Argentina

Coronavirus: cuidarse y cuidar al otro

La humanidad ya ha enfrentado diferentes amenazas virales, pero el mundo no se detuvo ante cada nuevo virus. Este es diferente, un virus que nos ha cambiado la vida y nos va a llevar un tiempo volver a la normalidad, tal como la conocíamos.

En el personal de salud, la actual pandemia ha impactado fuertemente. En mi caso particular, al comienzo me cambió la manera de ejercer la medicina, me costó acostumbrarme a la video consulta. Con el paso de los meses, comencé a sentir el rigor del virus, pacientes que no pudieron atenderse a tiempo, estudios que no se hicieron, contagio en personas que se cuidaron al extremo, abuelos que lloraban por soledad, falta de cariño, desesperados por estar con su familia o sus nietos.

Esto sumado al problema económico que genera una incertidumbre inédita, dando como resultado angustia generalizada.

Pero lo que más me impactó fue el efecto que la enfermedad produce en el organismo. Un caso en particular me permitió comprender lo devastador de este virus. Fue un paciente que comenzó un domingo con pocas líneas de fiebre, el lunes tuvo tos, miércoles falta de aire, el viernes se internó en terapia intensiva porque necesitaba intubación y el domingo falleció. Ante la mirada y esfuerzo de todos, al virus le tomó una semana acabar con su vida.

El miedo también me invadió. Somos una familia de médicos y a mis hijos también los alcanzó. Al ver cómo la pasó uno de ellos, temí contagiarme y extremé los cuidados. Esto me llevó a tratar por todos los medios de comunicarles a aquellas personas que dicen “mejor tenerlo”, en especial los jóvenes, el riesgo que se exponen.

La evolución de la pandemia en nuestro país fue permanente y sostenida, hasta llegar el momento que -al igual que la metáfora de la rana- nos acostumbramos a las cifras. En un comienzo nos alarmamos con pocos casos, como salta una rana al ponerla en agua hirviendo y con el paso de los meses, una cifra impensable la naturalizamos y -como la rana al subirle de a poco la temperatura del agua- no nos damos cuenta y es difícil escapar.

Pese a que la cifra de fallecidos crece día a día, dejó de ser la noticia principal en los medios. Salvo cuando superamos el millón de casos, que desde el punto de vista sanitario es tan alarmante como con un dígito menos.

En un contexto en el que el 40,9 % de los argentinos está sumergido en la pobreza y el 56,3% de los niños menores de 14 años son pobres, las consecuencias de la pandemia son mucho mas grandes que en un país con mejor calidad de vida. Ante esta situación, resulta incompresible que los argentinos no estemos unidos para vencerla, que la ideología política nos divida. Es un momento para estar todos juntos. Comprendo que parte de la sociedad piense diferente, pero sería importante compartir propuestas.

Discutir si los males son por la cuarentena o la pandemia no nos hace bien. Sabemos que la cuarentena no es la principal medida, una cuarentena prolongada tiene consecuencias inevitables.

Al comienzo, la cuarentena nos sirvió para preparar el sistema de salud, equipar las terapias intensivas y la atención ambulatoria. Las consecuencias de lo que hubiera pasado en caso de no hacerla son muy difíciles de calcular porque eso no sucedió.

Hoy, luego de ocho meses, sabemos que la cuarentena debe acompañarse con testeos, rastreo y aislamiento. Es importante salir a buscar el virus identificando los contactos estrechos, no correr al contagio de atrás.

Nadie esperaba que este virus de murciélago debutara en la población humana, se transmita por gotas, luego por el aire en un clima cálido, húmedo y durante el verano.

Nadie pensó que fuera un maestro del engaño. Tenemos una fábrica de virus en la nariz y no nos damos cuenta que se comportará como un asesino en fuga: infecta y deja la escena del crimen, pasando a la siguiente víctima antes que la primera se recupere o muera o que haga cosas raras en nuestro cuerpo, como una sorprendente vasculitis por respuesta inmune que puede causar accidentes cerebrovasculares, enfermedades cardíacas renales o hepáticas. Que se la agarrará con hogares de ancianos y no con los niños. Este aprendizaje nos llevó tiempo.

Hoy hemos llegado a un punto en que no se puede prohibir. Cada uno debe hacer su parte, comprendiendo que los gobiernos no pueden solos si las personas no aceptan su responsabilidad. Nuestro comportamiento tiene gran influencia en la velocidad a la que se propaga el virus. Sabemos que el riesgo de transmisión es casi nulo al aire libre y a dos metros de distancia, si a eso le sumamos el barbijo, la ventilación de los ambientes y tratamos de estar con la menor cantidad de personas por día, impedimos la circulación del virus. Todo esto complementado con las medidas de higiene.

Ahora es imposible pedirle más a la población, por lo tanto nuestra función como médicos es la reducción del riesgo y de los daños, dando pautas para realizar prácticas seguras. El problema del virus no va a terminar de un día para el otro, no tiene fecha de vencimiento, va llevar un tiempo.

Es un momento sin precedentes de la investigación mundial, nunca antes tantas empresas y dinero están dispuestos para la investigación. Todo sucede a gran velocidad, con el riesgo que conlleva.

Pese a este gran esfuerzo, es difícil obtener una vacuna segura y eficaz en poco tiempo. Deben pasar diferentes fases de investigación, conseguir 30.000 mil personas que reciban la primera dosis de placebo o vacuna, esperar un mes, darles la segunda dosis, esperar dos semanas hasta lograr la inmunidad y, por último, esperar que unas 150 o 160 personas del grupo placebo se enfermen.

Luego, va a llevar muchos meses la distribución masiva. Por todo esto, hay que ser cautos al informar. El gran desafío es lograr que la comunidad cambie conductas, tome conciencia de la gravedad del virus y comprenda que la prevención tiene que ser una prioridad para todos, más allá de cualquier diferencia.

Jorge Tartaglione es médico cardiólogo. Presidente de la Fundación Cardiológica Argentina.

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