Mexico

Andrés siendo Andrés

13 de Julio de 2020

Pues todos los análisis de las razones del viaje del presidente López Obrador a Washington fallaron. Muchos apostaron por un puntual fracaso, incluso vaticinando una grosería y una falta de respeto a la figura Presidencial, y por ende al país, por parte de Trump.

Es evidente que, de nueva cuenta y como todo lo que ocurre en la actualidad en México, las cosas ya no se miden usando la razón, sino la ideología. Las redes están constipadas de odio y de descalificaciones. Pero, desde mi punto de vista, con el que no quiero convencer a nadie y sé que me ganaré la animadversión de los críticos de López Obrador, su viaje dentro de los parámetros que existían, fue un éxito.

Por el otro lado, la gran mayoría de los opinadores señala que López Obrador fue al viaje obligado y sojuzgado por el imperialismo yankee. Si usted es partícipe de esta teoría quiero hacerle una pequeña reseña de la odisea a las entrañas del capitalismo y neoliberalismo del Presidente más contrario a estas tendencias que ha tenido México en la historia moderna.

Se fue en avión comercial, en un vuelo de Delta con escala en Atlanta, acompañado de pocos de sus colaboradores, esta imagen en México fue de alto impacto. Los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas subieron por él al avión para sorpresa de propios y extraños, para darle una atención especial, pero el impacto ya estaba dado.
Inusitado, para bien o para mal, la imagen de un Presidente de México llegando a una visita internacional sin el boato anterior quedará para la historia. Coincido con aquellos que piden que el Presidente se tome en serio su seguridad, pues se protege al Estado mexicano, no a la persona. Después las visitas al memorial Lincoln con algunos opositores que le gritaban y otros simpatizantes, salió decoroso lo mismo que en el de Juárez, estatua regalada al gobierno norteamericano por Díaz Ordaz en reciprocidad por el regalo de la de Lincoln que está en Polanco, esto en el año de 1968.

Pero después vino el discurso más cuidado de la carrera política de López Obrador, mesurado, con tintes de historia y esmerado en sus intervenciones. Deslizó oportunamente la relación de Lázaro Cárdenas  y Roosevelt referida a la expropiación petrolera y la compresión del último de este acto de gobierno mexicano, poniendo en la imaginaria la cancelación de la planta de Mexicali y los proyectos de energía limpia que le causan roña. En la cena de honor, algo inusitado: se le dio la palabra a los empresarios mexicanos frente a Trump para que dieran su punto de vista de cómo reactivar la economía de ambas naciones después del covid-19. Se subió otra vez a un avión comercial, hizo escala en Miami y llegó a la CDMX. Las voces que le pedían que le mentara la madre a Trump por sus exabruptos fueron muchas, pero me parece algo más cercano a la ficción que a la realidad. No ha habido un presidente que lo haga porque el oso nos aplasta, aunque duela. Y siempre para entender este punto pido que se refieran al extraordinario libro de Jeffrey Davidow, exembajador de EU en México, El oso y el puercoespín.

Muchos  podríamos estar de acuerdo en que el viaje fue para calmar la ira de quien todavía puede perjudicar a nuestro país con sus improntas.

Pero la realidad es que el viaje de Andrés Manuel fue simplemente por ser Andrés Manuel. Fue uno de sus actos de mayor congruencia, quizá no con México por la posible vendetta demócrata, pero sí con su ideología y con él mismo. López Obrador fue a visitar a un presidente que piensa igual que él en cuestión de comercio exterior, proteccionista y proclive al apoyo de los productores locales. Que no cree en las energías limpias y menos en cumplir acuerdos como el de París. Que no le gustan los contrapesos y que se confronta con los otros poderes cuando no se comparte su visión a veces absolutista. Que privilegia los actos de cobertura mediática a los de gobierno efectivos y que ha gestionado de forma muy ligera la pandemia.

En suma, la visita no atendió a ningún criterio de política internacional, fue la visita del Presidente a otro par que, aunque alejado en la geografía política, piensa igual que el nuestro. Y lo mejor o lo peor es que le salió muy bien, les guste o no a los adversarios y lo sobredimensionen sus seguidores. Fue Andrés Manuel siendo López Obrador y punto.

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