Argentina

Otro gran asalto de Cristina

La crisis argentina parece ahora el producto de dos avatares. La decadencia económico-social, que viene de décadas. Acicateada por la pandemia y las decisiones desconcertantes del Gobierno. El anómalo funcionamiento del sistema de poder, donde Cristina Fernández no sólo ejerce el liderazgo natural. Adopta decisiones de gravedad institucional, relega a Alberto Fernández a un plano secundario. Lo obliga a mimetizarse con el ideologismo kirchnerista.

Ambos fenómenos poseen interrelación. Aquel paisaje político no resulta auspicioso para rastrear alguna salida al laberinto que plantea la economía. Porque, entre varias razones, sobrevuela la duda enorme acerca de quién manda. Para colmo, se rompieron los puentes con la oposición que, a diferencia del reino de Cristina entre 2011-15, consolida cierta representación en la sociedad. Se advierte en las protestas callejeras o las cacerolas que suenan.

La vicepresidenta ha convertido al Senado en una Casa Rosada. El Instituto Patria, haciendo paralelismos, podría ser asimilado a la Residencia de Olivos. Desde el Congreso concretó su primera batalla contra el Poder Judicial. Una suerte de asalto. Con el manejo de la mayoría y la ausencia opositora dispuso el desplazamiento de los jueces Leopoldo Bruglia, Pablo Bertuzzi y Germán Castelli.

El trámite descubrió matices que trasuntarían un estado de desesperación de Cristina. Apremiada porque la crisis se profundiza, la pandemia promete ser más larga de lo que el mundo presumió en su inicio y sus causas por corrupción permanecen vivas. El apuro tuvo una nota inconfundible: entre el golpe a los magistrados y el decreto presidencial que los avaló no transcurrieron diez horas. Fue redactado de antemano y editado en la versión on line del Boletín Oficial. Como broche, con igual celeridad, la Cámara de Casación, con voto dividido, ordenó a los magistrados volver a sus sitios de origen. Todo hecho de manera fulminante.

El armado de la sesión del Senado fue un canto a la arbitrariedad. Cristina empezó por prorrogar el protocolo para sesionar sin consultar con la oposición. Lo hizo con mayoría simple (las veces anteriores se respetaron los dos tercios) y un temario propio. El desplazamiento de los jueces y el Régimen de Pesca que llegó de Diputados, impugnado por Cambiemos después de aquel debate vergonzoso.

El fárrago de la vicepresidenta tiene una explicación. Los jueces Bruglia y Bertuzzi fueron quienes confirmaron desde la Cámara Federal su procesamiento en la causa de los Cuadernos de las coimas. Allí figura como jefa de una asociación ilícita. Se trata de un delito vinculado al reparto de la obra pública, con la participación de empresarios, que pagaron un monto calculado por el ex juez Claudio Bonadio en US$ 55 mil millones. Castelli es el magistrado del Tribunal Oral Federal 7 que estaba preparando el juicio oral. Quedan allí Enrique Méndez Signori y Fernando Canero.

La maniobra tiene objetivos inmediatos. Otros, a largo plazo. El cerebro de la defensa de Cristina, el abogado Carlos Beraldi, integrante la Junta Consultiva que estudia posibles cambios en la Corte Suprema, se prepara para declarar nulo el procedimiento de los camaristas por los Cuadernos de las coimas amparado en aquella irregularidad de sus traslados. Casación dijo que todo lo actuado por los jueces tendría validez.

Suponer que en esa estación concluye el recorrido de Cristina sería incurrir en un error. Sus objetivos son múltiples. Incluida la Corte Suprema. Allí existe un estado deliberativo y, desde ahora, un desafío planteado por la vicepresidenta. ¿Permitirán los cinco jueces que Bruglia, Bertuzzi y Castelli abandonen sus lugares? ¿Soslayarán la acordada de ellos mismos que, a pedido del ex ministro Germán Garavano, avaló esas designaciones? El máximo Tribunal está en instancia delicada. Las diferencias entre su presidente, Carlos Rosenkrantz, y su antecesor, Ricardo Lorenzetti dificultan su desenvolvimiento y la formación de mayorías para fallar. Hubo entre ambos un zoom reservado durante la pandemia. Difícil saber para qué sirvió.

Una decisión de los cortesanos en favor de los jueces abriría con seguridad un conflicto de poderes. No hay garantías de que Cristina esté dispuesta a aceptar ese hipotético fallo. Se recuerdan antecedentes cuando en Santa Cruz jamás repusieron al procurador Eduardo Sosa, que investigaba a Néstor Kirchner. Hay registros cercanos. La jueza del fuero contencioso administrativo, María Biotti le pidió al Senado que se abstuviera de iniciar el trámite de los traslados de Bruglia y Bertuzzi hasta que no resolviera un recurso presentado por ambos. No le hicieron caso.

La intervención del máximo Tribunal excede el dilema de los jueces desplazados por el Senado. Hay una expectativa en la estructura del Poder Judicial para saber a qué atenerse ante la embestida kirchnerista. Al lado de Cristina existe un equipo que se ocupa de frentes diversos. Sobre todo, los senadores de La Cámpora, Anabel Fernández Sagasti (Mendoza) y Martín Doñate (Río Negro).

Otro de los objetivos consiste en la destitución del procurador General, Eduardo Casal. El kirchnerismo no logra que renuncie. Tampoco consigue número para su enjuiciamiento en el Consejo de la Magistratura o dentro de aquel organismo. A la par, el juez Daniel Rafecas, el candidato de Alberto, aguarda la vacante para que su pliego pueda ser considerado en el Senado donde no reúne los dos tercios necesarios. Hay indicios de que a Cristina le importa poco. Se conoce un discreto trabajo de varios fiscales para desprestigiarlo. Estarían Jorge Di Lello, Gabriela Boquín y Mónica Cuñarro.

Aquella división en la cima del poder y la guerra judicial de la vicepresidenta se suman a otros flashes de la realidad que sólo ayudan a fomentar la desconfianza interna y externa en la Argentina. La usurpación de tierras y la defensa de los damnificados cavando fosas para evitarlas, remiten casi a pujas entre tribus de aldea. El debate público en el Gobierno acerca de si se trata de un delito o un derecho aumenta la incertidumbre general.

En ese contexto el Presidente zigzaguea con sus determinaciones económicas para enfrentar la crisis. También con su discurso. Al ministro de Economía, Martín Guzmán, le insumió ocho meses la negociación con los acreedores. Pero el cierre implicó un alivio que hasta fue celebrado por Cambiemos. Se evitó el default del Estado. Se abrió para el sector privado el acceso al crédito internacional. Perentorio para que en algún momento la productividad y el consumo salgan de su postración.

Ese paso sufrió una zancadilla con la imposición del súper cepo la semana última. Hay una cantidad de pormenores detrás de la medida. El Presidente había anunciado hace dos semanas que debido a la caída de las reservas del Banco Central se tomaría alguna decisión sobre el cupo de ahorro de US$ 200. Guzmán dijo que nada sucedería porque eso implicaría demostrar que el plan oficial sería sólo aguantar. La dualidad habría concluido no bien el titular del Central, Miguel Pesce, arrimó un informe al ministro de Economía. Allí estaba reflejada la precariedad de las reservas. Nadie lo quiere revelar, para no asustar. Estarían entre los 3 mil y 5 mil millones de dólares. Durante agosto los compradores de aquel cupo fueron cerca de 5 millones de personas.

El Presidente, para no cerrar todo el grifo y superar en ese campo a Cristina y a Macri, laudó en favor de una fórmula mixta y engorrosa. Encareció la compra del dólar ahorro y de todos los gastos en el exterior con tarjeta que absorbe al cupo. Ordenó a las empresas pagar sólo el 40% de sus compromisos de deuda y negociar la reestructuración del otro 60%. Las volvió a colocar en las orillas del default de donde las había alejado el acuerdo de Guzmán.

Tantos vaivenes no sólo desnudan intrigas internas y dificultades de gestión. Además, la inexistencia de un rumbo, de un programa económico en el cual el Presidente confesó descreer. Alberto dijo para justificar las medidas que los dólares están para producir, no para guardar. ¿De dónde imagina que saldrán esos dólares para intentar reanimar la economía?

La Argentina coloca su foco siempre en los mismos lugares. El primero es el campo. ¿Exportará con su dólar a $ 58 –deducidas las retenciones—frente al valor oficial de $ 79? ¿O de $ 130 para el dólar ahorro o $ 140 del blue? ¿Qué sucederá con la minería que exporta, también por las retenciones, a un dólar de $ 60? La Cámara Argentina de Empresas Mineras (CAEM) acaba de congelar inversiones por US$ 25 mil millones. ¿Qué será de la vida de la devaluada Vaca Muerta, demandante de inversiones perentorias? El tesoro que desde hace años agita la clase dirigente.

El Presidente, ante tantas fragilidades, tampoco consigue articular un relato. Que combata la desesperanza. Tal carencia parece haber decidido reemplazarla con otro libreto: el de Cristina y el kirchnerismo. Se empeña en hablar, confundido, sobre el perjuicio de la meritocracia. Sigue su embate contra Rodríguez Larreta ordenado por Cristina: el Senado tiene un proyecto para extraerle más fondos a la Ciudad. En este caso, a diferencia del anterior para solucionarle el conflicto policial a Axel Kicillof, los haría coparticipables a todos los gobernadores. Para arrancarle los votos. Otro asalto.

En sus últimas apariciones Alberto repuso el fantasma de Macri. Como el ingeniero, en las malas, lo hizo con Cristina. Existe un asunto que lo aterra: que la sociedad, por la cuarentena, olvide la herencia recibida. Y se la termine por endilgar, integra, a él mismo.

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