Argentina

Signo de los tiempos. Los años de la revolución textual vienen marchando

Hace medio siglo la píldora trajo la separación del sexo de la procreación. En 2020, la pandemia cedió a los mensajes de texto la intercomunicación y disoció el sexo del cuerpo presente, la compra del mercado, y la protesta social, de la corporación política.

Estas revoluciones cotidianas tienen en común que, un día, un pequeño elemento alcanzó para derribar barreras que parecían invulnerables y liberó mucha energía contenida. La promiscuidad de la compañía sexual en aquellos años sesenta se repite en el intercambio textual de los grupos de WhatsApp de estos locos años veinte.

Las generaciones criadas con el mandato de “no hables con extraños” descubren al final del día que conversan más con ajenos que con la propia familia. De pronto, personas lejanas se reconocen cercanas gracias a la afinidad de perspectiva o un problema compartido.

Una mujer de González Catán descubre que comparte con otra de Punilla la etiqueta de #Abranlasescuelas de la que cuelgan soluciones a sus penares.

Vecinos de Buenos Aires de súbito se interesan de noticias de Clorinda en la sospecha de que los apremios que sufrieron sus habitantes en nombre del coronavirus pueden pasarle a cualquiera.

Productores agropecuarios de Pergamino por fuera de las organizaciones de base se encuentran asistiendo a un acto oficial al que no los habían convocado y comparten imágenes desde sus teléfonos que resultan más creíbles que las institucionales.

Todos mantuvieron texto virtual en una orgía de grupos y mensajes que escandalizan a quienes estaban acostumbrados al recato de las noticias tradicionales. Esa sociedad tratada por la política como una masa boba de pronto demostró que tenía cosas para decir a través de los teclados.

Un análisis de Business Insider estimó en 2015 el momento en que los usuarios de las cuatro mensajerías más usadas superaron a los de las cuatro principales plataformas. Aunque después de eso todas las redes sociales ofrecen alguna forma de mensajería pública o privada, WhatsApp supera los dos mil millones de usuarios, equiparando a Facebook y a YouTube en participantes. Un quinto está en Latinoamérica, región en la que la expresión pública ha sido históricamente condicionada, con presiones que van desde simples repudios hasta represalias institucionalizadas.

No es de extrañar que los intercambios encriptados punto a punto exploren el potencial expresivo fuera de las ligas morales de la corrección política.

Para la casta que detentaba el acceso privilegiado a los medios tradicionales, este flujo paralelo de mensajes resulta desconcertante. De esa élite provienen las advertencias apocalípticas de las redes sociales que acusan que en ellas no puede haber más que agresiones y falsedades.

Para la casta que detentaba el acceso privilegiado a los medios tradicionales, este flujo paralelo de mensajes resulta desconcertante. De esa élite provienen las advertencias apocalípticas de las redes sociales que acusan que en ellas no puede haber más que agresiones y falsedades.

En tiempos de Los Beatles y la guerra de Vietnam, la liberalidad sexual de un grupo escandalizaba a quienes insistían en mantener las costumbres recatadas. En épocas de coronavirus y WhatsApp, la promiscuidad textual que disfrutan las grandes mayorías es condenada por quienes pautaban el decoro necesario para salir en el noticiario.

Es cierto que la discreción que facilita la mensajería puede volverse impunidad para el secretismo y la conspiración desencajada. Así como la liberación sexual trajo libertades y perversiones, también la revolución textual tiene sus sombras.

Tanto como sirve para expandir los límites de la vecindad, los grupos de afinidad pueden cerrarse en burbujas de confirmación que propician extremismos que hoy alcanzan hasta a las mejores causas. Ese grupo chico de WhatsApp puede convertirse en el infierno grande donde crecen las furias que se sueltan en público como feroces inquisiciones digitales (llamadas ahora con elegancia cancelaciones), que comparten por igual progresistas y conservadores.

Tanto como sirve para expandir los límites de la vecindad, los grupos de afinidad pueden cerrarse en burbujas de confirmación que propician extremismos que hoy alcanzan hasta a las mejores causas. Ese grupo chico de WhatsApp puede convertirse en el infierno grande donde crecen las furias que se sueltan en público como feroces inquisiciones digitales

Los extremos coinciden en su vocación de pretender que el mundo se parezca a ese nido homogéneo del grupito de afinidad. Pero la efervescencia de estos tiempos está en su diversidad.

Nunca la desviación define el rumbo de la revolución. Antes de que el teléfono inteligente y las mensajerías gratuitas se popularizaran, Alessandro Baricco hablaba en Los bárbaros (2006) de las mutaciones digitales que horrorizaban a la casta que, como en toda revolución, asistía a la pérdida de sus privilegios.

El principal era esa potestad de establecer los límites de un sentido común que hoy se fragmenta en comunidades a una velocidad que sorprende a dirigentes, editores y vanguardias de ayer que hoy se escandalizan por la insolencia de estas nuevas prácticas textuales.

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