Argentina
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Un país grande, una decadencia muy prolongada

Con sus 2,78 millones de kilómetros cuadrados, la Argentina ocupa el octavo lugar en el mundo por su extensión. Un territorio con extensas y fértiles praderas, recursos mineros, hidrocarburos, agua y un sinfín de bellezas naturales. Para alcanzar esta superficie debieran sumarse las de 16 países europeos. La visión se oscurece cuando se compara el tamaño de las economías. Si en el listado incluyéramos a algunos de los 16 países europeos más ricos que podría contener el territorio argentino –entre ellos, Alemania y Gran Bretaña–, alojaríamos una población de 413 millones con un ingreso medio por habitante de 44.540 dólares, fruto de un producto bruto total de 18,4 billones de dólares. El ingreso por habitante en la Argentina es de apenas 10.340 dólares con un producto bruto de 0,45 billones. El contrapunto pone en evidencia la escasa población argentina y el insuficiente desarrollo alcanzado. Duele reconocer que, un siglo atrás, el ingreso por habitante de la Argentina era superior al de casi todos aquellos países europeos.

El inicio de la decadencia relativa de la Argentina en el concierto mundial se ubica claramente en la década del cuarenta. Su neutralidad en la Segunda Guerra le permitió incluso beneficiarse económicamente, a diferencia de las naciones intervinientes. Luego del golpe de Estado del 4 de junio de 1943, las nuevas autoridades pudieron metafóricamente afirmar que “no se podía caminar por los pasillos del Banco Central debido a los lingotes de oro acumulados”.

El populismo hizo así su entrada en la Argentina. La escalada que encaramó al poder a Juan Domingo Perón encontró una palanca en el manejo de una política laboral con amplias y generosas concesiones para los trabajadores. Luego de asumir la presidencia, desarrolló un programa intervencionista, estatista y proteccionista. Creó el partido peronista con una estructura corporativa al estilo fascista de Benito Mussolini, a quien Perón había conocido y admirado. La independencia de poderes se esfumó. En 1948, la Unión Cívica Radical modificó su plataforma, adaptándola a la Declaración de Avellaneda de 1945. Impuso un viraje hacia un mayor estatismo e intervencionismo, intentando competir con los postulados del peronismo. El Partido Socialista, por su lado, abandonó la defensa de la austeridad fiscal y el valor de la moneda, exaltadas por Juan B. Justo, para inclinarse en la dirección de los malos vientos peronistas. Se selló así la imposibilidad de aprovechar una alternancia hacia las políticas económicas competitivas que hicieron crecer a los países capitalistas que quedaron fuera de la Cortina de Hierro. Durante más de siete décadas, con muy escasas excepciones, se estatizaron los servicios públicos, se alentaron el proteccionismo y una legislación laboral asimétrica, las regulaciones excesivas y el aumento injustificado del gasto público. En ese marco se desarrolló una contraparte empresaria cortesana y resistente a cambiar un sistema al que le encontró la vuelta para lograr su propio beneficio. La inflación no se hizo esperar y hoy la Argentina tiene el récord de prolongada duración del triste fenómeno. Tampoco se hizo esperar la nefasta corrupción, promovida en el caldo de cultivo del intervencionismo.

Nuestro territorio tiene mayor superficie que la ocupada por al menos 16 países europeos

Nos han inculcado, desde niños, que la Argentina cuenta con recursos naturales abundantes y una población educada, y que, por lo tanto, su destino no sería otro que uno de grandeza. Menos épico es afirmar que Dios nos dio un magnífico país, y que, para contrarrestar, lo pobló con incorregibles argentinos.

Las preferencias electorales reveladas en las primarias de agosto pasado podrían anticipar un cambio. La conformación de la coalición que triunfó sobre el oficialismo muestra una mayor aproximación de sus integrantes a ideas más modernas, aunque el radicalismo se resista inexplicablemente a abandonar la anacrónica Internacional Socialista.

La eventualidad de una nueva crisis financiera, acompañada de alta inflación, obliga a recapacitar a quienes todavía promueven el sistema que nos trajo a esta decadencia. Debieran mirar el mundo y observar las políticas aplicadas por los países exitosos. También debieran comprobar que dentro de nuestro fracaso ha habido excepciones, mayormente acotadas a sectores que permanecieron en marcos competitivos. Tal el caso del campo, que supo introducir tecnologías de avanzada, multiplicando su producción a pesar del castigo y la asfixia impositiva al que ha sido sometido. Otro es el sector de la llamada economía del conocimiento, que continúa generando “unicornios” en expansión y de exportación, ubicándonos muy por encima del resto de los países de la región en este terreno.

Entrampados en una larga historia de decadencia, aceptar el desafío de revertirla supone trabajar para reubicarnos entre los países que atraen inversiones e inmigrantes, dejando atrás las comprobadamente fracasadas políticas que expulsan capitales y, con ellos, a los buenos empresarios y a las jóvenes generaciones.

LA NACION

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