Argentina

El libro que brinda otra versión sobre la muerte de Somoza y rebate la de los guerrilleros del ERP

Durante años los dichos de Gorriarán Merlo fueron la base para reconstruir el asesinato del ex dictador nicaragüense, pero una novela histórica lo busca refutar e incluso sostiene que el ex miembro de la guerrilla marxista ni siquiera estuvo en Asunción. Entrevista con el autor, Julián Mandriotti, y un extracto del libro

Así quedó el auto de Somoza. Murieron además su asesor financiero, Joseph Baittiner, y su chofer, Cesar Gallardo. (AP Photo)
Así quedó el auto de Somoza. Murieron además su asesor financiero, Joseph Baittiner, y su chofer, Cesar Gallardo. (AP Photo)

La reconstrucción de la trama detrás del asesinato de Anastasio Somoza, ocurrido el 17 de septiembre de 1980 en Asunción, está basada generalmente en el relato que hizo Enrique Gorriarán Merlo a través de libros, como sus memorias o las conversaciones que mantuvo con Samuel Blixen. El que fuera uno de los líderes del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) también se refirió a la cuestión durante una recordada entrevista con Telefe, en 1995, cuando seguía prófugo de la justicia argentina.

Tras dejar la Argentina en plena dictadura militar, Gorriarrán y otros guerrilleros del ERP se fueron a Nicaragua, donde combatieron junto a los sandinistas en la revolución que hizo caer a Somoza. Según el relato de Gorriarán, Somoza, desde su exilio en Paraguay, estaba digitando una contrarrevolución, por lo que decidieron atentar contra su vida.

La entrevista de Gorriarán Merlo con Telefe, donde narra el atentado contra Somoza

De esta manera, y con Somoza como objetivo en el marco de la llamada “Operación Reptil”, Gorriarán habría ingresado en territorio guaraní junto a otros argentinos , entre ellos Hugo Alfredo Irurzún, alias Capitán Santiago, otro viejo combatiente del ERP que ahora también peleaba con los sandinistas.

Pero ese relato instalado por el guerrillero fallecido en 2006 busca ser desarmado por el libro “La última muerte de Anastasio Somoza” (Atlantida), escrito por el periodista argentino Julián Mandriotti, quien justamente fue el último en entrevistar en Paraguay a Somoza, pocos días antes de su muerte.

La portada del libro de Julián Mandriotti
La portada del libro de Julián Mandriotti

Con un relato atrapante, al ritmo del guión de una película, Mandriotti entrelaza la cuestión política, con el juego de los servicios de inteligencia y la vida íntima de los personajes. En ese trama, se suceden amoríos secretos que terminarán siendo fatales, agentes que juegan para varios lados y poderosos empresarios con vínculos cercanos al por entonces mandatario paraguayo, Alfredo Stroessner, quien gobernó su país con puño de hierro durante 35 largos años.

Según Mandriotti, no fueron los guerrilleros argentinos los que ultimaron al “Tacho” Somoza, sino un comando encabezado por un agente chileno, Rafael Alejando Mella Latorre, perteneciente a la temible DINA, la policía secreta del régimen de Augusto Pinochet.

En diálogo con Infobae, Mandriotti contó que se abocó durante casi cinco años a reconstruir lo ocurrido, con viajes a Paraguay, Uruguay y Chile, donde, entre otras cosas, pudo acceder a archivos. Necesitó casi otros tres años para plasmar en el libro todo lo recogido.

A continuación, un breve diálogo con el autor:

-¿Qué lo lleva a escribir este libro?

- La idea arranca cuando veo que había sectores vinculados al ERP que se adjudicaban el atentado en Asunción y yo estando allí tuve vinculaciones con los llamados pyragüés , que son los agentes confidenciales de la policía paraguaya, cuyas informaciones me llevaron para otro lado. Así recibí datos sobre la llegada un avión sin identificar y que un coronel del ejército paraguayo había ido a la torre de control con expresas instrucciones del presidente Stroessner para que lo dejen bajar sin pedirle identificación, y hasta obtuve el nombre del coronel. Ese avión aterrizó en Asunción y horas más tarde partió sin necesidad de identificarse y ese hecho terminó siendo clave en la muerte de Somoza. Allí estaban los ejecutores de Somoza.

-¿Cuánto tiempo le demandó la elaboración del libro?

-La investigación me llevó casi cinco años y puedo decir que en el libro hay 20 por ciento de ficción y 80 de veracidad histórica. Y sumando el periodo de escritura del libro son casi ocho años de trabajo. Estuve en Chile, Uruguay, también varias veces en Paraguay..

-¿Qué datos le parecen puntos flojos del relato de Gorriarán Merlo?

-Entre otras cosas, Gorriarán dice que para hacer el seguimiento a Somoza alquiló una casa a nombre de Julio Iglesias a un empresario paraguayo que vivía en Chile, le dice a la mujer que ofrecía la casa que eran artistas argentinos y preparaban un show de Julio Iglesias. Algo difícil de que no se corra la voz por todo Asunción, en dos días eso iba a llegar a seguramente a oídos de Stroessner. Otra cuestión es que cuando Gorriarán cae preso en Buenos Aires, Paraguay nunca pide la extradición. Gorriarán contó varias veces que él mató a Somoza, ¿y nadie reclama nada?

Otro dato llamativo son las características de Hugo Irurzún (el capitán Santiago), que no podía pasar desapercibido, medía más de un metro noventa, usaba barba. Paraguay estaba plagado de pyragüés...el mozo, el cura, el taxista, el lustrabotas, todos formaban parte de esa red de agentes. Las características de Irurzún no podía pasar desapercibidas para una ciudad como Asunción, plagada de esos agentes.

Anastasio Somoza, cuando ejercía la presidencia en Nicaragua. La foto es de 1963 (AP Photo/Jim Bourdier)
Anastasio Somoza, cuando ejercía la presidencia en Nicaragua. La foto es de 1963 (AP Photo/Jim Bourdier)

A continuación un extracto del libro. Se trata del capítulo en el que Mandriotti reconstruye la caída en Asunción de Hugo Alfredo Irurzún, producida pocas horas después del atentado a Somoza.

19.10 p.m.

Habían transcurrido aproximadamente treinta y tres horas desde el atentado del día anterior y en la casa de la calle 18 de Julio no se había podido observar ningún movimiento que indicara que alguien la estuviera habitando.

Las persianas bajas, la lámpara del porche de entrada que no había sido encendida durante la noche y el silencio y la quietud que rodeaban a la vivienda eran los indicadores más demostrativos de que había sido abandonada y que el matrimonio extranjero que vivía en ella se había marchado repentinamente.

Y a pesar de todo, el Mbareté, el pyragüé a quien se le había ordenado la vigilancia de la residencia, no se había desanimado y seguía firme en su puesto de guardia, porque su intuición de agente confidencial de la policía le decía que “el hombre alto, de casi dos metros de altura” y su mujer aún permanecían en el interior de la morada.

“Miralos a estos dos hijos de puta. ¡Y mi mujer que decía: ‘que linda es la uruguaya’!, se dijo, sin sacar la vista de la fachada de la casa desde su lugar de centinela, ubicado cómodamente en la puerta de su propio domicilio, a escasos cincueta metros de la casa que le habían ordenado vigilar.

Sin ninguna duda, el Mbareté había nacido para esta profesión, porque su instinto no había fallado: dentro de la casa vigilada, el capitán Santiago y su compañera Teresa eran prisioneros de sus propias indecisiones.

-Esta noche vamos a intentar irnos de aquí- desafió Santiago. Luego tomó un plano de la ciudad de Asunción, lo desplegó sobre la mesa y con un bolígrafo comenzó a trazar una línea que arrancaba en su casa y terminaba en la zona del puerto de Itá-Enramada, distante a unos tres kilómetros, aproximadamente-. Cuando lleugemos a este lugar -continuó, haciendo una cruz en el punto de referencia sin levantar la mirada del mapa-, vamos a tomar la balsa que cruza el río Paraguay, y en unos veinte minutos podremos estar en la Argentina.

-¿Estás seguro de que nosotros podemos entrar en la Argentina así porque sí?- se preocupó la compañera Teresa-. Nuestras caras deben de estar en todos los puestos de controles del país- aseguró.

-Si son como las que publicó el diario, podemos estar tranquilos-dijo el hombre, tratando de mostrarse seguro de sí mismo y, de esta manera, mitigar su estado de incertidumbre-. Para que veas que va a ser más fácil de lo que pensás, ahora voy a ir a comprar cualquier cosa al almacén de la vuelta y vas a ver cómo no pasa absolutamente nada.

-Te estás arriesgando demasiado- aseveró Teresa

-Es una muy buen prueba. Pero, por las dudas, voy a ir con mi compañera que siempre me trajo suerte- dijo el guerrillero y colocó su Browning Hi Power 9 mm entre su cinturón y la cintura y la cubrió con una campera.

Envalentonado y más decidido, Santiago subió el cierre metálico de su vestimenta, le dio une beso en la mejilla a su compañera y se lanzó hacia la salida.

Apenas asomó su cuerpo, los ojos del Mbareté no se despegaron de él.

Una vez en la vereda, avanzó a paso lento en dirección a la calle Ingavi y luego dobló a la derecha y entró en la despensa San Antonio con la misma naturalidad que lo había hecho en otras oportunidades.

-¿Cómo está, doña?- saludó al entrar, con la confianza con que siempre la había tratado.

-¡Cómo está usted! ¡Tanto tiempo! - retribuyó la mujer-. ¿Su esposa está bien? Hace mucho que no viene por aquí.

-Sí, gracias. Se quiso quedar en casa porque estamos preparando un viaje al Uruguay que no estaba previsto.

-¿Cuándo? - se interesó la vendedora.

-Mañana o pasado. Porque tenemos algunos familiares que no están bien y vamos a ir a verlos- aclaró el hombre.

-Hacen bien - adhirió la mujer-. ¿Qué va a llevar ahora?

El capitán Santiago comenzó a sentirse más seguro debido a que su plan estaba saliendo a la perfección, porque, a pesar de tener sobre el mostrador una cantidad de diarios para su venta, la almacenera no habría podido asociar nunca la cara del hombre que estaba ahora frente a ella con aquel cuya fotografía estaba estampada en la portada del periódico.

Santiago comenzó a seleccionar algunos productos de uso cotidiano y los fue colocando sobre el mostrador. Bajó desde uno de los estantes un paquete de yerba mate, luego otro conteniendo azúcar y otro con arroz. Después se acercó a la vendedora y pidió una botella de gaseosa, otra de agua mineral y “algo de pan, no mucho porque mañana a lo mejor ya no estamos y no me gusta que el pan se tire”, señaló.

Luego abonó alrededor de trescientos guaraníes y con los alimentos cargados como si fuera un servicial jefe de familia salió a la calle Ingavi y dobló por 18 de Julio en dirección a su casa. Cuando llegó, dio un puntapié a la puerta y desde adentro le abrieron inmediatamente.

-¿Fue todo bien?- fue lo primero que preguntó Mercedes apenas entró.

-No- dijo categóricamente Santiago-. Me olvidé los cigarrillos Unión Club- y sonrió.

Mientras tanto, a escasos veinte metros del lugar, un hombre ingresaba en su casa y tomaba decididamente el teléfono. Marcó apresuradamente cinco dígitos y al instante del otro lado descolgaron el auricular.

-Soy el Mbareté- se anunció-. Quiero hablar con el comisario Argüello.

Mandriotti entrevistó a Somoza días antes del atentado
Mandriotti entrevistó a Somoza días antes del atentado

19.30 p.m.

Tal vez el clima de nerviosismo que flotaba en el aire, el timbrazo del teléfono privado de Domínguez Diz resonó con más ruido que otras veces y antes de que diera el segundo campanillazo, el hombre descolgó el aparato presurosamente y esperó que le hablaran.

-Señor, Argüello le habla- dijo la voz tajante del policía.

-Lo estoy escuchando- respondió.

-Voy a estar con mi gente a las 20.30 en la esquina de Ingavi y 18 de Julio. ¿Conoce el lugar?

-No, pero no se preocupe- replicó Domínguez Diz-. A las 8 y 30 lo espero en esa esquina -y los dos, casi simultáneamente, cortaron.

19.45 p.m.

El automóvil negro sin chapa identificatoria se abrió paso lentamente entre los más de doscientos periodistas que, desde el mediodía, no habían abandonado la guardia en la puerta de avenida General Genes y se detuvo en la pequeña rampa empedrada de acceso a la residencia. Dio dos bocinazos cortos y un tercero, un poco más largo y más sonoro; como si se tratara de una contraseña, un agente de seguridad se acercó, hizo la venia y, de inmediato, abrió el amplio portón de madera barnizada.

Apenas entró, estacionó donde había varios autos y cuando se abrió la puerta trasera, el ministro Sabino Montanaro descendió y se introdujo en el interior de la casa. Directamente se encaminó hacia la sala que había sido destinada para el velatorio del general Anastasio Somoza y, cuando Dinorah Sampson advirtió la presencia de uno de los hombres con más poder en el Paraguay, se apartó de la gente que la rodeaba, se acercó a él y lo estrechó en un abrazo.

-¿Se sabe algo, don Sabino?- preguntó la mujer separándose.

-Sí, señora. Hoy vamos a tener alguna novedad sobre los terroristas -informó el ministro-. Tengo a la policía preparada para detener a estos asesinos.

-¿Son los que salieron en el periódico de esta mañana?- indagó la viuda de Somoza.

-Así es, señora, y quédese tranquila porque el crimen de su marido no va a quedar impune- aseguró Montanaro con un tono firme que convenció a la mujer y, tras permanecer por algunos minutos al lado de ella, se apartó y se integró a uno de los grupos de personas ubicados en el parque, mientras Dinorah Sampson volvía con las que estaban acompañando y que había dejado junto al ataúd del general.

-¿Alguna novedad?- le preguntó una de las acompañantes.

-Sí- respondió Dinorah con un dejo de consuelo-. Parece que la policía tiene acorraladas a las dos personas que salieron en el periódico de hoy.

-¡Alabado sea el Señor!- exclamó la mujer que, de inmediato, se prosternó y se hizo la señal de la cruz como demostración de su alegría-. Acá en el Paraguay es muy difícil que alguien se pueda escapar- agregó.

También Dinorah Sampson se alegró y consideró que el tema de los argentinos sospechados de ser los autores del atentado sería una buena noticia periodística para Julián Armand y ordenó que lo buscaran porque ella necesitaba hablar con él reservadamente.

Cuando uno de los empleados del servicio de la residencia localizó al periodista en el salón contiguo a la sala velatoria, en medio de una reunión informal con otros asistentes, le hizo una seña y éste se acercó interesado, porque había reconocido a la persona como un de las más cercanas a la viuda del ex presidente asesinado. El empleado se aproximó, le habló al oído y el periodista, luego de subir y bajar la cabeza varias veces, se encolumnó detrás del ordenanza hasta que llegaron a la sala vecina, donde Dinorah, al verlo, se separó del grupo, lo tomó del brazo y ambos salieron al parque.

-Tengo algo muy importante que comentarle- dijo la viuda.

Julián Armand permaneció mudo y acercó su oreja a la altura de la boca de la mujer, como el sacerdote antes de confesar.

-¿Vio el periódico de la mañana? - preguntó Dinorah.

El periodista lanzó un sonido gutural que significó una afirmación.

-La policía tiene cercados a los dos que aparecieron en la portada y hoy van a hacer un operativo para detenerlos.

-¿Quién se lo dijo? - se interesó Armand.

-El ministro Montanaro- respondió la viuda-. Y yo pensé que podía ser de interés para su revista, pues esto no lo sabe nadie.

-Se lo agradezco muchísimo, Dinorah, es una buena información la suya.

-No le diga a nadie que yo se lo dije, por favor- dijo con tono cómplice.

-No se preocupe, ahora permítame que me retire sin que nadie se dé cuenta de mi partida. En cuanto a Tito, el fotógrafo, yo mismo me encargaré de decirle que se quede, porque voy a ir hasta un lugar donde necesito estar solo.

-Tenga cuidado, Armand- y tomó con las suyas las manos del periodista-. No me gustaría que le pasara algo.

-Siempre le voy a estar agradecido por todo cuanto ha hecho por mí, Dinorah.

Los dos se miraron.

Desde lo más profundo de los ojos de la mujer salían haces centelleantes cargados de deseos de que todo fuese eterno, acompañados, con la misma intensidad, de temores a enfrentar la soledad.

En cambio, la mirada irrespetuosa de Julián Armand le llegó a la mujer cargada de otra clase de deseos y de temores que ella sintió con toda su plenitud.

-No tiene nada que agradecerme, Julián- replicó la mujer en voz baja, después de un breve silencio que encerraba más palabras que cualquier declaración.

El periodista la tomó de los brazos, la acercó, y cuando su boca estuvo a la altura de la boca de la mujer, ésta giró la cabeza y los labios del hombre se incrustaron en la piel húmeda de la mejilla.

-Adiós y que tenga muchísima suerte- se despidió Dinorah, con un tono de voz más cercano a un “hasta luego” que a un “hasta siempre”.

-Gracias y lo mismo deseo para usted.

El hombre bajó sus manos, dio media vuelta y se marchó.

Detrás suyo quedaba, para siempre, una de las mujeres más importantes que habían pasado por su vida.

El guardia que estaba de centinela abrió el portón de salida y el periodista se mezcló con el maremagnum de colegas que se agolpaban frente a la puerta de la residencia.

Clavó la mirada hacia adelante y sintió el calor de los reflectores de los canales de televisión que, a medida que avanzaba, iban encendiéndose a su paso, mientras escuchaba vagamente cómo los reporteros hacían referencia a su persona con algunos exabruptos a los cuales no dio demasiada importancia.

Cuando había sorteado la mitad de la maraña de los cables de las cámaras de TV, una voz extranjera y chillona le hizo girar la cabeza.

-¡Eh, argentino!- gritaron a su lado.

Julián Armand se volvió hacia donde provenía el grito y la luz incandescente de unos de los equipos de TV lo encandiló sin permitirle divisar quién podía saludarlo de esa manera tan afectiva. Se detuvo, fijó la vista y, en la silueta que formaba el cuerpo por la luz que rebotaba en su espalda, alcanzó a distinguir una figura en penumbras que rápidamente lo transportó a otros lugares y a otros momentos y no pudo contener su algarabía.

-¡Mathisson!- exclamó y los dos se buscaron y se estrecharon en un abrazo.

-¡Tú eres Julián, el que conocí en Managua!- replicó el norteamericano-. ¡He visto tu nota con el Tacho y me dio mucha alegría!

El fotógrafo de la agencia norteamericana Associated Press que Armand había conocido en Nicaragua había sido enviado al Paraguay y él era uno más, juntamente con otros argentinos, norteamericanos, brasileños, mexicanos, italianos, franceses, españoles, alemanes y hasta japoneses en medio del desorden que todos los periodistas habían generado en la vereda de la residencia de la avenida General Genes al 400.

El argentino y el norteamericano se apartaron del resto y comenzaron a caminar hacia el sector más despoblado de la calle.

-¿Por qué saliste de la casa cuando todo el mundo quiere entrar?- señaló el fotógrafo.

Julián Armand se mantuvo en silencio y dudó en confiarle al norteamericano lo que la viuda le había confesado, pero cuando recordó lo que Mathisson había hecho por él en Managua, se decidió.

-Acompañame sin decir nada a nadie, porque la policía tiene cercados a los sospechados de haber asesinado a Somoza- se sinceró Armand.

-No me trago el sapo de que sean los sandinistas, como dice el gobierno de este país- juzgó el fotógrafo con la sapiencia que le daba haber andada por toda América latina.

Hugo Irurzún, el Capitán Santiago. Murió en Asunción pocas horas después del atentado contra Somoza
Hugo Irurzún, el Capitán Santiago. Murió en Asunción pocas horas después del atentado contra Somoza

20.35 p.m.

Sincronizadamente dos automóviles Ford Falcon negros no identificables, como se los conocía en la jerga policial, se detuvieron, uno, en la esquina de las calles 18 de Julio y El Carmen, y el otro, en la esquina de 18 de Julio e Ingavi, bloqueando las dos posibles salidas de la primera arteria y sólo allí a los dos autos les colocaron las luces giratorias sobre el techo.

Casi al mismo tiempo, un Mercedes Benz de dos puertas y de color plateado se estacionó sobre Ingavi, a cincuenta metros de 18 de Julio y su único ocupante descendió y comenzó a acercarse al Ford que estaba parado y taponaba la bocacalle.

Cuando llegó preguntó por el comisario Argüello y de inmediato se abrió una de las puertas traseras.

-Aquí estoy- respondió el hombre que había descendido llevando un hato con ropa en su mano.

-Usted me citó acá- dijo el que se había acercado sin identificarse.

-Tome esto y vístase adentro- indicó el comisario entregando el paquete.

-Falta el arma.

-¿El arma? No va a ser necesaria- aseguró el policía.

-Sí, va a ser necesaria- dijo rotundamente y lo miró fijo a los ojos-. Usted no sabe cómo son estos asesinos.

El comisario Argüello quiso mantener la mirada y sucumbió ante la intensidad de la que le venía del hombre.

Se volvió hacia el auto y habló en voz baja con uno de los ocupantes. Luego, giró y enfrentó nuevamente al que le había exigido estar en el operativo.

-El cabo le va a dar la de él.

-Está bien- aceptó y se introdujo dentro del vehículo.

Desató el bulto y sacó el uniforme de combate denominado “Fulgore” que había sido una creación del ejército italiano durante la Segunda Guerra Mundial, que luego los norteamericanos utilizarían en Vietnam y que, con el tiempo, adoptarían las fuerzas armadas de casi todos los países del mundo. La vestimenta consistía en un pantalón abuchonado y en una casaca de color marrón terroso con estampados que simulaban hojas de árboles de colores ocres amarillentos y servían para mimetizarse con las tonalidades del terreno.

El hombre se vistió, salió del automóvil empuñando una ametralladora Fal y se colocó a la cabeza del grupo de cuatro policías que se lanzaron hacia la casa de los dos argentinos, sobre la calle 18 de Julio, mientras que los cuatro integrantes del otro pelotón, en la bocacalle de El Carmen y 18 de Julio, se ordenaron en una formación horizontal, abarcando toda la esquina de un extremo a otro.

20.42 p.m.

-Voy a volver a salir para comprar cigarrillos- le dijo Santiago a su compañera en un nuevo desafío para comprobar si la gente seguía sin asociarlo al hombre acusado del asesinato del general Somoza cuya fotografía había aparecido en los periódicos.

-¿Por qué esas ganas de arriesgarte tanto?- se lamentó Mercedes.

-Quiero estar plenamente seguro y te prometo que va a ser la última, porque después nos vamos para Itá-Enramada a ver si podemos tomar la balsa de las nueve y media. Y ahora voy a salir sin mi compañera para que veas que todo está muy tranquilo. -Santiago sacó su Browning de la cintura y la apoyó sobre la mesa del living.

En seguida se acomodó el cinturón y se encaminó hacia la puerta principal que daba al jardín.

La muerte de Somoza reflejada en el diario ABC
La muerte de Somoza reflejada en el diario ABC

20.45 p.m.

Julián Armand divisó, desde el taxi en el que venía por la calle Ignavi, el automóvil Ford Falcón estacionado en la bocacalle y le dio un codazo a su amigo norteamericano, alertándolo sobre la presencia policial. Sin perder tiempo, le ordenó al conductor que se detuviera y los dos, aún con el auto en movimiento, descendieron rápidamente y echaron a correr, como si estuvieran participando de una carrera de competencia, en dirección al vehículo de la policía.

En tanto, el sonido espaciado pero rítmico del taconeo de unos borceguíes contra el asfalto, como si se tratara de un desfile militar, comenzó a escucharse con mayor resonancia a medida que se acercaban a la esquina.

Henry Mathisson, con todas sus fuerzas, tomó del brazo al argentino y lo inmovilizó.

-Llegamos tarde- sentenció el norteamericano señalando la formación policial que se desplazaba por el centro de la calzada hacia la casa donde seguramente se encontraban el capitán Santiago y la mujer que le había enseñado qu existía otra manera de vivir.

-¡Soltame! ¡Te pido por favor que me sueltes!- gritó de viva voz el argentino tratando de desembarazarse de Mathisson, quien ahora lo había arrinconado contra una pared-. ¡Dejame! Porque no quiero que le pase nada a ella -y siguió forcejeando en su intento de doblegar la férrea resistencia del norteamericano.

20.46 p.m.

Santiago llegó a la puerta y se dio vuelta. La miró a Mercedes, le hizo un guiño y ella sonrió con desgano, pues quería demostrarle que no estaba de acuerdo con esta nueva excursión; él le devolvió una mueca de fastidio. Luego enfrentó la salida, enfiló hacia el parque y prefirió desembocar en la vereda por el sector destinado al garaje.

Cuando divisó en las sombras de la noche a las cinco figuras uniformadas que venían caminando en dirección a él, vaciló en continuar y se detuvo.

Sintió un temblor que lo sacudió de adentro hacia afuera y de afuera hacia adentro, como si una fuerza invisible e incontrolable lo estuviera zarandeando.

Quiso darse vuelta y ni siquiera pudo arrastrar sus pies, pues parecían estar atornillados en la tierra, mientras continuaba con el repentino temblequeo que cada vez era más virulento.

Quiso gritar y sólo pudo emitir un sonido seco y ahogado.

Y cuando el pelotón se hallaba a escasos diez metros de distancia, clavó su vista como pudo en cada uno de los cincos hombres y sus ojos chocaron con otros ojos, los que alguna vez habían estado frente a él, pero que ahora tenían una mirada que lanzaba destellos de odio y de alevosía que lo aterrorizaron, como nunca le había ocurrido antes y como nunca más le ocurriría.

El hombre que encerraba a la muerte en su mirar levantó el arma, apuntó y disparó.

Y esta vez el capitán Santiago pudo gritar, porque de su garganta salió un alarido de dolor interminable.

Esta vez, sus pies parecieron desatornillarse de la tierra y se aflojaron.

Esta vez, el temblequeo cesó repentinamente.

Y se derrumbó.

El capitán Santiago, el hombre que había vivido para morir de una muerte digna en las luchas revolucionarias, yacía en un barrial de sangre y tierra y nunca pudo escuchar el clamor lastimero y desconsolado de Mercedes, cuando ésta abrió la puerta y vio el cuerpo exánime tendido sobre la hierba como jamás hubiera querido verlo.

Fuera de sí, se abalanzó sobre el muerto y lo estrechó contra su cuerpo con todas sus fuerzas, mientras que con una de sus manos lo tomó del cabello y, en medio de los gritos y el llanto que no podía contener, comenzó a zamarrearlo para saber cuánto de verdad había en lo que estaba viviendo.

Sus ojos, que apenas podían mirar porque estaban bloqueados por el llanto, se apartaron del cadáver, comenzaron a escudriñar con espíritu de venganza a cada uno de los integrantes del pelotón policial y se detuvieron en el rostro con mirada feroz y sanguinaria del hombre que había hecho el disparo mortal.

Sacó de la parte trasera de su pantalón la Browning que Santiago había dejado sobre la mesa del living y de la que se adueñara antes de salir, cuando un nuevo estampido la sacudió y el segundo balazo del Fal dio de lleno en la zona del corazón. Mercedes cayó entonces sobre el cuerpo del hombre que había estado junto a ella en los momentos más turbulentos de su vida.

-¡Asesinos, hijos de puta!- gritó Armand y, desprendiéndose de las garras del norteamericano, echó a correr hacia la casa seguido a la carrera por el fotógrafo.

Cuando arribó se estrelló contra el cordón que los policías habían dispuesto en torno de los cadáveres y entonces, en un nuevo intento por acercarse, arremetió contra el cerco y logró atravesarlo para luego arrojarse sobre el cuerpo de Mercedes.

El hombre del FAL levantó el arma y, por tercera vez, apuntó.

-¡Somos periodistas norteamericanos! ¡Somos periodistas norteamericanos!- alertó a los gritos Henry Mathisson, interponiéndose entre el argentino y el hombre que, sin piedad, había sembrado la muerte dos veces en los últimos minutos y se estaba preparando para la siguiente.

El fotógrafo norteamericano se agachó y, cuando estuvo frente a la cara de la mujer, su mente lo transportó a la noche del Black Jack, en Managua, e instantáneamente, comprendió muchas cosas del argentino. A toda velocidad, sus manos se aferraron al cuello de su colega para obligarlo a levantarse. Luego, entre forcejeos, lo apartó esforzadamente del cerco policial y lo fue arrastrando hasta que pudieron salir, y, una vez que habían conseguido alejarse, lo tomó del hombre y los dos se encaminaron hacia la esquina, mientras los vecinos de las casas aledañas comenzaban a acercarse a la residencia del matrimonio uruguayo, que yacía sobre la hierba del jardín descuidado.

-¿Ésa es la chica que estuvo contigo en el Black Jack, en Managua?- preguntó Mathisson.

Julián Armand asintió en silencio.

-¿Era sandinista?

El argentino volvió a responder con el mismo gesto.

-¿Tú también?

-No- respondió-. Pero por ella me sentí un sandinista más. Y por vos también, porque fuiste muy solidario conmigo. Te debo dos, yankee: una, de Managua, y la otra, de ahora.

-Entre periodistas lo único que podemos debernos es un trago, amigo -replicó Mathisson-. Y no me los vas a pagar ahora, sino en nuestro próximo tercer encuentro.

-¿Vamos a volver a vernos? - preguntó el argentino.

-Por supuesto. Siempre habrá otro Somoza y, por lo tanto, siempre habrá otro sandinismo. Y allí estaremos nosotros, old man.

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