Argentina

Biden hirió al populismo nacionalista, pero no lo liquidó

Si bien 72 millones de estadounidenses votaron por Donald Trump, más de 5 millones más eligieron a Joe Biden –una diferencia de 3,4 puntos porcentuales–. La implicancia es clara: el populismo de derecha no ha muerto, pero puede ser derrotado.

Antes de ser presidente de EE.UU., Donald Trump construyó un personaje de reality show con la frase: “Está despedido”. Ahora, el pueblo estadounidense lo ha despedido a él. Y la derrota de Trump también les ha asestado un golpe devastador a los populistas nacionalistas de Europa y otros lugares. ¿Podría resultar letal? Las ciénagas donde se genera el nacionalismo populista no se han secado. Demasiadas personas siguen frustradas porque perciben (o prevén) una pérdida de estatus económico y social y se sienten ignoradas o calumniadas por los políticos del establishment. El estancamiento de los salarios, la desindustrialización y la injusticia económica siguen siendo desafíos graves. Muchos están convencidos de que la inmigración y el cambio cultural plantean una amenaza a su seguridad y su modo de vida. La crisis del Covid se ha sumado a esas preocupaciones.

La persistencia de estos temores y frustraciones se reflejó en los resultados de la elección estadounidense. Aunque el presidente electo Joe Biden obtuvo cinco millones más de votos que Trump –una ventaja de 3,4 puntos porcentuales– más de 72 millones de estadounidenses votaron por el presidente saliente. No obstante, Biden ha demostrado que el populismo puede ser derrotado… y no sólo por más populismo. Lejos de emplear tácticas populistas, apoyar su visión del mundo o consentir sus prejuicios, Biden construyó una amplia coalición electoral en torno a la promesa de cambios positivos, sobria moderación y gobernanza competente. Esto encierra una lección crucial para los partidos políticos de centroizquierda y centroderecha de Europa, que por momentos han sucumbido a la tentación populista –por ejemplo, haciéndose eco de sus puntos de vista socialmente conservadores y anti-inmigración- para ganar votos.

La derrota de Trump también constituye una advertencia para los populistas de extrema derecha, como Jair Bolsonaro y el primer ministro húngaro Viktor Orbán. Meses atrás, Orbán proclamó: “Solíamos pensar que Europa era nuestro futuro; hoy sabemos que somos el futuro de Europa”. Pero con la derrota de Trump, sus palabras suenan a hueco. Aun cuando estos dirigentes por ahora sigan siendo populares –en el caso de Bolsonaro, gracias a generosos subsidios a los ciudadanos por el Covid– el ascenso o la persistencia del populismo de extrema derecha difícilmente sea inexorable.

Además de hacer trizas este relato interesado de inevitabilidad, la derrota de Trump desacredita sus políticas profundamente defectuosas y así reduce su atractivo para otros. En los últimos cuatro años, Trump insistió en un enfoque que descaradamente pretendió colocar a “Estados Unidos primero”, pisoteando los tratados comerciales y haciendo mal uso de las sanciones para tratar de dar una ventaja a las empresas y los trabajadores estadounidenses.

En este contexto, parecía casi ingenuo que otros, entre ellos los gobiernos europeos, buscaran soluciones multilaterales y colaborativas de libre mercado. Mientras los políticos de la corriente principal se inclinaban al proteccionismo, el nacionalismo económico extremo al que adherían partidos como la Agrupación Nacional (antes Frente Nacional) de Francia –cuyos dirigentes están a favor de colocar a “Francia y el pueblo francés primero”– parecía cada vez más razonable. Además, el discurso xenófobo de Trump y su forma de fomentar el sentimiento nativista le abrieron la puerta a políticas de inmigración duras en el país y el extranjero.

Obviamente, algunos gobiernos europeos no necesitaban que los alentaran a demonizar a los musulmanes, levantar cercos de alambre de púas en las fronteras o detener a quienes buscaban asilo en campamentos miserables; en realidad, comenzaron a hacerlo antes de que Trump fuera elegido, especialmente durante la crisis de los refugiados de 2015-16. Pero las medidas del gobierno de Trump –como separar a los niños de sus padres y detenerlos en condiciones espantosas, deportar a quienes buscaban asilo sin el debido proceso, prohibir la entrada de inmigrantes de países de mayoría musulmana y levantar un muro con México- les dieron un importante espaldarazo a las fuerzas anti-inmigración de Europa.

Por ejemplo, Matteo Salvini, líder del partido italiano de extrema derecha La Liga y ministro del Interior del país en 2018-19, se jactaba de ser “el Trump de Italia”, en tanto impedía que las embarcaciones que transportaban migrantes rescatados atracaran en los puertos italianos. Cuando la administración Trump en 2018 se negó a firmar el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular, nueve gobiernos de la UE –así como otros países, entre ellos, Australia– siguieron sus pasos.

Biden dará un ejemplo muy distinto que probablemente fortalezca a los internacionalistas y debilite a los nacionalistas de Europa. Obviamente, el presidente electo –al igual que los demócratas en general– no propone libre comercio e inmigración sin restricciones. Pero sí reconoce los beneficios de la cooperación comercial con los aliados europeos en materia de política exterior y ha prometido revertir algunas de las políticas de inmigración más polémicas del gobierno de Trump en cuestión de días después de su asunción, así como también reformar el sistema inmigratorio estadounidense a más largo plazo. Biden también desechará el enfoque de Trump respecto del cambio climático, empezando por reincorporarse al acuerdo climático de París el primer día de su presidencia.

Una vez que Trump ya no esté, los políticos populistas no sólo gozarán de menos legitimidad en su país sino que también los gobiernos pagarán un precio internacional más alto por sus posturas nacionalistas. Trump fue un poderoso aliado de los gobiernos nacionalistas europeos, especialmente los de Hungría y Polonia. Cuando el partido gobernante de Polonia, Ley y Justicia, buscó pelea con Alemania y cuestionó las políticas de la UE en materia de asilo, independencia judicial y muchas otras cuestiones, se sentía confiado en que, aun cuando sus socios europeos se volvieran contra él, Trump lo protegería de peligros como la Rusia revanchista de Vladimir Putin. Con Biden en la Casa Blanca, el gobierno polaco sentirá más presión para ser constructivo.

Lo mismo vale para el primer ministro británico Boris Johnson. Trump apoyó el Brexit como expresión de soberanía y alentó a Johnson a adoptar una postura dura ante la Unión Europea, tentando con la perspectiva de un acuerdo comercial bilateral como premio.

Biden no es admirador del Brexit –ni, podemos adivinar, de Johnson, cuyo desprecio racista por la ascendencia “en parte keniana” del presidente Barack Obama durante la campaña por el referéndum Biden seguramente no olvidará. Es más, Biden, quien a menudo ha hablado de su ascendencia irlandesa, ha dejado en claro que no aceptará ninguna amenaza a la paz en Irlanda del Norte. En tanto se agota el tiempo para negociar un acuerdo comercial post-brexit, Johnson ahora está bajo mucha más presión para hacer concesiones.

El nacionalismo populista no ha muerto. Pero puede ser derrotado… y la caída de Trump probablemente lo haga más fácil. ¿Los europeos están a la altura de esa tarea?

©Project Syndicate. Traducción: Elisa Carnelli

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