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Argentina

El futbol en los margenes

por Claudio Gómez

default Foto: CEDOC

La cancha de Victoriano Arenas está rodeada de Riachuelo. El recorrido caprichoso de esas aguas dudosas marca un rulo perfecto para que encaje el rectángulo de 70 x 110, allá en el borde, donde Valentín Alsina es más 2 Minutos que Sandro, donde Avellaneda es más empedrado que asfalto. Y en los márgenes, se sabe, pasan cosas. Por eso la cancha de Victoriano es un rejunte de historias que nada tienen que ver con los partidos del pack fútbol.

Aquiles “Quelo” Fernández es el utilero histórico del club. Además de encargarse de las funciones habituales de cualquier utilero, Quelo desarrolló una habilidad propia: pesca de pelotas. Ocurre que es muy común que el despeje violento de un defensor rústico termine con la pelota flotando sobre el barro del Riachuelo. Es ahí cuando entra en escena el rescatista: con una red a medida, una soga y la experiencia que dan los años, enlaza el balón y lo trae de vuelta al mundo de los que juegan. Hace tiempo ya que Quelo dejó de anotar en una libretita la cantidad de pelotas recuperadas. Abandonó el inventario cuando había pasado las 300.

Pero el Riachuelo no es el único devorador de pelotas. A unos metros de la cancha, detrás de uno de los arcos, pasan las vías del tren de carga Belgrano Sur, que une esta península con la Villa 21-24 de Barracas. En un partido que Victoriano jugó antes de ascender a la C, un marcador central de Yupanqui sin muchos recursos despejó con violencia y la pelota terminó en un vagón de carga, mansita, sobre canto rodado. Y allá fue, rumbo a la Quemita. Como la vecina más odiada de la cuadra, el tren se quedó con la pelota y no la devolvió nunca más.

No es un capricho la obsesión que existe en Victoriano Arenas por el destino de las pelotas. Para cada partido la AFA aporta dos o tres para que se pueda jugar. Y si alguna termina devorada por el Riachuelo o sobre un tren con destino incierto, eso provoca una corrida financiera que afecta el escaso presupuesto del club. La pelota es un tesoro. Si se mancha, no importa. Tiene que estar.

El acceso es otro de los temitas que afectan a esta cancha. Llegar hasta la entrada del club es toda una aventura. El camino atraviesa descampados, zonas de riesgo y la fábrica Siam, en estado de abandono. Si al micro que lleva a los jugadores visitantes, por ejemplo, lo maneja un chofer que no conoce el paño, seguro la cosa no terminará bien. Las calles cercanas a la cancha atesoran secretos de árbitros, médicos y planteles perdidos. La solución para los extraviados suele ser siempre la misma: un dirigente comprensivo que los guía a través del celular.

La proximidad con el Riachuelo tiene una ventaja, ojo: la cancha nunca se inunda porque tiene el mejor drenaje natural posible. Un diluvio puede suspender todos los partidos programados en el sur del Gran Buenos Aires, pero en Victoriano se jugará de todos modos.

Allá en el sur profundo, donde no llega nada ni nadie, hay una cancha aislada del mundo, inaccesible. Un territorio hermético y sin leyes de mercado. Un búnker sin rating. Pero donde las pelotas se protegen como la número 5 que te regalaban para tu cumpleaños.

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