Venezuela

Gustavo Coronel: Como mi esposa me enseño a ser mejor

En una placita de Saint Johns, Newfounland, 2019.

Augusto Mijares decía que todo hombre es su yo y las posibilidades de su yo.  Una bella y verdadera frase.

Todos los seres humanos somos perfectibles y pasamos la vida entera tratando de llegar – en el mejor de los casos de manera asintótica –  al ideal de nuestra perfección. Por supuesto, es tan largo ese camino como breve es el tiempo.

 Así lo decía el poeta inglés Chaucer: “Breve es la vida, que lento el arte de aprender (The life so short, the craft so long to learn….).

En nuestro camino a ser mejor no mucho tienen el éxito deseado. Sin embargo, lo  maravilloso es el intento.

En ese viaje somos ayudados, asistidos, esperanzados, animados, por nuestros padres, familiares, amigos, maestros. Lo que somos en un momento dado representa la suma total de los esfuerzos de nuestros mentores y de nuestro éxito en asimilar  sus enseñanzas. Quizás el más poderoso de nuestros aliados en esa carrera hacia la perfección es el que pasa inadvertido, quizás porque lo tenemos muy cerca, a nuestro lado y porque ese apoyo es, de noble manera, dado en silencio y sin que la persona apoyada lo perciba.

Esa es la historia maravillosa de la manera como mi esposa Marianela me ayudó a ser mejor. Por 62 años vivimos juntos, desde que nos casamos en la iglesia de Chacao hasta que ella murió en su sueño y a mi lado, en Virginia. Fue un viaje extraordinario, largo e intenso, lleno de aventura, peligros, alegrías las más, tristezas las menos, un viaje en el cual fuimos compartiendo toda una rica gama de relaciones humanas que va desde el ser amantes, a ser esposos, compañeros, hermanos, amigos y finalmente indispensables el uno para el otro, como siameses fundidos en una sola persona. Esto último es tan cierto que hoy en día, con ella fallecida, puedo asegurarles que siento aún su mano en la mía cuando camino  bajo el amable sol de la primavera. No estoy solo.

El matrimonio es un proceso de mutuo aprendizaje y entre la gente buena se caracteriza por ser un torneo perenne de pequeñas y grandes cortesías. Es preciso hacerle saber a la pareja que él o ella son parte integral y fundamental del matrimonio y que cada uno necesita constante apoyo material y espiritual del otro. Esto fue lo que Marianela y yo fuimos tejiendo año tras año.

 Marianela fue mi maestra en muchos aspectos de la vida que el hombre suele pensar sin importancia. En mi caso personal, siempre he sido muy laborioso intelectualmente pero un tanto flojo para lo físico, a pesar de que elegí una carrera, la geología, que exige gran esfuerzo físico desde pequeño. Mi profesión de geólogo me ayudó mucho a combatir esa tendencia a la flojera, porque rápidamente debí acostumbrarme a caminar entre 10 y 20 kilómetros diarios en las tareas de la profesión. Pero, en mi vida doméstica siempre me pareció deseable dejar para pasado mañana lo que pudiera haber hecho mañana: ir a la tintorería, la cita con el odontólogo, el mantenimiento del auto. Prefería discurrir con los amigos sobre la geopolítica y sobre los asuntos filosóficos que son por su naturaleza insolubles, en lugar de enfrentar los asuntos reales de todos los días, relacionados con la educación de los hijos, el problema del aseo urbano en nuestro vecindario y las fallas de agua o de la electricidad. Allí fue que encontré una maestra en Marianela. Ella hacía lo que había que hacer, en el momento en el cual ello debía  hacerse. Así lo hizo por 62 años. Y ver su ejemplo me fue transformando. Yo admiraba esta constancia, esta disposición de Marianela para actuar y así se lo manifestaba, Pero ella me decía, una y otra vez, que ella era tan “floja” como yo, pero que estaba decidida a hacer, sin vacilar, lo que era necesario hacer.

Y esto para mí fue una lección continua de vida. Hoy, sin ella, conservo las mismas lánguidas inclinaciones a dejar las cosas para mañana  pero su ejemplo y su enseñanza me llevan a actuar como ella. Ataco las tareas del hogar como ella lo hubiera hecho. Nunca me imaginé que llevar a cabo las tareas domésticas fuera tan exigente, un asunto de nunca acabar. Cuando los platos están limpios ya es el momento de lavar la ropa, y la blanca y la de color por separado.

Marianela tuvo que posponer indefinidamente aspectos de realización individual para hacerme la vida más feliz y despreocupada.   Ella me decía: hubiera querido ser arquitecta y lo cierto es que hubiera sido excelente profesional de esa hermosa disciplina. Nuestra casa en el campo, en Sabana del Medio, en Carabobo, donde fuimos felices por 10 años, fue concebida y parcialmente ejecutada por ella, con un grupillo de hombres de la aldea, a quienes ella daba instrucciones. Era como la maestra de obras. Lo que sí pudo hacer Marianela  fue irme moldeando a su imagen y semejanza en eso de enfrentar nuestros deberes cotidianos con decisión, día tras día.

Por qué, ¿no es esa la esencia misma de nuestra vida? Creo que he ido un poco más allá del simple aprendizaje de su ejemplo para haberme convertido en una mezcla de lo que soy y de lo que ella era.  Su compasión y su ternura ocupan hoy  una porción importante de mi alma. Hago mis tareas domésticas sin vacilar y hasta puedo cocinar algunos platos básicos. Ella ya no camina a mi lado, camina dentro de mí.

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