Argentina

Kempes habla de Messi, Maradona, los campeones del 78 y el Mundial de Rusia

“Miré hacia las tribunas colmadas: los papelitos y las serpentinas llovían, la gente cantaba, las banderas se agitaban. Todo era alegría, ilusión, aliento. Nos formamos para las entonaciones de las canciones patrias. El himno me transmitió, siempre, dos sensaciones muy fuertes: una, inducida por el mismo hecho de cantar las estrofas nacionales, que te llenan el pecho de emoción; otra, la de dar paso al momento de la verdad, como un interruptor. El partido no empieza en la concentración, ni en el vestuario, cuando te ponés las vendas, ni cuando hacés el calentamiento: comienza cuando termina el himno y te sacás la camperita. En ese momento, aunque el árbitro todavía no haya hecho sonar su silbato, ya no hay marcha atrás, ni dolores de panza, ni de cabeza, ni el sobresalto que te ataca cuando atravesás el túnel oscuro hacia el campo iluminado por el sol o los focos artificiales. Acaba el himno y los músculos hierven y ya estás jugando, aunque la pelota, todavía, no haya comenzado a girar”.

La descripción es de puño y letra de Mario Alberto Kempes (Bell Ville, Córdoba, 15 de julio de 1954). Se lee en el El Matador (Planeta), autobiografía publicada a fines del año pasado. Describe esa mezcla de inquietud, nervios, emociones, temor y ansiedad con la que salió al verde césped del Monumental el 2 de junio de 1978. La noche del debut, frente a Hungría. La noche fría, gélida, en la que, a los 10 minutos, un tal Karoly Csapo dejó aún más helado, enmudecido, al estadio de River Plate. La noche en la que, cinco minutos después, Leopoldo Jacinto Luque les devolvió las almas a los 25 millones de argentinos que jugaban el Mundial, tras convertir en grito de desahogo un zurdazo de Kempes que el arquero magyar, Sandor Gujdar, no pudo retener. La noche en la que, ya con el alivio del empate, Ricardo Daniel Bertoni ungió el óleo sagrado con el que se bendijo ese auspicioso bautismo.

El partido con los húngaros fue el peldaño inicial de los 7 que El equipo de Todos subió en esa escalera al cielo que significó la primera Copa del Mundo pintada de celeste y blanco. Gesta de la que se cumplirán 40 años en estos días, en los que la flama de la pasión mundialista se enciende una vez más, a lo largo y a lo ancho del país. “La hora más gloriosa del fútbol argentino”, tituló la revista El Gráfico, biblia del periodismo deportivo. “Recuerdo ese Mundial como algo muy lindo. Nunca se me va a olvidar. Nos costó una barbaridad tranquilizarnos. Sabíamos que teníamos a 25 millones de argentinos esperando que marcáramos un gol para disfrutar. Pero eso no era presión alguna. Al contrario: era una satisfacción poder vestir la camiseta y sentirte apoyado por esta gente”, evoca Kempes, protagonista estelar de ese paréntesis de alegría en un país ensombrecido.

El Matador –apodo que el locutor José María Muñoz prometió ponerle durante un diálogo breve en un pasillo del Monumental- habla desde Bristol, Connecticut. Está radicado desde hace más de una década ahí, donde se siente cómodo con el american way of life, según reconoció –con esas mismas palabras- en su libro. Su voz es única, inconfundible. Una mezcla de cordobés campechano con sentencias y modismos españoles, de conceptos simples y precisos, que se popularizó gracias a su trabajo como comentarista en ESPN una vez que concluyó su carrera como DT trotamundos (dirigió en Indonesia, Albania, Venezuela, Bolivia, Costa Rica, Italia y España). Y, también, por la amplificación que significó habérsela prestado a la versión latinoamericana del FIFA, uno de los videojuegos de fútbol más vendidos del planeta.

Kempes habla y las imágenes desfilan. Los dos goles a Polonia, en Rosario, con los que exorcizó la sequía de la fase inicial. La volada –al mejor estilo del Pato Fillol- para meter el manotazo y defender el cero, sobre la línea. El doblete ante Perú. Y, por supuesto, la faena de la final. La barrida, como zaguero, para anticipar a Arie Haan y marcar el primero. La suela en alto para arrastrar a cuanta camiseta naranja se interpusiera entre su zurda y la red, en el segundo. La pared con Bertoni, para que el exdelantero de Independiente definiera el 3-1 consagratorio.

Si, en México ‘86, Diego Maradona fue un “barrilete cósmico” (copyright de Víctor Hugo Morales), 8 años antes Kempes resultó un meteorito: potente, rápido… letal. “Parecía un acorazado, abriéndose paso entre las olas”, describió su potencia el periodista británico Brian Glanville. “Jugador inmenso con destino heroico”, escribió Héctor Vega Onesime, director de El Gráfico, que calificó con un inapelable 10 su performance en la final. “Sencillamente, UN FENÓMENO”, resaltó Julio César Pasquato, Juvenal, pluma de la revista. “Las hizo todas. Luchó, jugó, llevó, empujó, metió, tranquilizó, impresionó a los contrarios (…) y, como si eso fuera poco, GANÓ EL PARTIDO”, remarcó así, en mayúsculas, la labor de esa tarde, en la cual Kempes marcó los dos goles más importantes de los cerca de 340 que anotó en más de 600 partidos como profesional, entre Instituto (1973), Rosario Central (1974-76), el Valencia de España (1976-80 y 1982-84), River Plate (1981), el Hércules de Alicante (1984-86) y sus aventuras por las canchas de Austria, Chile y Malasia (1987-1996). “No diga gol, diga Kempes”, celebraban en el Valencia.

“Jugar un Mundial es lo más lindo que hay. Acá, no nos vamos a equivocar: la Champions League es linda; la Europa League o los campeonatos de liga, también. Pero un Mundial hay que jugarlo. Disfrutarlo, si es el primero, y ganarlo si es el segundo o el tercero”, define, implacable, como en sus años de pelo largo y medias bajas. “Tuve la suerte de jugar tres. El primero (Alemania 1974) no digo que lo sufrí, pero me sirvió como experiencia. Al segundo, lo disfruté y lo ganamos. Y el tercero (España 1982), quizás, nuestra relajación hizo que, teniendo mucho mejor equipo que cuatro años antes, no lo supiéramos aprovechar”, reseña.

¿Qué esperás del Mundial de Rusia? ¿A quiénes ves como candidatos?

En los campeonatos del mundo, uno siempre espera lo mejor, con las mejores selecciones. Y un buen espectáculo. No estarán equipos importantes, como Italia u Holanda. Pero eso no quiere decir que le quitará encanto. Si me guío por lo que hicieron en las eliminatorias, está claro que Alemania y España son las selecciones a las que veo mejor. Bélgica podría ser una sorpresa. Tampoco digo que lo será al 100 por ciento: un 50/60 %. Como Croacia o Francia. Son selecciones que pueden destacar por lo que se vio en la clasificación. Pero no creo que lleguen a las finales.

¿Qué Mundial creés que tendrá (Lionel) Messi?

Ojalá tuviera la bolita mágica y supiera qué hará Messi. Pero no me preocupa qué Mundial tendrá Messi: me preocupa qué Mundial tendrá la Argentina. Ya sabemos lo que da Messi. Y lo que hace para llevar a esta selección hacia adelante. El problema es qué harán los otros para ayudarlo a él.

En tu libro reconociste que, en España ‘82, demostraron que no siempre un grupo de buenos jugadores constituye un gran equipo. ¿Es ese el mayor desafío que enfrenta (Jorge) Sampaoli?

Está claro que las individualidades pueden ser importantes. Pero no te ganarán campeonatos; te pueden ganar partidos. El equipo argentino necesita eso: un gran equipo. Gran compenetración, gran conocimiento entre ellos mismos para triunfar, para llegar allá arriba. El desafío que tiene Sampaoli es ése: armar un equipo. Un equipo que a él le convenza. Y que juegue contra Alemania o contra cualquier otra selección de menor nombre de la misma manera.

¿Debe armarlo en torno a Messi? ¿O encontrar cómo acoplarlo a su idea de juego?

Mirá: un entrenador, teniendo al mejor jugador del mundo, debe intentar, de alguna manera, rodearlo de buenos jugadores. Y de jugadores sacrificados para no sacrificar a su mejor jugador haciéndolo correr por toda la cancha: se la tienen que dar redondita para que marque la diferencia, a partir de tres cuartos. O para que encare él, habilite a un compañero o meta un pase en profundidad. Tampoco quiero decir que deberá tenerlo en una cunita de oro mientras los demás están metidos en la mina. No, ni mucho menos. Debe tener participación y hacerse ver, aportar al equipo.

¿Cómo y en dónde aprovecharías mejor a Messi?

Creo que darle instrucciones acerca de dónde tiene que jugar sería quitarle protagonismo. Lo dejaría jugar libre, buscando los espacios. Y, claro, hablando con los compañeros para que no molesten adonde esté él. El sacrificio, está claro, debe ser de todos. Incluyo a Messi. No digo que retroceda para marcar pero sí que, de vez en cuando, por lo menos ocupe un espacio para que el defensa rival no salga con comodidad.

¿Quiénes creés que podrían ser sus mejores socios en este Mundial?

Hay un entrenador, al que me parece que le están pagando muy bien, para que saque esas conclusiones. Tuvo mucho tiempo como para mirar, para ver quién puede servirle a él y a Messi. A quiénes ponerle atrás, adelante o a los costados, da lo mismo. No sería difícil encontrar aquel acompañamiento que le venga bien a Messi, pero no tiene por qué ser un amigo suyo, o un conocido, ni porque hayan jugado juntos muchas veces tiene que seguir siendo ese mismo jugador. Sampaoli debe buscar. Tuvo mucho tiempo como para ver futbolistas y encontrar lo primero que tiene que conseguir: el equipo. Y, después, con ese equipo, rodearlo a Messi de la mejor manera.

La empatía adentro de la cancha es clave. ¿Es también importante afuera? Porque suelen justificarse algunas presencias más en la “salud del grupo” que por el rendimiento o las características de juego.

A mí me importa un carajo que sean amigos afuera de la cancha. Lo que quiero es que, adentro de la cancha, tiren todos para el mismo lado. Que todos aporten al equipo. Que Messi se sienta feliz si está contento con quien juegue al lado y tenga jugadores que lo apoyen y lo entiendan. Si puede hacer goles, mucho mejor. Pero, acá, no es si le caigo bien o le caigo mal. Lo importante es que, adentro de la cancha, se entiendan. Y que todos tiren para el mismo lado.

¿Qué creés que pasa por la cabeza de Messi en la previa del Mundial?

Creo que, por la cabeza de Messi, pasan cosas maravillosas. Después, se verá reflejado en la cancha. Lo que pasa es que la presión no la tiene sólo él. Acá el problema está en que ellos, al público, no le deben nada. Realmente. Lo declaró Messi hace poco. Y es verdad. Al público, no le deben nada. Ellos juegan en la Selección y esto es fútbol: no siempre te saldrá bien. La deuda pendiente es más con ellos mismos que con la gente. Porque a la gente ya la hicieron disfrutar. En el Mundial de Brasil estuvieron como para salir campeones. Fue el mejor partido que le vi a esta selección y no se pudo. Ojalá esa sea la verdadera Argentina, con esas ganas que mostró en la final. Y que, esta vez, no se nos escape la tortuga.

Ya que citás una frase maradoniana… Jugaste con Diego y, desde tu trabajo como comentarista de fútbol europeo, viste de cerca toda la carrera de Messi. ¿En qué los ves parecidos y en qué, distintos?

Todos los comparan. Pero hay comparaciones que no se pueden hacer. Todos dicen que Diego ganó un Mundial y, por eso, fue mejor que Messi. Eso es lo claro: “fue”. Hoy, es Messi el que nos hace deleitar. Hoy, es Messi por el que disfrutamos todos. Hoy, es Messi el que, si no está en la Selección, sufrimos todos los argentinos. Siendo comentarista, pude verlo todas las semanas o entresemana. Y es un espectáculo: tiene momentos buenos y momentos muy buenos. Y, claro, cuando se equivoca, decís: “¿Qué le habrá pasado?”. Te sorprende que se equivoque. Sin temor: los dos son argentinos. Uno nos dio un Mundial. De Messi estamos esperando que nos dé otro. Pero, de cualquier manera, ha hecho las cosas tan bien como Diego. Se piensa que, porque no ganó un Mundial, no puede llegar a ser el mejor del mundo. Y, para mí, sí que lo es. Realmente es el mejor jugador del mundo. Lo ha demostrado. A nivel personal, quizás, ha ganado mucho más que Maradona. Pero no lo tienen en cuenta. Cuenta sólo el Mundial.

Pero, en cuanto a características, concretamente, ¿cuáles son sus similitudes?

La similitud en la forma de jugar es patente. Los dos zurdos… Quizás, ambos hicieron los mejores goles del mundo encarando por derecha… Uno en un Mundial; el otro ante el Getafe. Pero, así y todo, fue un golazo. De cualquier manera, estas comparaciones no existen. Son argentinos: uno ha dado un Mundial y el otro la está luchando. A nivel personal, Messi le está robando a Diego en premios. Un Mundial no significa que tenés que ser el mejor jugador del mundo. Significa, simplemente que tuviste suerte, que tuviste a un buen equipo al lado tuyo, que te ayudó.

ÁLBUM PARA EL RECUERDO. Kempes fue convocado a la “Selección fantasma” que le ganó a Bolivia, en La Paz, para las eliminatorias de Alemania ‘74. “Nosotros nos clasificamos para un Mundial alimentados con hambre, frío y escasez”, describió esa experiencia (izq.). Con la camiseta del Valencia, club español del que aún es ídolo. “No diga gol, diga Kempes”, celebraban sus hinchas (der.).

¿Con cuál de los dos te hubieras sentido más cómodo para jugar?

Eso no lo voy a contestar… Si te digo que con Messi es bastante complicado jugar, capaz que el técnico no me lleva a Rusia (se ríe).

Pero con Diego sí jugaste…

Sí, con Diego, jugamos el Mundial de España. No fue fácil ese Mundial. Nos agarró teniendo mejor equipo que el de 1978 pero no hicimos las cosas bien. Nos equivocamos, nos agarraron Italia y Brasil, y para casa. De todas maneras, no fue mucho lo que jugamos con Diego. Sí está claro que me sentí cómodo. Pero, al habernos ido mal, es complicado decir qué hubiese pasado si las cosas salían bien.

¿Con cuál de los dos creés que te hubieses llevado mejor?

La verdad, no sé. Te puedo decir, con sinceridad, que me llevaba muy bien con Luque, Bertoni, el Loco Houseman, Ardiles. Con todos, hermano. Con los que mejor me sentía era con ellos.

“Nos subimos al micro para dirigirnos a la gran definición del Mundial. Traspasamos las puertas del predio de José C. Paz y nos topamos con cientos de personas que nos aplaudían y deseaban éxitos. A lo largo de los 30 kilómetros que recorrimos hasta la cancha de River, la ruta Panamericana, las avenidas y las calles aledañas al estadio mostraron el mismo paisaje: miles de hinchas con banderas, camisetas y gorros celestes y blancos alentando, cantando frases de apoyo, gritando sus ansias por disfrutar de la vuelta olímpica. (…) Cumplido el ritual de las vendas, calzarse la ropa y los botines, salimos a la cancha. Apenas asomé la ñata por el túnel, me conmovió la lluvia de papelitos y serpentinas. Nunca había visto algo así, jamás lo volví a ver. Las tribunas eran un manto blanco que tapaba todo y se desbordaba hacia el césped. Parecía una fuerte nevada escandinava. Muy emocionante”.

El 25 de junio de 1978. Domingo de Gloria. Después de intensos 120 minutos, el fútbol argentino hizo historia. “Uno de los días más felices del mundo. Porque ver a la gente cómo disfrutaba lo que habíamos conseguido, lo que ninguna selección, todavía, había podido conseguir… Habíamos ganado en nuestro país. Era la alegría de nuestro país. Era algo grande. Uno de los días más felices que tuve en mi vida. Desde que entramos a la cancha, los papelitos… Después, el partido… ¿qué más se puede pedir?”, reflexiona Kempes.

Ocasionalmente, se oye alguna tos, que lo ahoga ligeramente. También, de tanto en tanto, la voz se le debilita, hasta ser un hilo. Facturas que, hoy, a punto de cumplir 64, la pasa un viejo ladero, que lo acompañó, incluso, durante su momento de esplendor profesional: el cigarrillo. Este año, Kempes se sometió a una operación en sus cuerdas vocales para poder cumplir con su cuarto Mundial como comentarista. Sin embargo, no fue su paso más grave por un quirófano. En octubre de 2014, casi de casualidad, cuando le hacían estudios previos a una operación de cadera, se enteró de que tenía obstruido el 80 % de sus arterias. De hecho, sus médicos le aseguraron que era probable que ya hubiera tenido algún infarto, cosa que él, afirma, nunca sintió. Lo enviaron, con urgencia, a hacerle tres bypass. Fueron 6. Desde entonces, chau, pucho. “Nunca más toqué uno (…). Vino y whisky sigo tomando, con moderación. No hay que abusar de nada”, confesó en su libro.

Transferido en 1976 al Valencia, Kempes fue el único integrante del plantel de 1978 que jugaba en el exterior. Tenía 23 años, a punto de cumplir 24, cuando se sumó a la concentración en el predio de la Fundación Salvatori, en José C. Paz. La misma edad –o menos- que muchos de quienes, de uno y otro lado, pagaban el precio de esos tiempos violentos. “Mis goles son para la Argentina y no para Videla”, le declaró a la extinta revista española Posible un mes antes del Mundial. No fueron pocos, entonces ni en los años siguientes, los que buscaron manchar la pelota con la sangre derramada en aquellos años. Sobre todo, después de la goleada 6-0 a Perú, que habilitó la llegada del equipo de César Menotti a la final y en torno a la cual se urdió una leyenda negra que persiste. “En ningún momento el fantasma estuvo alrededor nuestro. Ni la influencia política, ni nada. Nosotros no estábamos con los políticos, ni jugábamos para los políticos, ni los goles eran para los políticos”, rechaza Kempes. “Nosotros jugábamos al fútbol. Acá, la influencia política, Videla y toda la otra banda, no nos importaba nada”, enfatiza. Le disgusta hablar sobre el tema. Lo hace saber. “Si vine al país, fue para jugar al fútbol. Me fui de la Argentina jugando al fútbol. No era un exiliado. De los desaparecidos, nos enteramos después. De todo lo que había pasado en el país…”, aclara. “Hablemos de fútbol, ¿dale?”, cambia de frente.

POSTALES DEL AYER. La histórica barrida a Arie Haan, para anticiparlo y abrir el marcador en la final contra Holanda. “Debe haber sido la primera vez que me tiraba al suelo para culminar una jugada”. Kempes debutó en Instituto en 1973, con sólo 19 años. “En la vida había jugado de 9. Pero le dije al entrenador que sí y, después, ya no le podía mentir. Me quedaba parado, los muchachos me daban todas las pelotas y, así, fui goleador”.

Afirmaste que el campeonato de 1978 se ganó en la concentración de José C. Paz, “aislados, solos, hablando de fútbol”. Un entorno austero, casi espartano, similar al que vivió el plantel de 1986. ¿Le falta eso a los futbolistas de hoy? ¿Rigor? ¿Aislarse, sin distracciones, en un ambiente hostil, para consolidar al grupo y, sobre todo, hablar de fútbol?

Los tiempos cambiaron. El ‘78 y el ‘86 fueron totalmente diferentes a lo que se vive hoy. Los jugadores son más mimados. Los tienen como a emperadores. Los tratan como a reyes. En cambio, antes, jugabas por el amor propio, por la gloria, por la camiseta. Hoy también juegan por la camiseta. Pero si los metiéramos a todos estos chicos en donde estuvimos nosotros, en José C. Paz, con todos los respetos que me mereció esa concentración, no sé si duran dos días. Bueno… Me parece que exagero: ¡un día hubiesen durado!

¿Y te parece que hablan de fútbol? ¿O prefieren jugar con la Play?

Uno piensa que sí: que prefieren otros juegos a hablar de fútbol. La verdad, no lo sé. No tengo idea de si juegan a la Play o, según se dice, están todo el día con el celular. Me imagino que hablarán de fútbol, también. Pero, quizás, no tanto como antes, cuando ni siquiera teníamos televisor.

Pero no los notás dispuestos a hacer los mismos sacrificios que hacían en tu época para jugar en la Selección…

No los voy juzgar por cómo son ahora. Ojalá me hubiera tocado esta época. Los tiempos cambian. Son futbolistas que hicieron las cosas bien para estar en Europa y en los mejores equipos. Ese no es el problema. Además, jugar al fútbol no es ningún sacrificio. Ni para nosotros antes ni creo que ahora.

En el libro, fuiste muy crítico con los jugadores actuales. Por las condiciones en las que ustedes se concentraban y entrenaban. O, por ejemplo, cuando Luque volvió a jugar en el Mundial de 1978, pese a que su hermano se había muerto en un accidente el día del segundo partido, contra Francia. “Cada vez que escucho a un futbolista decir que renuncia a la Selección por las críticas de la prensa u otras pavadas, pienso en los huevos que tuvo Luque”, escribiste.

Sorprende renunciar a la Selección por las críticas. Si te critican ose acuerdan de tu mamá, se ve que no estás haciendo las cosas bien. O no te están saliendo bien. Y a la Selección, tampoco. Esa es la regla del juego. Cuando entrás en este deporte, tenés que aguantártela. Antes, cuando estaban las dos hinchadas, tenías que aguantar piedras, rayos, refucilos… De todo. Y, sin embargo, nadie se iba de la cancha. Era diferente. No es que sean más débiles, ni mucho menos. Pero, a lo mejor, les afecta más.

¿Cuán importante fue el hambre de gloria en tu carrera?

Hambre de gloria no es. Es hambre de ganar. De hacer las cosas bien. Si las hacés bien, después hay muchas posibilidades de que ganes. La gloria se consigue en equipo. Si jugás en equipo, salís campeón y hacés goles, está muy bien. Pero esa hambre de gloria se consigue en base a sacrificio y en grupo.

¿Era un equipo de líderes el de 1978?

Siempre se dijo que Passarella era el líder, el caudillo… No: Daniel era el capitán. De vez en cuando pegaba algún grito, como podía pegarlo otro, pero se cuidaba. Era un grito hasta ahí nomás: no era de prepotencia, sino de arenga.

¿Cómo se forjó la convivencia diaria del plantel?

No teníamos otra cosa que hacer: sólo pensar en el fútbol. Pensar en el partido que venía. Tratar de entender las indicaciones que nos daban para sacar adelante el partido que se venía. No se tenía ese hambre de gloria, ese querer ser el más famoso o el más importante. Todos tirábamos para el mismo lado. Éramos un grupo. Y nos fuimos fortaleciendo a medida que pasaban los partidos. Veíamos que, si bien era cierto que faltaba mucho, cada vez estábamos más cerca.

“A los 38 minutos, Ardiles superó a dos rivales, se la pasó a Luque y Leo me habilitó. Le gané el espacio a Krol, superé el cierre del volante Arie Haan y, cayendo, saqué un pelotazo que pasó por debajo de la panza del arquero Jan Jongbloed, que había salido apurado. ¡La tierra se estremeció, como si la sacudiera un terremoto! El griterío fue ensordecedor. Yo corrí a gritar mi conquista junto al banderín del córner, ansioso por zambullirme en esa ola celeste y blanca. Debe haber sido la primera vez que me tiraba al suelo para culminar una jugada de ataque, pero no habría llegado de otra manera”.

Los ojos bien abiertos, de goce pleno. La felicidad llenándole el rostro. El grito de gol explotando desde lo más profundo de su garganta. Los brazos extendidos, derechos, abanderados celestes y blancos hasta los puños, para abrazar a todo un país. La celebración del primer gol de Kempes contra Holanda es una de las fotos más icónicas de ese Mundial. “Un potro imparable, que se lució galopando, con la pelambre al viento, sobre el césped nevado de papelitos”, lo definió el uruguayo Eduardo Galeano (1940-2015), en su ya clásico Fútbol a sol y sombra (1995). “Es una imagen afín a todos los argentinos la de Mario Kempes arrancando como uno de esos autos norteamericanos propulsados a cohetes hacia el área holandesa, con los holandeses agarrándolo del cuello, del pelo, de la cintura, sin poder contenerlo”, observó Roberto Fontanarrosa (1944-2007) en No te vayas, campeón, la oda a los grandes equipos y jugadores del fútbol argentino que El Negro –fanático célebre de Rosario Central si los hubo- escribió en 2000.

“Todo lo que hice ese día fue lo que intentaba hacer en Instituto, en Central o en el Valencia. Fue el Kempes de siempre. Pero en un Mundial”, minimiza el aludido, al preguntársele si la Copa del Mundo disfrutó de una versión única, irrepetible, de ese goleador de tranco largo y mirada aguileña fija en el arco rival.

Seis goles festejó Kempes en Argentina ‘78. Media docena de gritos que le valieron los Botín (premio al goleador) y Balón de Oro (al mejor jugador) de ese torneo. Seis hitos que marcaron el camino hacia la primera de las dos estrellas doradas que hoy coronan el escudo de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA). Seis conquistas que le ganaron, con justicia, su lugar en el Panteón de la Patria Futbolera a ese zurdo alto, de melena oscura al viento, patillas, medias bajas y una venda en su rodilla derecha, talismán que usó hasta el último partido de su carrera, por indicación de un curandero valenciano al que recurrió para evitar que el bisturí frío, insensible, lo dejara afuera de ese Mundial.

Pero el campeonato no había arrancado de la mejor manera. Para la Selección ni para su 10, portador de ese número poderoso, emblemático, gracias a la magia del orden alfabético. Tras el triunfo ante Hungría, victoria 2-1 sobre Francia y derrota 0-1 contra Italia. Segunda en su grupo, la Selección perdió la localía en el Monumental y debió viajar a jugar la segunda fase en Rosario. Kempes tuvo una primera etapa con el gol negado: dos veces el poste contra Francia; un manotazo del legendario Dino Zoff, versus los italianos. “Sólo faltaba un cachito de suerte para embocarla”, rememoró sobre ese merodeo del grito esquivo. Posicionalmente, arrancó como extremo izquierdo. No anduvo. Finalizó la primera fase con un puntaje promedio de 5,67, según El Gráfico. Mereció un 6 en el debut. “Sin alcanzar el máximo nivel que le conocemos, fue siempre un toque de atención, una señal de peligro para los húngaros”, se lo observó. Mejoró en el segundo encuentro: 7. “Francia manejó el partido con más criterio que Argentina aunque le faltó la agresividad que mostraron hombres como Luque y Kempes, cuyo aporte resultó decisivo”, narra la crónica del match. Distinta fue la historia contra Italia. Sin Luque –abandonó la concentración por la muerte de su hermano-, Menotti decidió que necesitaba un centrodelantero con manejo, que se moviera hacia las puntas y abriera –arrastrando líbero y stopper- grietas en el cerrojo del Catenaccio. No funcionó. “Kempes encadenado”, describe el epígrafe de la foto del Matador rodeado de tres rivales azzurri. “El fracaso de Kempes en una posición que le es incómoda hizo más visible la importancia que tiene para el equipo argentino la presencia de Luque. También, facilitó la marcación individual de los visitantes, que supieron imponer el anticipo”, criticó Onesime. “Kempes no es 9”, destacó en su comentario de la caída 1-0 ante los italianos.

“En Instituto, fui 9 porque me pusieron de 9. En mi vida había jugado ahí y, cuando me preguntaron, dije que sí. Después, no podía mentirle al entrenador. Aparte, me quedaba siempre en el mismo sitio, los muchachos me daban todas las pelotas y fui goleador”, coincide El Matador. “En Central, jugábamos un 4-3-3. Pero me dejaban moverme por todos lados de la parte izquierda: podía bajar, tener participación con la pelota… No era un wing izquierdo-wing izquierdo. Después, en Valencia, sí: me vendieron como extremo izquierdo, jugué de 9 cuando faltaba el 9; también, fui al mediocampo…”, continúa el repaso. “Pero, donde mejor me sentí, fue en la Selección. Menotti vio que, ahí adelante, de 11, no rendía. Me cambió de posición. Y las cosas fueron mejor”.

Y vaya si lo fueron. “Rosario, Kempes y el gol”, tituló El Gráfico. “La noche de un esperado y emocionado reencuentro”, definió ese retorno triunfal al estadio de Rosario Central, su casa, donde gritó goles por decenas, renovada para el Mundial. “El Mario Kempes que estábamos necesitando. El de los brazos en alto. Ese mismo cordobés que añoramos y que no había podido mostrarse en su nivel”, celebró la revista.

DESDE ADENTRO. En 2004, empezó a comentar fútbol para la cadena ESPN. Desde entonces, su voz se popularizó en toda América latina. En Rusia, cubrirá su cuarto Mundial.

En Rosario, Kempes fue otro. Por empezar, en lo físico. Durante la primera rueda, había lucido un mostacho. “A lo Pancho Villa”, lo describe. Daniel Caballo Killer, integrante del plantel y compañero suyo en Central, le repetía que no hacía goles por culpa de ese bigote. También Menotti le sugirió que se los afeitara. “Dos horas antes de la partida hacia el estadio, agarré la crema, la maquinita y eliminé los mostachos malditos, convencido de que el rostro despejado de pelambre me generaría una mayor confianza”, escribió.

Ahí sí, de local y a rostro pelado, Kempes mostró la cara de siempre, la que le habían conocido tantas veces en esa cancha: sonriente, eufórico, ganador. “Cuando empecé a jugar en el mediocampo, ayudaba, participaba, defendía, atacaba… Estaba más en contacto con la pelota. Y eso, para mí, era buenísimo”, rememora.

“Argentina adoptó la posicional correcta, con Mario Kempes tirándose atrás, para arrancar junto a Ardiles y Valencia”, distinguió Juvenal esa noche explosiva, heroica de arco a arco, frente a los respetados polacos, terceros en Alemania ‘74 y subcampeones olímpicos en Montreal ‘76. Partido de 8 puntos para el goleador, lo calificó el cronista.

Si existe un karma en la carrera deportiva de Kempes, viste de amarillo y verde. Nunca, a nivel clubes ni selección, El Matador dejó un campo de juego victorioso tras enfrentar a un equipo brasileño. El duelo contra Brasil en el siguiente partido de la segunda fase no fue excepción. Áspero, duro, trabado, friccionado; por momentos violento, interrumpió el despegue del bombardero que ya había encendido sus motores. “No tuvo una buena noche Kempes, muy golpeado y acusando merma física pero, también, empecinado en llevarla un metro y un segundo más sin ningún provecho”, se escribió en esos días. “No tuvo claridad, ni manejo, ni capacidad para pivotear. Tampoco desequilibró ofensivamente. Fue, eso sí, el blanco preferido por sus rivales, para foulearlo reiteradamente y hacerle perder el equilibrio. Nunca pesó como enlace entre el medio juego y los atacantes”, la justificación de los 4 puntos que, para El Gráfico, mereció su performance.

Por supuesto, otro fue luego el cantar. Contra Perú, la noche del célebre 6 a 0: dos goles -el que abrió el camino y el tercero- y, otra vez, actuación de 8 puntos. Anticipo de lo que mostraría en la final, la tarde en la que el que no saltaba era un holandés. “Jugador de todo el mundo, de las dos áreas, de los cuatro rincones del campo, del equipo”, lo ensalzó El Gráfico, que le dedicó una tapa en una de las ediciones posteriores a la obtención de la copa, con el título “Kempes, el jugador del Mundial”. El Matador brilló por y para el equipo. “Soy sólo un aparte de este éxito. Este éxito es de todos. ¿Que hice goles? Para eso estoy. Pero no los conseguí solo”, declaró entonces. “Fuimos un equipo, un verdadero equipo y los que actuamos lo hicimos poniendo todo”, agregó. Opiniones que, cuatro décadas después, Kempes suscribe. Palabra a palabra: “Futbolísticamente, el equipo era bueno. Tenía mucho compañerismo, muchas ayudas entre nosotros. Era muy parejo. Nadie sobresalía del grupo. Todos atacábamos, todos defendíamos. Era eso. Si me preguntás: ‘¿Cómo definirías a ese equipo?’. Como eso: un equipo”.

¿Por qué fueron campeones?

Por el buen trabajo hecho. Por la muy buena concentración que tuvimos. Por el empeño que pusimos todos. En trabajar sin pensar en quiénes eran titulares y quiénes suplentes. No había egoísmos. No había peleas. No había rencores. Aparte, Menotti encontró al equipo que le daba garantías para pelear el campeonato, pero sin pensar que llegaríamos al 25 de junio. Con hacer bien las cosas, nos sirvió para seguir creciendo. Y tuvimos la suerte de salir campeones.

“Piqué al vacío desde la posición de 10 clásico y Daniel (Passarella) me la mandó en cortada. A pura polenta, superé a Krol, que se me había arrojado a los pies, eludí a Ernie Brandts y disparé cuando Jongbloed ya se me había lanzado encima: el balón rebotó en su pie, luego en mi rodilla derecha, en su cadera, su hombro y, tras la insólita carambola, se elevó y quedó flotando sobre el área chica. ¡A mí me pareció una eternidad, no bajaba más! Dos holandeses, Jan Poortvliet y Wim Suurbier, y yo nos lanzamos con la plancha, a lo guapo. Por suerte, yo llegué primero por una milésima de segundo y, con un taponazo, marqué el dos a uno que le daba la Copa del Mundo a la Argentina por primera vez en su historia. No fue el más lindo de los goles que haya marcado, pero sí el más emocionante. Creo que incluso la gente sopló para ayudar a que la pelota entrara… y entró. Con suspenso, pero entró. Nunca había escuchado ni volví a sentir un estruendo como el que reventó el Monumental. ¡El suelo volvió a temblar, más fuerte que antes!”

El relato de su segundo grito, en el alargue. Épico. Legendario. “La guapeada del segundo gol quedará en la historia del Mundial como una muestra de fútbol, fe, vigor y hombría para consumo de generaciones venideras”, vaticinó Juvenal. La explosión, después del empate en los 90 reglamentarios y el remate al palo -ya en tiempo de descuento- de un holandés errante, Rob Resenbrink, que demostró que Dios es argentino. “La tensión había dejado tantas secuelas en el equipo que tuve que hacer los saques de arco porque el Pato Fillol no quería, Passarella se había acalambrado y otros, directamente, no tenían resto”, recordó Kempes. “El último gol argentino nació en un saque de arco que él mismo ejecutó porque faltaban piernas en la defensa. La tiró larga, corrió a sumarse a la jugada, se la llevó, entró al área con Bertoni y, finalmente, su compañero la metió en la red”, testimonió Juvenal en El Gráfico. Grito consagratorio. Bautismo inmejorable. Para la Selección. Y para el propio Kempes: hasta entonces, no había sido campeón como futbolista profesional.

¿Cuándo se sintieron campeones?

Yo lo sentí después del 3 a 1 (se ríe). Antes, con el 2-1 incluido, y a pesar de que Holanda no era esa Holanda que te apretaba, te marcaba, que te asfixiaba, ya había disminuido y nosotros, físicamente, estábamos muy bien, con muchas ganas... Y, encima, con el 2-1 arriba, no se nos podía escapar otra vez. Ya se nos había escapado en el tiempo normal. Pero esta segunda vez ya no se nos podía escapar.

* Nacimiento: 15 de julio de 1954, en Bell Ville, Córdoba.

* Partidos jugados: 606.

* Goles: 341.

* Clubes: Instituto (1973); Rosario Central (1974-76); Valencia, de España (1976-80 y 1982-84); River Plate (1981); Hércules, de España (1984-86); First Vienna 1894, de Austria (1986-87); SKN St. Poltën, de Austria (1987-90); Kremser, de Austria (1990-92); Arturo Fernández Vial, de Chile (1995); Pelita Jaya, de Indonesia (1996).

* Títulos (clubes): Campeonato Nacional 1981 (Argentina); Copa del Rey 1978/79 (España), Recopa de Europa 1979/80 y Supercopa de Europa 1980

* Récords: Es el máximo goleador histórico de Rosario Central en Primera División (89 goles). Fue dos veces máximo goleador del fútbol argentino (1974 y 1976). Obtuvo dos veces el premio Pichichi, al máximo artillero del fútbol español (1976/77 y 1977/78).

* En la Selección: 43 partidos (1973-1982), 20 goles, 3 Mundiales (Alemania 1974, Argentina 1978 y España 1982), un título de Campeón Mundial (1978), un récord (con 6 tantos, fue el goleador del 1978: hizo dos en la final, ante Holanda, ganada por 3-1).

NOTA PUBLICADA EN LA EDICIÓN DE MAYO DE 2018 DE CLASE

Football news:

Messi has given 20 assists in La Liga. This is the best result of the tournament in 11 years
Chelsea lost by at least 3 goals in the Premier League for the first time in 11 months
Messi scored 20+20 points for the season in the League and repeated the achievement of Henri. In the XXI century, only they did it
Legia won the Polish championship for the 4th time in five years. It repeated the League record for titles (14)
Lazio has lost 3 matches in a row and can concede 2nd place in Serie A if Atalanta wins against Juve
A Parma employee has a coronavirus. The team is isolated on the base, but will continue to play in the championship
Kalidou Coulibaly: Napoli is not going to Barcelona as tourists. We are able to give battle