Un padre progre y multidisciplinario que filmaba películas y producía artistas y que trajo a la Argentina a tocar a Santana; una madre psicóloga de prestigio y vanguardista muy a gusto pasando temporadas en un campo nudista en Bahía; un hermano muerto de muy joven en un accidente de auto; un romance fugaz con Charly García; un amor de nueve años con Andrés Calamaro y, siempre, la lente. Andy Cherniavsky vio demasiado y su cámara estuvo ahí, registrando lo sublime y lo ominoso del rock and roll. Desde Luca Prodan mostrando su costado más vulnerable hasta las hordas desaforadas de The Cure en Ferro.

No reveló todo, pero reveló mucho: primero el agobio de la represión de los ’70 y la desolación adolescente; luego el banquete de los ’80, la amistad, el insomnio creativo y el vacío existencial, las drogas blandas y las duras, el rock inspirado y la hoguera de las vanidades, la poesía y los pop stars atrapados en conductas psicóticas, las groupies trepando combis y la búsqueda de la canción perfecta. Cherniavsky ya narraba, maravillosamente, en imágenes. Ahora venció el pudor y se puso a escribir su historia que es, al fin, generacional. El título del libro es elocuente: Acceso directo: Memorias de una fotógrafa del rock argentino en los años 80. También se podría haber titulado Memorias de una sobreviviente.

En la tapa aparece recostada y sostenida por los seis integrantes de Los Abuelos de la Nada, sonriente y sensual como una vedette de la década del 70 apoyada sobre bailarines de teatro de revistas. Esa sonrisa y esa sensualidad son las mismas de la mujer que hoy –cabello corto y rojo, modales serenos, confinada en su casa del deslinde de Palermo Viejo- habla de la mirada. De la posibilidad de mirar un poco más allá de lo que se ve. “En el libro traté de contar mi experiencia en el torbellino de un rock sensible, intenso y que tiene también un costado triste. Yo en principio no quería escribirlo. Tengo un perfil bajo y me daba no sé qué tanta exposición. Pero me llamaron los de la editorial, y dudé. Para que me decidiera fue definitiva la opinión de mi hija, que tiene 26 años y es psicóloga. Me dijo: ‘Hacelo ma. ¿Por qué no?’. Ella siempre me pregunta cosas de aquellos tiempos. Este libro sirve para contarle todo de un tirón. Por eso se lo dediqué. Para Liza, mi hija, mi evolución. Que lo es.”

Andy Cherniavsky se metió en el mundo del rock como por una claraboya. Hay tragedia y azares en ese ingreso. Como colegiala, en el Instituto de Enseñanza Norte de la avenida Santa Fe, conoció a Dani García Moreno, el hermano de Charly. Se pusieron de novios. Ella vivía en un departamento sobre la calle Salguero con su hermano, Ariel. “Mi vieja se había ido de San Salvador de Bahía a España, y nos mandó pasajes a mi hermano y a mí para que fuéramos para allá. Yo me quería quedar con Dani. Mi madre podría haberme obligado, pero sabía que no lo iba a hacer. Ella era permisiva, fumaba porro y consumía LSD con sus colegas o amigos. Militaba en las nuevas corrientes de la Psicología, y obligarme hubiera sido ir contra sus principios”.

Temprano descubrió que, de alguna manera, tenía que ser madre de su madre. Comprenderla. “No fue sencillo… Ya está, ya reparamos todo entre nosotras… ¡Ahora en cuarentena está viviendo conmigo! Soy una virginiana maternal, por eso también estuve y estoy atenta a lo que le pasa a mi hija. Tal vez con algunos músicos también tuve una actitud maternal. Pero volviendo a aquellos años, nada era fácil en los ‘70. Nada”.

Escribe Andy: “En 1976 todo cambió con la muerte de mi hermano. Sola me tomé un avión a Zaragoza para despedirme de Ari, y me quedé allí unas semanas con mamá. No sabíamos qué hacer ni a dónde ir. Un tiempo más tarde con ella y su marido emprendimos un viaje muy largo por Europa, como para elaborar el duelo. Finalmente ellos decidieron volver a radicarse en Brasil, pero yo no estaba invitada. Casi todos mis amigos se exiliaron, eran muchísimos los que se iban del país”.

Se animó a volver a Buenos Aires. Al poco tiempo su padre le contó que habían puesto una bomba en su oficina en el Centro de Artes y Ciencias, que era su gran creación. Y que había decidido irse a vivir a Brasil.

Te quedaste completamente sola.

-Completamente. Había empezado Psicología en la Universidad de Belgrano, y tuve que dejar para viajar al entierro de mi hermano. Seguía mi duelo, y me acababa de separar de Dani.

No hablás mucho en el libro de lo que debe haber significado lo de tu hermano.

-Fue tremendo. Tremendo. Es cierto. No sé… No quise centrarme en mis dolores más profundos.

Tema que configura una cabriola psicoanalítica –como tantos que habitan Acceso directo- el que ocupó la cama vacante de su hermano muerto en el departamento fue Charly García. Andy frecuentó a la familia durante el noviazgo con Dani. Tenía muy buen vínculo con Carmen, la madre. Un día la llamó por teléfono para pedirle si le podía hacer un lugar “a Carlitos”. “Por supuesto Carmen sabía de la habitación vacía. Charly venía de convivir con María Rosa Yorio en una pensión. Se instaló. No tenía nada: un par de teclados, una guitarra y poca ropa.

¿Cómo fue la convivencia?

- Muy buena. El era reservado, hasta tímido te diría. En esa época era muy común quedarse hasta tarde a escuchar música. Muy variado. Lo que escuchaban todos: Floyd, Yes, Genesis, Led Zeppelin y también Joni Mitchell, Carole King, Procol Harum, Premiata Forneria Marconi. María Rosa Yorio venía con amigas. Sobre todo con dos, Diana Lía y Patricia. Para mí era importante, porque podía compartir cosas de mujeres. Había mucho diálogo, poco rollo. Nos gustaba la ropa de feria americana.

Aun en medio de un clima represivo, encontraban espacios de libertad.

-Sí. El clima era una mierda, pero yo me crié en un ámbito de total libertad. Mi viejo fundó el Centro de Artes y Ciencias. Antes que lo cerraran los militares, pasaron por ahí Vinicius De Moraes, la madre del Che, Ángel Parra, Nacha Guevara, Mercedes Sosa, Daniel Viglietti, Norman Briski, Manal, Moris, Les Luthiers, León Gieco, Pappo´s Blues… Muchos más: Horacio Guarany, el Mono Villegas, Vittorio Gassman, Arco Iris, Mikis Theodorakis, el ballet Bolshói de Rusia, Miguel Abuelo, Facundo Cabral, los Quilapayún, Astor Piazzolla, Chico Buarque, Joan Báez, Billy Bond y La Pesada… Uf, había un movimiento increíble.

Impresionante tu padre.

-Daniel Cherniavsky. Lo que te decía, yo tenía 11 años y entendí con el ejemplo que no había una sola manera de vivir, sino millones. Mi viejo también dirigió películas y obras de teatro. Esa fue mi cuna. Mi mamá anda por ahí, por el Di Tella, con nueva pareja… Yo era chiquita pero absorbí todo. Podía disfrutar Mozart y Sui Generis. Digamos que entré en los ‘80 con el bagaje de los ‘60.

YO ESTUVE AHI

Empezó a sacar fotos en las plazas, como mero pasatiempo y para ganar un peso, y a los meses ya estaba incursionando profesionalmente en el arte de la fotografía. Con ayuda de su abuela políglota traducía artículos de revistas importadas como International Photography y Popular Photography. “Esas publicaciones, más un curso que tomé con un fotógrafo llamado Teófilo Dabbah, fue toda mi formación. Soy básicamente autodidacta, aprendí con el ensayo y error, experimentando, pasando horas y horas en el cuarto oscuro. Era todo analógico. Anotaba a cuánto revelaba los rollos, jugaba, hacía collages con las caras de Charly”.

¿Él seguía en tu casa?

-No, se casó con María Rosa y se fue. Y después le pasaron un montón de cosas en muy poco tiempo: se separó, conoció a Zoca, nació Miguel, se disolvió La Máquina de Hacer Pájaros, empezó a juntar dinero para hacer Serú….

El rock la arropaba como una familia adoptiva. Con su novio y socio Clota Ponieman anduvieron por Brasil y aguantaron los trapos de los primeros escarceos de Serú Girán. En Buzios y San Pablo y también aquí, en la Buenos Aires gris y hostil que no los comprendía. Andy siguió vinculada a la banda, conoció a Daniel Grinbank y, por ejemplo, eligió la foto de tapa de Peperina junto a Charly. En un momento que escaseaba el trabajo y que era, todavía, una olímpica desconocida, García la recomendó a León Gieco para que hiciera la foto de Pensar en nada. Así, deslizándose entre los capos de un rock bastante endogámico -por entonces era como un club pequeño en el que todos se conocían- un angelado día conoció a Los Abuelos de la Nada. De Miguel Abuelo se acordaba: había actuado en un concierto organizado por su padre. Fue una performance memorable por la negativa; casi un gesto de músico contemporáneo experimental. Andy Cherniavsky la cuenta deliciosamente en Acceso directo:

"El recuerdo más antiguo que tengo del Centro de Artes y Ciencias relacionado con el rock es la imagen de Miguel Abuelo sobre el escenario, sentado en el centro sobre una banqueta alta, solo, con su guitarra. Esto fue en el Auditorio Kraft; el lugar estaba lleno. Se apagaron las luces… salió Miguel, miró para todos lados, pero no tocaba. Silencio. Murmullos. Risitas. Pasó un rato, se levantó y se fue.

Yo tendría unos once años y la escena quedó fijada en mi memoria, porque comencé a ponerme muy nerviosa y lo fui a buscar a mi viejo.

—¡Papá, papá! ¡Se levantó y no tocó! —le grité desesperada.

Mi padre se encogió de hombros.

—Bueno, si no quiere tocar que no toque.— Y siguió impertérrito su marcha, sin hacerse demasiado problema."

La banda incluía a un viejo conocido de La Máquina, Gustavo Bazterrica en guitarra, y tenían, según describe Andy “a un bajista alto y flaco, Cachorro López, a Polo Corbella en la batería, y a un saxofonista muy buen mozo que respondía al nombre de Daniel Melingo. Pero lo que me quitó el aliento fue el tecladista que en aquel tiempo era casi un escolar: Andrés Calamaro”.

Los Abuelos de la Nada fue el primer grupo disruptivo masivo del rock argentino. No pasó por el under y tuvo una popularidad instantánea. Fueron proyectados por Daniel Grinbank –que pisaba fuerte con Serú Girán- y el productor del disco debut fue el propio Charly. El rock “nacional” se ponía patas para arriba con la energía reformulada de un trovador pionero de La Cueva como Miguel Abuelo y su decisión de amalgamar un huracán latino de funk, reggae y pop. No tenían la afectación dark de las nuevas bandas como Sumo y Soda Stereo, espejadas en el post punk británico. Era otra actitud, procesada por América del Sur y el Caribe. En su relato, Cherniavsky elabora de su experiencia personal afectiva una lúcida descripción de ese instante bisagra. “Me enamoré de Andrés en medio segundo. Y parece que el flechazo fue mutuo. Mi relación con Clota ya estaba flaqueando, pero no me animaba a separarme de él. Pasó mucho tiempo hasta que Andrés y yo empezáramos a salir. Los Abuelos era una banda muy poderosa, y le llevaba mucho tiempo”.

¿Qué diferencias encontrabas entre Serú Girán y Los Abuelos de la Nada?

-Eran muy distintos. En Serú había un ambiente de joda, relajado, de compañerismo. Los Abuelos eran más complejos. Miguel decía que era una estrella de seis puntas. Había buena onda, pero competían. Cada uno era el compositor de sus propias canciones, cada uno sabía cómo quería que sonaran sus propios temas y eso generaba cierto roce cuando otro opinaba. Andrés era un pendejo. En seguida lo empezaron a respetar. La primera vez que mostraron en vivo “Sin gamulán”, la gente flasheó. La canción era de Andrés. No me olvidó más las caras de los otros, más grandes, experimentados: no lo podían creer.

Cherniavsky transitó los ’80 de la mano de Andrés Calamaro & amigos. Acceso directo representa en ese sentido un diario de viaje casi periodístico con aspectos no tan conocidos de los años locos. Desde noches eternas con Charly en Mau Mau hasta, por ejemplo, una bitácora de la multiplicación de bandas paralelas. La que trascendió más allá de la anécdota tal vez fue la Ray Milland Band. Pero Andy hace un punteado de otras aún más secretas. Textuales del libro:

Los Proxenetas Prófugos. "Era un grupo muy copado, que tocó muy poco. Estaban Miguel Zavaleta, Daniel Melingo, Camilo Iezzi, Duilio Pierri como maestro de ceremonias, Hilda Lizarazu, Fabiana Cantilo y Gabi Aisenson en coros; Jorge Alem y Alfi Martins hacían no recuerdo qué. Duilio Pierri es un artista plástico con quien compartíamos salidas y eventos en aquel tiempo. Realizó algunas pinturas para las tapas de los discos de Suéter. Uno de los temas de Los Proxenetas Prófugos era “Extraño ser”, una canción de Miguel Zavaleta que luego versionó Man Ray, y también fue interpretada por Suéter con Andrés de invitado. Y me encanta."

Escuela Basilio. "Otro extraño experimento de Daniel Melingo."

Sistema Oscar. "Estaba formada por Andrés, Camilo Iezzzi, Pipo y Melingo. Tocaban La Biblia de Vox Dei, pero en versión marxista. Una genialidad."

What’s the look"Duró solo una noche, en Prix D’ami y tocó solo un tema. La banda más efímera de todas. Tocaron “War”, de Bruce Springsteen. Participaron Andrés, Vicentico, Fernando Lupano, Sergio Marchi y Mc Phantom."

Zoilo Goes to Rancho. "Estaba inspirado en Frankie Goes to Hollywood. Un cuartetazo gótico de Andrés, Pipo y Melingo, que siempre contaba con un integrante eventual. Podía ser alguien del público. Fueron los autores de “Corazón de mandril”, canción que terminó en el tercer disco de Los Twist, La máquina del tiempo."

Los Barros Jarpa: "Andrés, Melingo, Zavaleta, el Zorrito Quintiero y Pipo. Uno de sus pocos temas logró trascender como “Himno óptico” y fue inmortalizado en La máquina del Tiempo de Los Twist.

Los Lamidozo’s. "Con el Cuino Scornik. En uno de los paltas hexagonales, Andrés escribió: “Los Lamidozo´s rock pesado” presentan: “Basilio was a Punk Rocker”.

Mientras Andy hacía fotos para diversos medios gráficos –desde la alternativa Periscopio hasta la revista Rock & Pop, del ya omnipresente Grinbank- se deslizaba por ese submundo celebratorio. Trabajaba muchísimo y la relación con Andrés Calamaro fluía, dice, “con el encanto de lo cotidiano”. Vivían en una casa en la calle Serrano de Palermo que se llenaba de amigos. Era el cobijo de memorables zapadas y de mascotas estrafalarias, como una tortuga y una lechuza llamada Basualdo. Habían montado un estudio casero, El Hornero Amable. Parte del material registrado ahí fue cuidado en el transcurso de las décadas por Andy. Aún ya separados, fue la cancerbera de maquetas y bocetos. Algunos de ellos tuvieron como destino los varios volúmenes de Grabaciones encontradas. Como la versión de Calamaro y Luca Prodan de “Años”.

Escribe: “La convivencia con Andrés funcionó a las mil maravillas y nos divertimos muchísimo siempre. Éramos los creadores del Club Palta, nos gustaban nuestros respectivos trabajos, leíamos, escuchábamos muchísima música, veíamos tele —seguíamos Starsky y Hutch y Dinastía, las series del momento—, hicimos mil viajes, giras. Teníamos mucha vida social, los mismos amigos, una familia Calamaro y una gatuna. Como Andrés trabajaba mucho durante la noche, dormía de día. Por eso se grababa toda la programación televisiva de la jornada y después la veía a la noche. Teníamos horarios totalmente disímiles y todo era muy gracioso."

Llegó a hacer más de trescientas producciones fotográficas para Rock & Pop, tapas de DG discos, festivales, coberturas. Le sacó a todo el rock local. A todo: a las celebrities, a las bandas emergentes y a las del sótano del under. Buenos Aires no dormía y hervía en rock y pop. De artistas de afuera hizo fotos en vivo o de estudio de Sting, Tina Turner, The Cure, Siouxsie and the Banshees, INXS, Gary Burton, Blitz, La Unión, Nina Hagen, Los Paralamas, Hermeto Pascoal, Chick Corea, Ney Matogrosso, The Bolshoi, Pat Metheny, Chico Buarque, Gilberto Gil, The Mission Jezebel, Larry Corryell, Stanley Clarke, Iggy Pop, Weather Report, John Mc Laughlin, Peter Gabriel, Bruce Springsteen, Youssou N’Dour y Tracy Chapman y sigue la lista. Fue su consolidación como una de las mejores fotógrafas argentinas.

Las bandas paralelas con su grado de disparate artie tal vez significaron el punto musical-tóxico justo de la festichola de los ‘80. Funciona como un símbolo de un estado de gracia. Una foto, precisamente. Pronto la carcajada se volvería una mueca dura. Todo se fue oscureciendo, como el país. “Un día dije basta –cuenta Andy-. Pasaron varias cosas. Una vez estaba en Cemento, en un recital de los Redonditos de Ricota. Todavía seguía en la vereda, no había entrado. Estaba lleno de policías. De pronto vino un tipo de la nada y me metió una tremenda trompada en la cara. Quedé sangrando en el suelo, y ningún cana hizo nada. Estaba con Juana Molina, llorábamos las dos… En 1987 fui a cubrir a Los Ramones a Obras y otra vez, violencia, agresiones y muchas escupidas. ¡Parte del público escupía a los fotógrafos! Después estuve en el Ferro de The Cure. Era tremendo. Feo, triste. En un momento ya no disfrutaba cubrir conciertos”.

Fue como el fin de un sueño. Y el comienzo de la pesadilla.

- Sí. Escribir el libro también tuvo su costado doloroso. Porque desenterré episodios lejanos… No soy nostálgica, pero me provocó un revoltijo interno.

¿Por qué terminó así la década del ’80?

-Las drogas. En el caso de los músicos, creo que el artista es un ser muy frágil. Elige una forma de vida, tiene éxito y después queda sumido en una inestabilidad emocional difícil de soportar. Ser rockero es tener la fantasía de una adolescencia eterna.

¿Vos cómo la viviste?

-Bien. Fue intenso. Mi hija me preguntó una vez: “Mamá, ¿probaste la cocaína?” Por suerte no tengo una personalidad adictiva. Y trato siempre de ir por caminos amables. De hecho, no quise seguir a Andrés cuando decidió irse a España por muchos motivos. Pero uno de ellos es porque no me interesaba el ambiente que sabía que se cocinaba en Madrid.

¿Le contaste a algunos de los protagonistas del libro que ibas a escribir esta historia?

-No. La verdad que no. Pero me parece que está todo bien. No creo tener enemigos, y siempre he sido respetuosa, honesta. Con Charly tengo una relación muy profunda… Mirá que me ha llegado a gritar “puta puta puta puta”… Pero me quedo con lo mejor de él. En 2016 hicimos con Hilda Lizarazu y Nora Lezano la muestra Los ángeles de Charly en el Palais de Glace. Tuve un reencuentro muy lindo con él. Después de ver las fotos, dijo: “Es como si fuera una gran bola de espejos y cada espejo, una foto que refleja toda mi locura”. Fue la primera vez que lo escuché referirse a la locura.

¿Y qué pensás?

- Me pareció brillante.

Un fragmento de Acceso directo

Ángel de Charly

Una (otra) infidelidad de Clota me llevó a caer en los brazos de mi amigo Charly, que a su vez tenía diversos desencuentros con Zoca. Tenían muchas peleas, y en una de esas huidas de Zoca de la relación —se iba por largos períodos a Brasil con la intención de separarse y no volver más— sucedió el encuentro. Sin querer queriendo, mientras era mi paño de lágrimas, todo nos fue llevando a un romance furtivo. Pero nunca fuimos una pareja.

Había mucho cariño: fue Charly el que me contuvo cuando yo lloraba por los engaños de su hermano Dani, cuando estaba de novia con él y Charly vivía en casa. Y ahora me consolaba por los engaños permanentes de Clota. Yo sentía algo de culpa porque la relación de Charly y Zoca estaba en un impasse del cual podían volver —en cambio, lo mío con Clota se había marchitado sin remedio— y mi relación con Zoca era buena. Ella participaba de mis sesiones “artísticas” en las que fotografiaba a todas mis amigas.

Ellos peleaban por muchas cosas, pero la principal causa de conflicto tenía que ver con una razón objetiva: Zoca no tenía una actividad concreta y lo seguía a Charly a todos lados, aburridísima. Él estaba todo el tiempo creando, componiendo y tocando. En cambio ella había abandonado su grupo de danza para vivir en Buenos Aires con él, y era lógico que esa situación no la conformara. Entonces allí había una puja: Zoca se encontraba entre enojada y enamorada, y Charly estaba ocupado en lo suyo. Siempre le costó hacer lugar para algo más. A la vez, a Zoca le encantaba toda la escena rockera de Buenos Aires y a Charly también. Todo eso junto daba por resultado una relación tumultuosa, se peleaban constantemente, aunque se querían con locura.

Con Charly nos encontrábamos en el hotel Alfar, en Arenales y Vidt, y nos refugiábamos de nuestras respectivas parejas, que ya no eran tales. Organizar esos encuentros requería de una logística complicada, porque yo tenía que bajar de mi departamento a la avenida Cabildo, buscar un teléfono público y llamar a Charly sin que Clota sospechara, aunque la verdad, después de haberlo encontrado in fraganti varias veces, ya no me importaba. Tenía veintidós años y quería ser feliz.

Charly siempre le tuvo fobia al teléfono y no lo atendía o lo desconectaba para que no le hincharan las pelotas, porque recibía llamados de todo tipo. Pero en ocasiones, el destino conspiraba para que estuviéramos juntos, nos topábamos en alguna fiesta o en algún show o estudio de grabación y arreglábamos así, de improviso, una cita.