Peru

El corazón de las tinieblas

No me sorprende que en el Perú no hayamos reparado que el pasado 29 de abril, Joe Biden, Presidente de los Estados Unidos de América, pronunció, ante la sesión conjunta del Congreso de la Unión, un histórico discurso que posiblemente represente el puntillazo final al neoliberalismo a ultranza que ha normado las relaciones económicas en el mundo desde su advenimiento a principios de la década de 1980. 

Para entonces las condiciones estaban dadas, la crisis del embargo del petróleo de la OPEP de 1973 había magullado las economías occidentales, pero, al mismo tiempo, había sumido en una crisis sin retorno a sus símiles socialistas. Los resultados no tardaron en llegar. Para 1987, Mijaíl Gorbachov, nuevo presidente de la URSS, ya negociaba con sus antiguos archienemigos la inyección de capitales frescos para el bloque oriental, pero era tarde: bajo el transparente empuje de la glasnost, el socialismo real estalló en pedazos ante los ojos atónicos del mundo, al punto que en 1991 no quedaba ya casi nada de él. 

Era la hora del neoliberalismo, el economista John Williamson se apresuró, en 1989, en llamar Consenso de Washington a las 10 recetas con las cuales el FMI, el Banco Mundial y el Departamento del Tesoro Americano impusieron un nuevo orden económico basado en la desregulación y la semi eliminación de la participación del estado en la economía. Había llegado la hora del mercado cómo supremo juez de las relaciones comerciales y como gestor de la estabilidad macroeconómica. 

Casi cuarenta años después de los tiempos en que Reagan y Thatcher  diesen los primeros pasos en la implantación de un nuevo orden mundial basado en un renovado laissez-faire, Joe Biden gira las tuercas en la dirección contraria con una energía que casi nos hace recordar los amables tiempos de George Marshall con Europa Occidental en la post Segunda Guerra Mundial: sustancial alza en los salarios, importante reducción en el precio de las medicinas, salud universal, sindicalización universal para una gran nación construida por sus trust de obreros y sus clases medias, y no por los hombres de Wall Street. 

El designio no puede ser más claro, la pelota ha cambiado de dueño en un país, y en un mundo, en el que las ganancias del capital crecen, como diría Thomas Piketty, en su célebre El Capital del siglo XX, a un ritmo mucho mayor que el del resto de la economía, y en el que la acumulación de la riqueza no se relaciona, ni por asomo, con su distribución(1). En este aspecto, la libertad del mercado fracasó estrepitosamente en el encargo de generar bienestar por lo que el Estado tendrá que invertir casi con tanta energía que en los aciagos tiempos de la New Deal de Franklin Delano Roosevelt, tras el Crack de 1929. 

América Latina 

No quisiera prolongar demasiado estas líneas. El mercado como regulador de la economía no existe. En su remplazo existen las grandes corporaciones multinacionales o internacionales y, para el caso de nuestros países, sus intermediarias, las grandes burguesías nativas. Suena a manual de marxismo para principiantes, pero funciona en la realidad, al punto de que por eso estalló Chile en 2019, donde las tesis de Thomas Piketty funcionaron a la perfección. Allí el dogmatismo del ortodoxo piloto automático fue tan extremo que bastó que una mañana unos jóvenes se negasen a pagan la tarifa del transporte público: el país estalló en llamas. La riqueza estaba demasiado mal distribuida, ni que hablar del acceso a los servicios de salud y educación. 

En caso colombiano parece más irreal. Tras la pandemia del COVID, la clase política, personificada en su presidente Álvaro Uribe, ha pretendido recuperar lo perdido, una vez más, a costas de aumentar la carga tributaria sobre las clases medias y trabajadoras obteniendo el mismo resultado, otro país convulso, lo que me remite al título de este artículo: el presidente del uno por ciento, que es la idea central del discurso de Joe Biden ante el Congreso de la Unión. Dijo Biden que el pueblo ya estaba pagando suficiente, que ahora le tocaba a ese 1% que concentra casi toda la riqueza hacer el esfuerzo de pagar más impuestos para nivelar las cosas. 

El Perú: retrato de un país surrealista

Si algo pudiese preguntarle a nuestro nobel Mario Vargas Llosa es por qué le creyó a Ollanta Humala y no a Pedro Castillo. Ojo que Castillo acaba de firmar las mismas garantías democráticas que Humala, y Castillo, que yo sepa, no ha sido financiado por el Hugo Chávez de sus mejores tiempos, ni proviene de una formación castrense que pudiese amenazar el orden constitucional, al contrario, es un ex-rondero y maestro de escuela rural.  Pensando el tema, comienza a latirme que Vargas Llosa se sitúa, si acaso no lo estuvo siempre, entre quienes sostienen el modelo hasta las últimas consecuencias, y comienza a latirme también que lo que está en juego, lejos de la manida disyuntiva democracia vs comunismo es neoliberalismo autoritario vs democracia con reformas sociales las que, muy probablemente, deban pasar por profundos cambios constitucionales. 

Pedro Castillo usa poncho y sombrero, pero lo que verdaderamente aterra a nuestra derecha neoliberal es que su discurso lo acerca demasiado al programa reformista de ese apacible gringo llamado Joe Biden, a la sazón presidente de los Estados Unidos de América, no vaya a ser que arruine la fiesta, aquí en la tierra del sol.  Otra vez el Perú, y sus fuerzas económicas, remando contra la historia. La idea es salvar el kiosko, no importa si se incendia el barrio. 

(1) Andreu Missé. Biden, la utopía útil de Piketty. https://elpais.com/economia/2021-05-03/biden-la-utopia-util-de-piketty.html

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