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Argentina

Los cambios en el mundo árabe-islámico, en el contexto global

Cuando un comando americano terminó con la vida del líder del Estado Islámico, seguramente no advirtieron que allí se estaba gestando una nueva mutación del islamismo político. Este personaje había reemplazado, en el imaginario colectivo, a Ben Laden y había inaugurado una praxis política diferente: fundó un nuevo Califato en la ciudad iraquesa de Mosul. En verdad, Abou Bakr al Baghdadi fue el subproducto de un gran error americano: la invasión a Irak -2003- que desplazó del poder a Saddam Hussein, quien se llevó a la tumba el legado del nacionalismo árabe.

Más allá de la suerte del Estado Islámico, que podrá encontrar o no un liderazgo de reemplazo, importa establecer las implicancias globales de esta ausencia. Sin duda el E.I, convertido en una organización criminal, fue parte de un sunami geopolítico que alcanzó niveles importantes de apoyos en una amplia geografía que incluye el mundo árabe, parte de África y con ramificaciones en el Asia. Además sus células, en actividad o dormidas, sembraron pánico y temores en Europa.

La geografía árabe-islámica hoy está convulsionada. En El Líbano acaba de renunciar el Primer Ministro S. Hariri; en Irak las revueltas contra el régimen han ocasionado cientos de muertos y miles de heridos; en el norte sirio el poder turco pretende instalarse con el pretexto de perseguir a los kurdos; en el África mediterránea las revueltas levantan banderas democráticas, como en Argelia, o reclaman el cambio de régimen como en Egipto; en el Yemen y en Libia la guerra civil lleva años instalada; mientras en Siria la guerra interna está terminando con el triunfo de Assad en tierra virtualmente arrasada.

Identificar constantes y semejanzas ayuda a construir la agenda de una vasta geografía donde hasta hace poco tiempo hubo cierto orden y una relativa estabilidad, gestionadas por una ecuación que parece haber encontrado sus límites: “Corán y petróleo”. La renta petrolera decrece y tiene plazo fijo, mientras en sus sociedades los jóvenes constituyen una mayoría sin futuro.

En Irak el 60% de la población tiene menos de 25 años y reclaman lo mínimo: agua, electricidad y algún destino laboral. También esos jóvenes rechazan la corrupción: en Irak se calcula que desde la caída de S. Hussein la corrupción se devoró el equivalente a dos PBI. Lo mismo sucede en El Cairo o en Argel. En Líbano la explosión juvenil se produjo cuando el renunciado S. Hariri aplicó un impuesto al uso del WhatsApp, el régimen está en default.

Mientras los poderes establecidos luchan por su sobrevivencia, incluso las ricas petro-monarquías, se tejen nuevas alianzas externas concebidas para durar o defenderse.

En ese sentido lo nuevo es la ausencia americana. Washington está abandonando la región bajo el liderazgo de Trump. No existe una política americana, por más que acaba de demostrar que está en condiciones de intervenir puntualmente, con Comandos y en campaña electoral. La consigna trumpista es retirar tropas dejando espacio para influencias sustitutas.

Así se explica la creciente influencia de los autoritarismos: Turquía; Rusia e Irán. Con acciones de comandos y sanciones económicas, Washington no compensa su ausencia física.

Estos “reseteos” de alianzas sin embargo no le dan respuestas a los reclamos y necesidades de sociedades exhaustas. Turquía está padeciendo los errores económicos del gobierno de Erdogan quien apela al nacionalismo otomano para compensar derrotas electorales como la de Estambul.

Rusia interviene cuando se trata de utilizar el poder militar, que haciéndolo eficazmente le permite a V. Putin alcanzar una influencia en la región que sólo existió en los años de gloria de la Unión Soviética. Por último, Irán gracias a sus fuerzas especiales logra influir en una geografía que incluye Irak, Siria y Líbano.

En este caso, lo singular es que esas fuerzas hoy encarnan el ethos de una República Islámica nacionalista y militar que muchos visualizan como la verdadera y paradójica herencia de la Teocracia shiíta.

Lo que suceda en este arco político-religioso es decisivo. La reconfiguración del poder global está en trámite y encuentra a estas geografías devaluadas. Su peso global, basado en el petróleo, tiende a disminuir; no cuentan en las guerras comerciales globales ni en el tablero de la revolución tecnológica.

Sin embargo las crisis y el caos derraman. El terrorismo se alimenta históricamente en ese magma; los movimientos migratorios son parte del “derrame del caos” y básicamente afectan a una Europa que por default está ausente de una región donde supo administrar intereses e influencias.

Por último, existe un fenómeno novedoso que convive con el ocaso de los liderazgos religiosos y de personajes que desaparecen: en algunos casos se constatan convergencias más allá de las diferencias religiosas.

¿Continuará siendo la religión, shiismo/sunnismo, el eje estructurante de los clivajes políticos? En Irak y en El Líbano pareciera que no. Es más, en ambos países los jóvenes están cuestionando la influencia de Teherán que se canaliza a través de las organizaciones shiitas en Irak y de Hezbollah en Beirut.

Más allá de la suerte que le espera a estas convulsiones, debe quedar claro que lo que suceda en estos países es importante pero no decisivo. En verdad, ellos escasamente participan en la reconfiguración del poder mundial.

Carlos Pérez Llana es Profesor de Relaciones Internacionales (Universidad Torcuato Di Tella)

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