Venezuela

Melancolía, tienes nombre de robot

De un tiempo para acá el futuro no es lo que solía. Y ahora que las circunstancias nos han metido de cabeza en una historia de ciencia ficción (la pandemia) se lo puede afirmar con más propiedad. La frase “el futuro es hoy”, de la que se ha echado mano de manera recurrente, sobre todo en publicidad, para conectar con una supuesta era de avances y bienestar, ha perdido su gracia y tiende a cargarse, más bien, de oscuro significado.

Es algo que no pocas voces han venido presagiando a su manera. Los escritores de ciencia ficción se ganaron a pulso el mote de apocalípticos por hacer de sus composiciones sofisticadas profecías agoreras. Pero quién podía culparlos: la realidad les ha ofrecido pocas razones para ser optimistas. Sin embargo, puede uno hallar entre ellos disonancias como las de Carl Sagan, Arthur C. Clarke o Isaac Asimov, en cuya obra la humanidad siempre tiene esperanza.

Y, aún, puede también encontrar en alguno que otro clarividente literario el rastro de una poética que salva al mundo en el último minuto, representada por una imagen lírica, en la que un cyborg se da una pausa para recitar, por ejemplo, “yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque en llamas más allá del hombro de Orión. He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”, del filme de Ridley Scott “Blade Runner”, basada en “¿Sueñas los androides con ovejas eléctricas”, de Phillip K. Dick.

Es la categoría de obras en la que se puede incluir “Klara y el Sol”, la más reciente novela de Kazuo Ishiguro, su primera publicación tras ganar el premio Nobel en 2017. Siete novelas, además de un cúmulo de cuentos y ¡canciones!, abonaron ese camino al máximo premio de las letras, de las cuales una sola (“Nunca me abandones”) pertenece al género de ciencia ficción. No se trata, por tanto, de un especialista en la fantasía anticipatoria sino de un escritor que la aborda como conducto para dar a sus temas recurrentes, el tiempo y la memoria, un cierto sentido de trascendencia.

Ishiguro, de origen japonés y crianza británica, es un autor forjado por su temperamento nostálgico. Sus obras primerizas se ubican en un país que solo habita en sus recuerdos de infancia y al que no volvió por muchos años. Una voz sensible y compasiva que se esmera en el desarrollo de personajes que concitan un enorme afecto al interactuar entre sí o al revelársenos de manera culminante a sus lectores, como sucede con el mayordomo Stevens de “Lo que queda del día”, una de sus historias más entrañables y que vertida al cine adoptó el rostro de Anthony Hopkins.

El personaje protagonista de esta novela está dotado de esa misma “humanidad”, aun cuando se trata de un androide. Diseñada como elemento de compañía en el marco de una sociedad distópica, Klara es una AA (Amiga Artificial) que aguarda el momento de ser adquirida en su tienda. Su largo monólogo interior es el único puente entre los lectores y las circunstancias del relato por lo que nunca terminamos de hacernos una imagen definitiva de cuanto en él acontece.

En esa atmósfera que vamos comprendiendo de manera fraccionada y que a ratos, en la visión de la robot, se fragmenta literalmente en bloques, la realidad configura un dibujo de género ingenuo. Si bien ella está diseñada para aprender de las experiencias a las que se somete, la lectura de esas experiencias está filtrada por un optimismo congénito, plagado de ensueños. Es el mundo desde esta otra perspectiva, no el decadente que los hechos sugieren, el que se va imponiendo en la narración de Klara.

Pero esa otra realidad no deja de avanzar a la sombra de la trama. Esas oscuridades que Klara percibe y soslaya, aluden a referencias que nos resultan más familiares y que son en definitiva las que preocupan al género humano del presente. Sobre estas dos líneas discursivas, aparentemente irreconciliables, se genera una notable tensión que nos va llevando hacia un acabado desenlace.

Al cerrar quizá sea posible responder con mayor conciencia a la pregunta sobre qué es lo que hace humanos a los seres humanos, o, como interpela uno de los personajes a Klara al final de la novela: “¿Crees en el corazón humano? No me refiero al órgano físico, claro está. Me refiero a su sentido poético. El corazón humano. ¿Crees que existe tal cosa? ¿Algo que hace que cada uno de nosotros seamos especiales e individuales?…”.

6 novelas de ciencia ficción para recomponer el futuro

“Fundación e Imperio”, Isaac Asimov (1952). La novela histórica da paso a la novela detectivesca, donde acompañamos a los protagonistas en su imperiosa necesidad de resolver del misterio del Mulo y de la Segunda Fundación, con el fin de evitar la caída de la Primera. Hay una serie de pistas que nos permitirán hacer deducciones por nuestra cuenta antes de que todo se descubra al final lo que tenga que ser descubierto.

“La ciudad y las estrellas”, Arthur C. Clarke (1956). Tiene la sencillez y la armonía de un cuento de hadas. Diaspar es la última ciudad de la Tierra, y lleva ya mil millones de años de existencia. Es autosuficiente, está totalmente aislada, y funciona gracias a una maquina¬ria prodigiosa. La imaginacion de Clarke está aquí en plena forma y el muestrario de razas, planetas y alienígenas que muestra es realmente abrumador.

“Ecotopía”, Ernest Callenbach (1970). Ernest Callenbach plantea un futuro en 1999 en el que California se ha separado de Estados Unidos formando un estado en perfecta comunión con el medio ambiente. Los vehículos son eléctricos, se respeta a los animales, y donde las mujeres y los hombres gozan de derechos de plena igualdad y tienen un concepto de familia mucho más amplia y flexible que la tradicional. El autor definió siempre su obra no como una utopía, sino como una realidad alcanzable.

“Cita con Rama”, Arthur C. Clarke (1972). La llegada al Sistema Solar, hacia el año 2130, del monstruoso Rama, esa masa de cuarenta kilómetros de longitud, plantea a los científicos de la Tierra una serie de enigmas a estudiar y resolver. En “Cita con Rama” se siente con fuerza toda la emoción y la aventura de adentrarse en lo desconocido. Es un argumento fascinante, la exploración de una gigantesca nave de forma cilíndrica que es un mundo en sí misma, creada por una inteligencia extraterrestre.

“Contacto”, Carl Sagan (1985). Durante siglos la humanidad ha soñado con la vida más allá de la tierra. El proyecto Argus, un sofisticado complejo de radiotelescopios, busca la señal que indique la existencia, en algún lugar del universo, de una inteligencia extraterrestre. Es un acierto que el contacto extraterrestre no consista en una interacción personal con el consabido ovni, sino en la recepción de un mensaje que lleva décadas viajando por el espacio a la velocidad de la luz.

“Spin”, Robert C. Wilson (2008). Una habilidad que posee Robert C. Wilson es la de hacernos olvidar que estamos leyendo una novela para sumergirnos en una historia que asumimos como propia. El libro nos explica qué pasa en la Tierra una noche en la que todas las estrellas y la Luna desaparecen. Un misterioso escudo (el Spin) aparece en torno a nuestro planeta y nos aísla del resto del universo. Por cada segundo que transcurre en la Tierra, transcurren 3,17 años fuera del Spin.

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