Argentina

Diego Maradona, Martín Palermo y una épica paternal, en clave psicoanalítica

Poco antes de que el mundo se conmocionara por la muerte de Diego Maradona, el psicoanalista, doctor en psicología y doctor en filosofía Luciano Lutereau lanzaba su último libro, El fin de la masculinidad (Paidós, 2020). Allí, incluyó un resonado tramo con anécdotas relacionadas con el ídolo para reflexionar sobre la paternidad.

El libro es uno de sus más de veinte libros publicados y es el último de una trilogía sobre los vínculos en el siglo XXI, que también incluye Esos raros adolescentes nuevos (2019), y Más crianza, menos terapia (2018).

A continuación, el fragmento de El fin de la masculinidad que Lutereau dedica al astro del fútbol.

Diego Armando Maradona. Foto: roseed abbas / Shutterstock.com

Diego Armando Maradona. Foto: roseed abbas / Shutterstock.com

La paternidad es un tema central de la clínica del psicoanálisis. Incluso está en el corazón de la herencia freudiana. Cuando Freud dijo que no hay nada más difícil para un varón que la posición pasiva respecto de otro varón, ¿de qué manera podría salirse de esta encrucijada?

La respuesta es precisa: solo a un hijo se le permite el parricidio. Para explicar este punto quisiera recordar dos situaciones con mi hijo.

Hace unas semanas vimos la última película de la serie Cars. En esta ocasión, el protagonista ya es un auto viejo al que le cuesta competir con otros más modernos. Durante toda la película se entrena hasta que llega el día de la gran competencia y, en el medio de la carrera, el protagonista decide hacerse a un lado y convertirse en entrenador de otro auto (un auto que, además, ¡es mujer!). ¿Qué ocurrió en el medio? Recordó a su propio entrenador (que también era un auto campeón) y otro le dijo que este habría dicho que nunca fue tan feliz como cuando lo entrenaba.

La segunda situación. Mi hijo todavía me pide cuentos antes de dormir. El tema es que como está fanático del fútbol, los cuentos clásicos ya no le interesan. Entonces busqué historias de Boca para contarle y una noche, le hablé de que hubo una vez, un 25 de octubre de 1997, que fue el último partido de Diego Armando Maradona. Él no sabía que ese iba a ser su último partido. Además, jugaba contra River. Al entrar a la cancha, Diego fue a saludar a su archienemigo: Ramón Díaz, con quien había compartido selección en 1982. Le dio la mano y el gesto seguro quiso decir mucho más que lo que ambos imaginaban.

Después, empezó el partido: primero, gol de River, tristísimo. Desesperanza. Hasta que Diego pide salir de la cancha, para que entre un muchacho que se llamaba Juan Román Riquelme.

Al ratito, gol del “huevo” Toresani y, para concluir, Martín Palermo sellaba el partido. A los pocos días, Diego avisó que no volvía a la cancha. Para ganar, él tenía que salir. Era el turno de la nueva generación. Así fue que muchos años después, Palermo le pudo devolver a Diego ese gol que hubiera querido hacerle a River, cuando, como director técnico, clasificó a la selección para el mundial un día de mucha lluvia.

Y Diego gritó ese gol más que uno propio, porque ese el misterio de la paternidad, lo que tanto horror causa en el mundo contemporáneo: que no solo somos felices con nuestros actos, sino también y fundamentalmente con los de otros, y en eso consiste el amor entre padres e hijos, la filiación, la subjetivación de la deuda, la castración y todas las demás cosas que dicen los psicoanalistas que –como decía Silvia Bleichmar– son mejores cuando son de Boca.

El técnico argentino Diego Maradona celebra con el jugador Martín Palermo después de vencer 2-1 a Perú, el 10 de octubre 2009, en el partido por las eliminatorias para el mundial Sudáfrica 2010. Foto: EFE/Cézaro De Luca.

El técnico argentino Diego Maradona celebra con el jugador Martín Palermo después de vencer 2-1 a Perú, el 10 de octubre 2009, en el partido por las eliminatorias para el mundial Sudáfrica 2010. Foto: EFE/Cézaro De Luca.

Cabe aclarar que Diego fue un padre en la cancha aunque en su vida por fuera (¿real?) haya tenido problemas para lidiar con la paternidad. Su caso nos sirve para destacar que un padre no es tal en abstracto, sino en un escenario específico. La paternidad siempre es situacional, por eso incluso un hombre puede ser padre de uno de sus hijos y no de otros.

Murió Diego Maradona. Foto: Sergey Mikheev / Shutterstock.com

Murió Diego Maradona. Foto: Sergey Mikheev / Shutterstock.com

Es posible que ya no vivamos en una sociedad patriarcal, sin embargo, las raíces del patriarcado todavía están fuertes. Lo demuestra el debate sobre el aborto y que los argumentos basados en cuestiones de salud pública no fueran suficientes. La fuerza reaccionaria de quienes decían defender la vida no se basa en una oscura metafísica de la persona (que el embrión es un humano); más bien, el núcleo de la discusión pareciera ser algo que no llegó a instalarse, que es la relación entre Estado y filiación: ¿cuándo un niño es un hijo (no una persona)?

¿Podemos gestar niños que no estén filiados? No hablemos de personas, tampoco digamos que el embrión es una semilla. La biología es una ciencia que muchas veces dio motivos a los gobiernos totalitarios, así que nada que digan los biólogos puede ser concluyente sin más. ¡No al uso metafísico de la biología, tampoco y menos al aristotelismo de la potencia y el acto! Porque también hay una situación que existe de hecho: la manipulación de embriones; incluso el derecho de un donante de esperma a permanecer en el anonimato. Incluso el de una gestante que luego cederá el niño a otra persona para que sea su hijo. Por lo tanto, si las técnicas reproductivas actuales (incentivadas por el mercado) ya separaron al niño del hijo, ¿por qué el Estado no aprobaría el aborto que, en todo caso, no es más que una situación particular? El horror a la paternidad en el mundo contemporáneo es la antesala de algo que ya entrevió la ciencia ficción: niños gestados por fuera de cuerpos humanos.

He aquí el punto en que el libro de Barros lanza una especie de advertencia: la otra cara del progresismo es la segregación, la civilización puede ser la continuidad de la barbarie por otros medios, el planteo de las cuestiones sexuales en términos de derechos liberales puede llevar al individualismo de quienes renuncian a la transmisión, los narcisistas cuya vida empieza y termina en ellos (y ellas), quienes –como dice el poema de Silvina Ocampo que cité en la introducción– “prefieren morir por no sufrir y, sin embargo, no mueren”.

Fragmento del libro "El fin de la masculinidad" (Paidós, 2020), de Luciano Lutereau.

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