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De país "cenicienta" a meca global de innovación: la receta que transformó a Corea del Sur

Una recorrida de apenas 10 minutos por Hongdae, uno de los barrios de moda en Seúl, alcanza para corroborarlo: en tres cuadras los negocios de moda coreana se alternan con sótanos de e-gaming, donde cientos de adolescentes entrenan frente a pantallas y aspiran a cerrar contratos de decenas de millones de dólares, como lograron las estrellas coreanas de los videojuegos Faker o Ninja. En Olive Young, una tienda de cosméticos, las colas de hombres y mujeres para pagar cremas están a tope pero van rápido, porque toda la experiencia de cliente está automatizada al extremo. Lo mismo sucede a media cuadra, en el negocio de cuatros pisos vidriados de Samsung, con celulares y pantallas de última generación que no están mucho más caros que las remeras de Messi del local de Adidas que hay unos metros más adelante.

La escena mezcla capitalismo y futurismo y se condice con el alto poder adquisitivo de una de las 10 mayores economías del mundo (con una población de unos 51 millones de habitantes). Y también sintetiza algunos de los ingredientes principales de la historia de Corea del Sur, un lugar que por distintos motivos hoy puede reclamar el cetro de centro gravitacional planetario de la innovación. En la cuadra de Hongdae hay tecnología de frontera, diseño, soft power cultural, una energía vibrante y una evolución permanente de la hayllu (gran ola) coreana.

Nada mal para un país que hasta 1953 venía de medio siglo de guerras civiles y una invasión japonesa (de 1910 a 1945) que relegó su PBI a un tamaño por entonces similar al de Ghana. En el tablero global de la innovación hay varias sagas de «países cenicientas» que partieron desde cero, sin recursos naturales, y que en pocos años lograron dar «el gran salto» en base a su foco en la economía del conocimiento, como Israel o Estonia. Pero tal vez el caso más icónico sea el de Corea del Sur, que viene liderando los rankings mundiales de innovación y que dedica más dinero que cualquier otro país a R&D (investigación y desarrollo): 4,5 puntos del PBI.

Corea es junto a Japón el país con más robots per cápita del mundo, algo en parte promovido debido a una población que envejece rápidamente y que se está empezando a reducir

Para hacer el cuadro más desafiante: el país casi no tiene recursos naturales (importa el 97% de su energía) y solo un 30% de su superficie (100.210 kilómetros cuadrados) no es montañosa.

La receta de la innovación coreana tiene muchos ingredientes. Abarca una posición de vanguardia en inteligencia artificial y automatización: Corea es junto a Japón el país con más robots per cápita del mundo, algo en parte promovido debido a una población que envejece rápidamente y que se está empezando a reducir. En las «ciencias de la vida» el país tiene cientos de startups y un reconocido liderazgo en medicina de precisión.

Corea fue el primer lugar del mundo en desplegar una red 5G comercial, y el Gobierno este año concretó una fuerte apuesta para desarrollar el estratégico mercado de microchips, con una inversión de US$ 250.000 millones que liderará Samsung.

Samsung. Foto: Reuters
En la imagen, el logo de Samsung en una tienda de Manhattan, en Nueva York, EEUU, el 10 de octubre de 2016. El ministro de Energía de Rusia, Alexander Novak, dijo el viernes que era prematuro decir si un acuerdo global de reducción de la producción petrolera debería extenderse al segundo semestre del año. REUTERS/Andrew Kelly/File Photo TECNOLOGIA-SAMSUNG-RESULTADOS

© Andrew Kelly / Reuters

Metamorfosis

«Aunque muchas personas identifican a la economía coreana con las grandes empresas de celulares, electrodomésticos o los autos, se trata de una estructura que está en permanente evolución», cuenta la ingeniera e inversora Rebeca Hwang, una argentina-coreana que vive en EE.UU. «Ya hace 10 años que comenzaron a ganar protagonismo las startups, y esto se intensificó en la pospandemia», explica.

Tradicionalmente el desarrollo económico surcoreano estuvo muy vinculado a las grandes empresas, como Samsung, Hyundai o LG, entre otros. Samsung, por caso, nació en 1938 como un trader de verduras y luego se diversificó a electrónica pero también parques temáticos, construcción de barcos y biomedicina, entre otras áreas. Se estima que la empresa, la más grande del país, genera un 15% del PBI nacional.

Pero Corea ya tiene más de 10 «unicornios» tecnológicos (empresas valuadas en más de US$ 1.000 millones), como Kakao o Naver. Son compañías basadas en conectividad y digitalización que tuvieron un gran empujón durante la pandemia, y que recibieron más de US$ 100.000 millones en inversiones el año pasado, según la firma de research Start Up Alliance.

Corea fue el primer lugar del mundo en desplegar una red 5G comercial

Pero el surgimiento de empresas digitales no es la única novedad de esta «metamorfosis» coreana. El otro ingrediente tiene que ver con el emergente explosivo de la «innovación blanda» (soft power) que abarca sectores como el entretenimiento, la moda, la cocina o el gaming, entre otros.

Los economistas coreanos marcan los inicios de esta tendencia hacia fines de los 90, cuando luego de la crisis asiática de 1997, que obligó a Corea a pedir un préstamo de urgencia al FMI de US$ 57.000 millones, el gobierno se comprometió a diversificar y darle nuevos bríos a su economía promoviendo la «economía creativa» y la producción cultural de exportación.

Recetario selectivo

¿Qué lecciones del «milagro coreano» son aplicables a Argentina? Sin duda hay mucho para aprovechar en la estrategia de exportación cultural, y también en el ecosistema de startups y de biotecnología. Pero en todo lo demás la extrapolación dista de ser directa: «Querer aplicar el modelo del mal llamado ‘milagro coreano’ en Argentina sería erróneo si no se tuviera en cuenta el contexto que enfrentaba Corea del Sur durante su implementación con el régimen autoritario de Park Chung-hee», contó Agustín Menéndez, investigador asociado de Cadal y especialista en Corea.

Dante Choi, presidente de Goldmund Peabody.

Por eso el magíster en Economía Urbana y periodista Federico Poore, también experto en Corea del Sur, dice que no se trató de ningún milagro, sino de un camino muy sufrido que se dio a costa de sangre, sudor y lágrimas. Y al que las nuevas generaciones, remarcó, hoy le están escapando: no quieren saber nada con el compromiso e imperativo de sacrificio de sus padres y abuelos.

Meses atrás estuvo en Buenos Aires el economista estrella coreano de moda Ha-Joon Chang, quien también resalta que la experiencia de «capitalismo tardío» de su país no puede tomarse como un modelo aplicable para Latinoamérica sin beneficio de inventario. Varias particularidades de este enfoque que hoy es muy favorable al libre mercado - como la apertura total a importaciones- se lograron con mucha presencia estatal en el inicio, tras lo cual «patearon la escalera» en la trepada a la prosperidad.

«Hay una tendencia a simplificar esta historia con las lentes locales: los peronistas resaltan la intervención estatal y en Pro la liberalización de los mercados, pero la historia es mucho más rica y compleja», destaca Dante Choi, el dueño de la empresa de electrodomésticos Peabody, que llegó de Corea a los 12 años.

Para Choi, Argentina tiene muchísimo para aprender y beneficiarse de la economía coreana, y en particular del «K-management», o estilo de liderazgo empresarial coreano, muy basado en una política agresiva para ganar y diversificar mercados externos. Y muy identificado con la disrupción radical: el país empezó con tanta desventaja que el «kaizen» japonés de pequeñas mejoras continuas no le alcanzaba para sacar de la pobreza a la población en una generación.

Como ocurre en el océano con las olas, el tamaño y la forma de la hayllu coreana va mutando y adaptándose constantemente, permitiendo que otros países la puedan surfear de formas muy distintas.

Un antes y después en esta historia está marcado por el hit de 2012 Gangman Style, del rapero Psy, que fue el primer video en viralizarse a más de 1.000 millones de usuarios de Internet y que tiene en Seúl su propio monumento.
El «poderío soft» incluso entró en la esfera geopolítica: en momentos de tensión con EE.UU. y en la relación entre Corea del Norte y del Sur, China prohibió a sus ciudadanos consumir K-pop, porque lo considera un arma de dominación cultural. Para un país tantas veces invadido y con una historia sufrida, es una paradoja, y un orgullo a la vez, «invadir culturalmente» bastiones como EE.UU., donde los adolescentes aprenden coreano y las plataformas audiovisuales globales se pelean por tener series y películas made in Korea en su menú.
Corea del Sur exporta unos US$ 20.000 millones al año en productos culturales, en una industria que emplea ya casi 1 millón de personas, según detalla el libro El nacimiento del «coolness» coreano: Cómo un país está conquistando el mundo a través de su cultura pop, de la periodista coreana-estadounidense Euny Hong.