Argentina

Alberto Fernández y el riesgo de quedar tercero en la línea de mando

Lo dijo Axel Kicillof el jueves pasado, pero la revelación quedó sepultada en su tsunami de acusaciones y desafíos. “Nosotros salimos a buscar vacunas. Y las conseguimos. Pero… ¿qué hicimos? Se las cedimos al Estado Nacional, como corresponde”. La afirmación fue una sorpresa en la que habrá que profundizar. Que se supiera hasta ahora, las gestiones para la compra de vacunas habían sido exclusivas del Gobierno nacional. Si no fue así, ¿cuáles y cuántas negoció y consiguió la Provincia? ¿Acaso la adquisición de la Sputnik V no fue mérito de la ministra de Salud Carla Vizzotti, y de la funcionaria Cecilia Nicolini, viajeras repetidas y secretas a Moscú?

Nunca inocente, el Gobernador se ubicó como autor de la gestión más sensible de estas horas, cuestionó la aptitud de la Ciudad y las otras provincias -que intentaban negociar con los laboratorios-, pero sobre todo obligó al Presidente y a su gabinete a compartir una de las pocas medallas que podían lucir en dos años y medio: no sólo no llegaron las vacunas prometidas, sino que además parte de las que se consiguieron fue por la intervención de la Provincia.

Kicillof explicitó lo que se advierte como una tendencia cada vez menos disimulable: que son los deseos y necesidades del gobierno provincial, respaldados por Cristina Kirchner, los que muchas veces marcan la cancha en la que luego juega Alberto Fernández: para ejemplo alcanza la definición de restricciones más severas en el AMBA, exigencia confesa del Gobernador.

Así las cosas, si la convicción compartida en dos años y medio y agudizada en los últimos meses es que Alberto responde a los mandatos de Cristina, en estos días se verifica que en el tablero de poder corre el riesgo de resignar otro casillero a manos de Kicillof: el Presidente podría entonces aparecer tercero en la línea de mando.

La dinámica se consolida en la grieta. Kicillof no sólo no le escapa a los enfrentamientos, sino que los profundiza. Para él Rodríguez Larreta nunca fue “mi amigo Horacio”. Al contrario, lo acusó de ser un opositor irresponsable que firma con una mano documentos críticos y luego pide consenso. Pero además dijo que la Ciudad es el foco de contagio que irradia al conurbano, y que sus hospitales están al borde del colapso y obligan a los pacientes a buscar atención en la Provincia.

Unas horas más tarde el Presidente suscribió cada una de las definiciones.

Pero hay más, para el Gobernador el fallo de la Cámara de Apelaciones que habilitó las clases en la Ciudad es “repugnante”, Macri incita a la rebelión con palabras “horribles”, los científicos asesores de la Ciudad “no pegaron una” y hasta fue responsabilidad de un legislador de la oposición el fracaso del contrato con Pfizer. Sus modos y su lenguaje extremo remiten de un modo directo a la vicepresidenta: allí se apoya su fortaleza. El Presidente, en cambio, muchas veces lució dispuesto a decirle a cada uno lo que quería escuchar.

Ese reparto de roles no parece incomodar a Alberto Fernández. En su conferencia de prensa del jueves mencionó tres veces al Gobernador como si necesitara su respaldo en las decisiones. Dijo, por ejemplo: “Algo que francamente siento, y que también siente Axel, no tengo ninguna duda…”. Para luego sumar: “Es la misma preocupación que siente Axel”. Como si no alcanzara con su propia convicción para justificar las medidas.

En ese juego de respaldos mutuos, está claro que en las últimas semanas uno tomó la iniciativa y el otro sólo avaló. Alcanza con mirar con atención para descubrir quién fue cada uno.

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