue excarcelado el 10 de junio de 2019, bajo una polémica Ley de Amnistía, aprobada por el régimen y señalada como un intento de dejar en impunidad los crímenes de lesa humanidad cometidos por el Estado de Nicaragua.

“Dejé mi trabajo para protestar”

En abril de 2018 tenía 26 años y trabajaba en una pequeña empresa de publicidad que fundó junto a sus otros dos amigos. Ya tenían ocho clientes fijos y algunos temporales.

“Económicamente estaba estable porque tenía un ingreso fijo”, detalla. Había dejado su trabajo en el oficialista Canal 8, donde trabajó por más tres años, porque se cansó de ver cómo ocultaban la realidad del país.

Los primeros días de protesta salió a las calles a hacer videos y fotos, como parte de su pasión por el periodismo. Denunciaba la represión en sus redes sociales.

Para Hanssel la lucha cívica valió la pena “y lo sigue valiendo” porque “el pueblo tiene el mismo pensamiento y es que quiere libertad”. Sin embargo, admite estar decepcionado que por intereses políticos y económicos de algunos sectores “la lucha se ha desvirtuado y la gente se ha desanimado”.

“Es un pueblo entero el que salió a las calles. Los que se quieran aprovechar, los que proponen una salida de la dictadura que genere impunidad, quedarán al descubierto tarde o temprano. Lo que nos hicieron es espantoso y algún día habrá justicia”, reclama.

A los opositores les pide unidad y que aboguen por la liberación de quienes están en la cárcel, como estuvo él, “injustamente por protestar”.

“El problema es que todos quieren unidad, pero todos quieren unidad alrededor de ellos mismos. Mientras no se despojen de sus intereses, no habrá oportunidad de derrotar a la dictadura”, sostiene Hanssel.

Cuando fueron encarcelados allanaron la vivienda donde trabajaban y les robaron más de siete mil dólares en equipos. Ahora está colaborando de forma voluntaria con la Unión de Presos y Presas Políticos de Nicaragua (UPPN) y ofrece sus servicios de diseño gráfico y de edición videos, “a personas que están en el extranjero que son los únicos que me contratan”.

Para Hanssel lo peor que le ha dejado abril es sentirse vulnerable. “Vivís con el miedo de volver a ser torturado, que te desaparezcan”, indica.

Karen González Gutiérrez: “Mi esposo sigue
preso por un capricho de la dictadura”

Algunas noches, el hijo de tres años de Karen González Gutiérrez le pregunta por su papá: Wilber Antonio Prado. Ella como puede le explica que pronto estará de regreso con ellos. Pero, en el fondo, no tiene ni idea de cuándo pasará eso.

Karen González, esposa del preso político Wilber Antonio Pardo
Karen González, esposa del preso político Wilber Antonio Pardo
Karen González, esposa del preso político Wilber Antonio Prado. // Foto: EFE | Jorge Torres

“Para nosotros las protestas de abril significaron un duro golpe porque nos ha dividido en dos ocasiones. Es un dolor que no se lo deseo a nadie”, asegura.

Wilber es un preso político recapturado. Fue detenido por primera vez el tres de septiembre de 2018 y puesto en libertad el 5 de abril de 2019, bajo el régimen de convivencia familiar. Sin embargo, nueves meses después, el 19 de enero de 2020 fue encarcelado de nuevo.

Este hombre trabajaba como cadete de un taxi de su mamá, para mantener a sus cuatro hijos. Para Karen, “el pecado capital” de su esposo es haberse unido a las barricadas montadas en 2018 en el barrio María Auxiliadora, donde creció.

En la primera ocasión lo condenaron a tres años y seis meses de prisión acusado por la quema de una casa comunal del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en el distrito VI de Managua y por portación ilegal de armas. Esta vez, lo acusan de homicidio en grado de frustración contra dos hombres.

Wilber empezó en 2018 yendo en las noches a las barricadas del barrio donde vivía su mamá. Después se quedó día y noche. También iba a la Universidad Politécnica de Nicaragua (Upoli) a llevar comida a su primo, Jimmy Parajón, que estaba atrincherado y que fue asesinado de un disparo en el pecho el 11 de mayo de ese año.

“Mi esposo solo se dedicaba a trabajar en el taxi. Todo se trata de un vil montaje porque les duele que él se haya unido a la protesta y haya seguido denunciando el asesinato de su primo”, sentencia.

“Un sandinista lo amenazó y sabía que volvería a prisión”

La primera vez que salió de prisión pasó casi cuatro meses sin dormir. “Por las noches daba brincos en la cama y se levantaba nervioso. Decía que se sentía ahogado y se ponía a ver por la ventana si no llegaba nadie a espiarlo”, cuenta Karen.

Para ella, “el trauma que vivió en la cárcel” fue algo que nunca le terminó de contar, pero sospecha “fue terrible”.

Todas las noches tomaba calmantes y aunque permanecían camionetas civiles parqueadas frente a su vivienda, ella le decía que eran ideas suyas para tranquilizarlo.

“Él a veces alucinaba diciendo que había visto un hombre dentro de la casa y pasaba con un machete cerca para defenderse”, relata.

Aunque volvió a trabajar en el taxi, ambos estaban preparados para que volviera a prisión. “Un hombre sandinista de su barrio lo había amenazado. Te van a volver a agarrar maldito”, le repetía cada vez que se lo encontraba.

Ella le insistía que se fuera del país, pero él le decía que no dejaría sola a su familia. “Empecé en esta lucha, me mataron a mi primo y no me cansaré hasta que esta dictadura se vaya”, le repetía.

“Tuvo covid-19”

Poco después de ser recapturado, el año pasado, empezó a presentar síntomas de covid-19. Pero nunca lo atendieron, denunció en ese entonces Karen.

“Estuvo con altas temperaturas, dolor de cabeza constante y pérdida de olfato, pero nunca dijeron que si había tenido coronavirus o no. Está vivo gracias a Dios porque ellos no movieron un dedo por él”, se queja.

También le han limitado la cantidad de alimentos que le puede llevar a prisión y aunque en cada visita le obligan a firmar un documento donde dice que está “en buenas condiciones”, ella se ha negado a seguirlo firmando.

Trabaja como doméstica y Karen lamenta que toda la carga del hogar ahora recayó sobre ella. “Pero yo lo he visto llorar por su primo asesinado y sé que su lucha es justa”, afirma.

Elthon Rivera: “Me robaron mi sueño de ser médico”

Las primeras dos veces que Elthon Rivera se involucró, en un mismo día, atendiendo heridos durante las protestas contra el régimen Ortega-Murillo fue por casualidad. Aunque había visto las noticias del 18 de abril sobre la represión en León y en Camino de Oriente, al día siguiente fue a cumplir sus horas prácticas en pediatría del Hospital Alemán Nicaragüense. Al salir de turno se percató que emergencia estaba desbordada con heridos de la Universidad Nacional Agraria (UNA). “Me puse mi bata y quedé ayudando en lo que podía un par de horas. Todos en el hospital estábamos indignados por cómo reprimían a los estudiantes”, dice.

Por la tarde llegó a la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua) pero encontró los portones cerrados. Con un grupo de compañeros se fue al sector de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), donde estaban los estudiantes protestando.

No éramos manifestantes y andábamos con el afán de ayudar. Nos regalaron productos médicos y nos fuimos a ver cómo atender más heridos”, explica. Pero en medio del violento ataque de policías, tras atender a un joven herido por bala de goma, se quedó atrapado cerca de una vulcanizadora. Unos antimotines lo agarraron, lo golpearon y se lo llevaron en una patrulla.

De nada le sirvió mostrar guantes, gasas y asegurarles a los policías que estaba haciendo una labor humanitaria. Estuvo detenido seis horas en la Estación Uno.

La indignación tras el interrogatorio al que fue sometido lo hizo “ser parte de la lucha cívica de abril”, expresa.

La foto de su detención se viralizó entre los jóvenes universitarios. “Para mí en ese momento quedé fichado, pero en ese momento no le di importancia”, menciona.

“Me expulsaron sin ninguna razón”

Durante la toma de la UNAN-Managua, por estudiantes, Elthon se regresó a su casa en Matagalpa. “Porque temía que hubiera una gran represión”, dice. Una masacre que finalmente ocurrió el 13 de julio de 2018 cuando fuerzas policiales y paramilitares atacaron durante 17 horas a los estudiantes que se refugiaron en la iglesia Divina Misericordia. Dos jóvenes fueron asesinados: Gerald Vásquez y Francisco Flores.

Luego de eso vino la represalia. La expulsión de 82 universitarios que participaron en las protestas en la UNAN-Managua. “A mí me expulsan como si estuviera estado atrincherado en la universidad”, detalla este joven de 27 años.

A él no le tomó por sorpresa porque desde el siete de mayo de 2018 había escuchado amenazas de algunos docentes sandinistas que prometían expulsión para quien osara manifestarse contra el régimen.

Cuando entró al sistema a finales de agosto de ese año se dio cuenta que había sido expulsado. Aunque esperó ser citado por las autoridades universitarias, estos nunca lo llamaron “para preparar mi defensa sobre esa injusta expulsión”.

A través de un abogado, porque a él le prohibieron volver a acercarse al recinto, pudo conseguir que las autoridades le dieran los certificados de notas sellados. Elthon también mandó cartas para pedir su reintegro y una revisión de su caso. Pero la primera “fue ignorada” y la segunda “fue contestada por correo” donde le decían que su solicitud era improcedente por extemporánea.

Volviendo a estudiar

Con ayuda de una beca pudo terminar su quinto año de medicina en una universidad privada de Matagalpa. Pero le falta hacer las prácticas y para poder hacerlo debe pagar “un monto elevado que no puedo permitirme”.

Para Elthon, parte del odio que tiene el régimen sandinista con él es porque formó parte de la Unión Nacional de Estudiantes de Nicaragua (UNEN), el brazo político del régimen dentro de las universidades.

“Ellos me vieron porque, aunque no era el mejor alumno me involucraba mucho en actividades extracurriculares. Por ejemplo, llegué a ser alumno ayudante de la clase de fisiología en la carrera de Medicina, fui parte de los organizadores del Congreso de Investigaciones Estudiantiles”, explica.

Sin embargo, apunta que nunca simpatizó con ningún partido. Para él “lo que significó la Rebelión de Abril se ha perdido”. “El protagonismo social y juvenil se fue esfumando y se fue tornando en algo político, en donde surgieron actores que no eran bien percibidos por la sociedad nicaragüense”, afirma.

Ahora está estudiando ciencias políticas gracias a una beca. “No era lo que yo buscaba, siempre quise ser médico, pero uno debe adaptarse a las circunstancias y a las oportunidades”, dice.

Danilo Valerio Pacheco: “Perdí mi trabajo y ahora hago entregas a domicilio para sobrevivir”

El biólogo diriambino Danilo Valerio Pacheco se ganaba la vida haciendo consultorías de turismo. Pero en diciembre de 2018 la crisis económica lo dejó en el desempleo. “Todo se derrumbó”, dice. Aunque tenían una pastelería en casa, la clientela también empezó a menguar.

Durante 20 años trabajó en promover el turismo sostenible. Trabajaba con la Cooperación de Luxemburgo. “Siempre he sido muy trabajador. Hubo un tiempo que llegué a tener hasta siete contratos a la vez y llegué a ganar hasta 5000 dólares al mes”, recuerda.

Quedarse sin nada de un día a otro lo preocupó. Con el dinero de su liquidación en marzo de 2019 decidió emprender. Junto a su hija mayor ideó montar un negocio en línea: “El Rapidín”. Se trataba de un sitio en redes sociales que ofertaba comida rápida, productos de la canasta básica, golosinas, y productos de higiene que entrega a domicilio en bicicleta.

“Nos empezó a ir bien, tanto que empezamos a contratar a jóvenes que tenían sus bicicletas para que nos ayudaran a repartir”, cuenta. Desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche se aceptaban pedidos.

Como ya tenían clientela por la pastelería, la comida que ofertaban “volaba”. Sin embargo, con la crisis sanitaria provocada por la pandemia del covid-19, los pedidos empezaron a bajar. “Nos volvió a llover sobre mojado y temporalmente casi cerramos”, detalla.

También lo hicieron porque todos en casa se contagiaron de covid-19 y su mamá falleció a causa del virus. “Fue un proceso duro y doloroso, pero nos toca seguir”, dice.

Además, empezaron a percatarse que repartir en bicicleta por las noches era más peligroso porque los conductores de motos y caponeras “no nos respetaban” y empezaron a surgir negocios similares que ofrecían entregas a domicilio.

“Por todo eso decidimos parar un poco y pensar cómo diversificarnos. Así surgió la idea de montar una pulpería en la casa, pero seguimos haciendo el reparto en bicicleta”, cuenta.

“Estamos en un momento de sobrevivencia”

Para Danilo el negocio ha sido totalmente familiar y aunque no le genera grandes ganancias les ajusta para vivir. “Estamos en un momento duro, la situación es difícil, estamos en la sobrevivencia y nos toca seguir adelante”, asegura.

Trata de ser optimista. Reconoce que no es el empleo que se imaginaba hacer, después de una vida llena de viajes, pero disfruta “poder hacer algo”. Repartir en bicicleta también es una forma de ejercitarse y mantenerse sano.

Para este hombre de 47 años, el 2018 fue catastrófico. “En los países en convulsión, el turismo se reduce y eso pasó en Nicaragua y la pandemia del covid-19 terminó de desbaratar nuestra industria. Quizás tardará años en recuperarse”, explica.

En 2020, 43 000 nicaragüenses perdieron su empleo, según un informe de la Fundación Nicaragüense para el Desarrollo Económico y Social (Funides), una cantidad que junto con los empleos perdidos en 2018 y 2019 supera los 222 000 desempleados, sin perspectivas de mejora en una economía que padece su cuarto año en recesión.

“Mientras la cosa mejora yo pienso seguir pedaleando porque uno tiene que rebuscársela”, promete Danilo.

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