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A 75 años de Hiroshima, hablan los últimos sobrevivientes: "No nos olviden"

La bomba atómica que explotó en Hiroshima, Japón, hace 75 años no sólo mató y mutiló.

Los sobrevivientes también viven desde hace décadas con vergüenza, ira y miedo. Muchos en Japón creen que la enfermedad causada por la radiación es contagiosa o hereditaria. Algunos ocultan su condición de sobrevivientes. Algunos albergan pensamientos de venganza en el corazón. Algunos vieron morir a sus seres queridos, uno a uno, debido a la radiación de la explosión y se preguntan: ¿seré el próximo?

A medida que envejecen –su edad promedio ahora supera los 83 años-, muchos ahora sienten una urgencia extrema. Están desesperados por eliminar las bombas nucleares del mundo y compartir con los jóvenes el horror que vivieron en directo el 6 de agosto de 1945. Aquí, algunas historias de sobrevivientes entrevistados por The Associated Press.

Koko Kondo, 75 años

De chica, Koko Kondo tenía una misión secreta: la venganza. Estaba decidida a encontrar a la persona que había lanzado la bomba atómica sobre Hiroshima, la persona que había causado el sufrimiento y las terribles quemaduras que veía en el rostro de las niñas en la iglesia de su padre… y luego pensaba ponerse en guardia y darle una trompada.

La oportunidad le llegó en 1955.

A los 10 años, Kondo apareció en un programa de la TV estadounidense llamado “Esta es tu vida” en el que presentaron a su padre, el reverendo Kiyoshi Tanimoto, uno de los seis sobrevivientes cuya historia se cuenta en el libro Hiroshima de John Hersey.

Kondo miraba fijo y con odio a otro invitado: el capitán Robert Lewis, copiloto del bombardero B-29 Enola Gay que lanzó la bomba.

Mientras Kondo, que sobrevivió a la explosión siendo bebé, se preguntaba si iba a poner en práctica su fantasía y golpearlo, el conductor le preguntó a Lewis cómo se sentía tras haber lanzado la bomba.

Koko Kondo, frente al Memorial de las víctimas de la bomba atómica de Hiroshima, en esa ciudad de Japón. /AP

Koko Kondo, frente al Memorial de las víctimas de la bomba atómica de Hiroshima, en esa ciudad de Japón. /AP

“Al mirar hacia abajo a miles de metros de altura sobre Hiroshima, todo lo que podía pensar era: ‘Dios mío, ¿qué hemos hecho?’”, recordó.

Kondo vio lágrimas en los ojos de Lewis y su odio se desvaneció.

“No era un monstruo; era sólo otro ser humano… Supe que tenía que odiar la guerra, no a él”, señaló Kondo a The Associated Press. Dijo estar agradecida de haber conocido a Lewis porque eso ayudó a que se diluyera el odio.

hiroshima

Sin embargo, sufrió años de humillaciones y prejuicios que tuvo que superar al crecer. Un día, siendo adolescente le dijeron que se desvistiera y se dejara sólo su ropa interior en una conferencia médica en un auditorio. Su novio la rechazó por ser sobreviviente de la bomba atómica.

En vísperas de la conmemoración del jueves en el cenotafio del Parque de la Paz de Hiroshima, Kondo guardó un minuto de silencio y oró por las víctimas y por Lewis. Ese encuentro cambió su manera de pensar y la ayudó a sobreponerse a las dificultades que sufrió más adelante en la vida, aseguró.

Ahora, Kondo sigue los pasos de su padre y cuenta sus historias a la gente joven.

Con barbijos y medidas de distanciamiento por el coronavirus, decenas de personas se acercaron este miércoles al Memorial de las víctimas de Hiroshima, en esa ciudad de Japón. /AFP

Con barbijos y medidas de distanciamiento por el coronavirus, decenas de personas se acercaron este miércoles al Memorial de las víctimas de Hiroshima, en esa ciudad de Japón. /AFP

Hiroshima se ha convertido en un bello lugar, pero las bombas atómicas todavía existen, afirma, y otro ataque nuclear destruiría el mundo, advierte.

“Es hora de que los seres humanos se unan y dispongan la abolición de las armas nucleares”, dijo. “Tenemos esperanzas”.

Lee Jong-Keun, 92 años

Lee mantuvo el secreto de ser sobreviviente de la bomba nuclear durante casi 70 años y ni siquiera se lo reveló a su esposa por temor a que la gente advirtiera las marcas de quemaduras que tenía en la cara.

Pero hoy Lee, coreano de segunda generación nacido en Japón, capacita a los jóvenes para que cuenten las historias de los sobrevivientes. También quiere que sepan de las dificultades que enfrentaron los coreanos en Japón.

Lee Jong-keun, un sobreviviente de la bomba atómica, frente al Monumento a la Víctimas Coreanas en el Parque Hiroshima. /AP

Lee Jong-keun, un sobreviviente de la bomba atómica, frente al Monumento a la Víctimas Coreanas en el Parque Hiroshima. /AP

“Los sobrevivientes ya no estarán aquí dentro de veinte años, pero sus historias sí deben estar”, explicó Lee, que tenía previsto reunirse con el primer ministro japonés Shinzo Abe después de la ceremonia del jueves para pedir que el país se esfuerce más por prohibir las armas nucleares.

Se cree que en el ataque nuclear murieron unos 20.000 habitantes coreanos étnicos de Hiroshima. La ciudad tenía gran número de trabajadores coreanos, entre ellos los obligados a trabajar sin salario en las minas y las fábricas durante la colonización japonesa de la Península Coreana que se extendió de 1910 a 1945.

En la ceremonia de conmemoración del miércoles para las víctimas coreanas, Lee depositó flores y oró por los que murieron. “Les pido a los jóvenes que nunca nos olviden y que comprendan la tragedia, lo absurdo y la crueldad de la guerra para que las armas nucleares sean eliminadas del mundo lo antes posible”, expresó.

La mañana del 6 de agosto de 1945, Lee, que tenía entonces 16 años, vio cómo el cielo estival azul se volvía naranja amarillento. Sufrió quemaduras en la cara y el cuello que tardaron cuatro meses en sanar. Cuando volvió a trabajar, sus compañeros se alejaban de él, diciendo que tenía “la enfermedad de la bomba A”. Decidió no contarle a nadie que había vivido la explosión. Eso sólo “duplicaría” su sufrimiento mientras trataba de ocultar su identidad coreana.

Sus padres hablaban coreano y querían que él aprendiera el idioma, pero a él no le gustaba salir con ellos por temor a que la gente reconociera su acento.

Por eso, Lee vivió bajo un nombre japonés, Masaichi Egawa, hasta hace ocho años, cuando comenzó a revelar la verdad.

“Para contar mi historia, tenía que explicar por qué los coreanos están en Japón”, dijo. “Ahora no tengo nada que ocultar”.

Keiko Ogura, 84 años

Recordar la explosión atómica y cómo sobrevivió es doloroso, pero Keiko Ogura está decidida a seguir contando su historia mientras organiza tours guiados en inglés para los turistas extranjeros que visitan el Parque Memorial de la Paz de Hiroshima.  Ogura creó la organización de Intérpretes de Hiroshima para la Paz en 1984 para traducir las historias de los sobrevivientes, incluida la propia.

“Al principio, era muy doloroso recordar aquellos días”, dijo en una rueda de prensa reciente en internet. “Pero quería que los jóvenes estadounidenses supieran lo que había hecho su país. No tengo intenciones de culparlos, sólo quiero que conozcan los hechos y piensen”, señaló.

Tuvieron que pasar cuarenta años desde el fin de la guerra para que se sintiera cómoda contando su historia.

“Lo que más sufrimos fue una sensación de culpa mientras nos preguntábamos por qué no habíamos podido salvar a las numerosas personas que murieron ante nuestros ojos”, recordó.

Pero ahora también encontró consuelo al relatar su historia.

Los visitantes son pocos este año debido a la pandemia de coronavirus. Pero el jueves ella tiene previsto realizar una visita guiada virtual al monumento de la paz en el aniversario del ataque.

Michiko Kodama, 82 años

Las cicatrices externas causadas por la explosión atómica se han atenuado, pero Michiko Kodama dice que su corazón no ha sanado.

“Para mí, la guerra no ha terminado”, dijo Kodama en una entrevista. “Incluso 75 años después, seguimos sufriendo debido a la radiación. Y todavía existen armas nucleares”, se lamentó.

Michiko Kodama, durante una teleconferencia en la que contó su historia. /AP

Michiko Kodama, durante una teleconferencia en la que contó su historia. /AP

El 6 de agosto, hace 75 años, Kodama, que tenía 7 años, vio un fogonazo en el cielo desde el aula de su escuela primaria. Una lluvia de astillas de vidrio cayó sobre ella. Rumbo a su casa, con el hombro sangrando mientras su padre la cargaba sobre la espalda, vio a una niña, gravemente herida, que la miraba desde el suelo. Aún hoy le duele la cara de esa niña.

Perdió a sus primos predilectos a semanas del bombardeo, luego a sus padres, hermanos e incluso su hija. Todos murieron de cáncer o por exposición a la radiación. Kodama vive con temor de ser la próxima.

También pasó años de discriminación y humillación.

Un día, cuando fue a un consultorio y mostró su certificado médico, la recepcionista mencionó su condición de sobreviviente de la bomba en voz alta y otro paciente sentado junto a Kodama se alejó. “Todavía me hiere la discriminación. Eso es lo que más me pesa en el corazón”, dijo.

Por Mari Yamaguchi, The Associated Press 

Traducción: Elisa Carnelli

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