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Colombia

‘Busco la elocuencia de todas las cosas’: Carolina Sanín

Suele no haber consenso con las férreas posiciones que Carolina Sanín (Bogotá, 1973) expresa en columnas de prensa y en sus redes sociales. Pero, cuando se ingresa a su faceta estrictamente literaria, el lector suele caer rendido.

Y eso queda comprobado al leer Somos luces abismales, el libro de relatos más reciente de la escritora y docente. Quien se acerque a estos textos se encontrará con un delicado viaje narrativo, que todo el tiempo bordea la línea de la poesía y ratifica a una de las jóvenes voces literarias más interesantes del panorama nacional.

“En este libro, Sanín se revela como una escritora cuya forma de lucidez es la poesía. Cada palabra es un placer”, comenta la mexicana Alma Guillermoprieto.
Sanín anota que estos relatos son el trabajo de cinco años, que “terminaron y recomenzaron varias veces; fueron acogiendo nuevas asociaciones y descubrimientos”.

“Algunas veces los he llamado composiciones, ante la improbabilidad de calificarlos como ensayos, o como relatos o como poemas, o de inscribirlos en alguno de los géneros literarios”, explica.

Al mirarlos en su conjunto, estos textos cargan con una reflexión en el tiempo, el espacio y la vida…

En tanto que son relatos, cuentan del paso del tiempo y reflexionan sobre él; es decir, sobre los cambios en las cosas y los ritmos de quien las observa y se acompasa con ellas. Pero en todos los textos está entreverado el ensayo; en esa medida dan cuenta de cómo el tiempo no pasa: del deseo de contemplación. Son textos acerca de la variedad de los vínculos entre la observadora –que se pone en el centro del mundo– y el deslumbrante paisaje del mundo, que la descentra.

El libro es una celebración de la palabra…

En el libro se intenta observar y transmitir la libertad del pensamiento; ver cómo el pensamiento se persigue a través de su interés –o de su atracción– por las formas de la realidad. Las palabras son promesas y son mentiras. Me interesa su precisión –amo y busco su precisión–, pues solo en esa precisión (de promesas y también de mentiras) puede alumbrarse la experiencia, el testimonio.

Traté de ver cómo funciona el pensamiento –el mío, que es el que puedo conocer– y de seguirlo a través de sus intereses y sus intensificaciones, de sus preguntas y sus apegos (...).

Unido a lo anterior, se siente que estos relatos reflejan un claro esfuerzo estético que encuentra un cimiento definitivo en la poesía. ¿Es así?

Sí. El libro está escrito en una prosa que a veces tiene largos períodos (párrafos de más de una página, desencadenamientos narrativos), y a veces muy breves, como en el texto final, que es una meditación fragmentaria que casi sirve de colofón al libro. Quizá, entre el relato y el ensayo, el libro se ancle realmente en la lírica. En él se usa la metáfora (que quizás es la única figura poética que existe) como vehículo de conocimiento y también se examina y se cuestiona explícitamente ese uso.

Al leerlos, se me ocurrió definirlos como ‘realidades literarias’. ¿Cómo los ve usted?

Hace poco, en una presentación dije que había tratado, en Somos luces abismales, de hacer un realismo del pensamiento. No soy amiga del realismo narrativo, esa corriente últimamente revitalizada, más o menos retrógrada, que enfatiza lo anecdótico como centro de la vida y la condición humanas, con una fuerte dependencia de referentes concretos, materiales, reconocibles. Yo traté de ver cómo funciona el pensamiento –el mío, que es el que puedo conocer– y de seguirlo a través de sus intereses y sus intensificaciones, de sus preguntas y sus apegos a los objetos que quiere entender.

Los textos también son una exaltación a los detalles. En especial, ‘Las alturas’. ¿Hay un interés puntual por el detalle?

Escribir es pensar despacio. Más y más despacio. Y en esa lentitud, o en esa desaceleración, ir de lo inconcebible y alto a lo pequeño, reconocible y terrestre. No existen los detalles para una escritora: existe la búsqueda de la elocuencia de todas las cosas; el deseo de la presencia de todas las cosas. No hay cosas más o menos importantes, sino agudizaciones de la atención y modificaciones del foco, en la superficie y en las profundidades.

Opinar es una manera de participar, de vincularse, de conocer enemigos y amigos; pero lo que a mí me interesa es ver. Y de camino hacia ver, concibo teorías.

‘El pesebre’ es un texto muy emotivo en torno a la muerte. ¿Cómo surgió?

Es un texto sobre la muerte de una amiga y sobre un viaje hecho con su ausencia y durante su agonía. Se pregunta por el tránsito entre la vida y la muerte; por las despedidas y los nacimientos y los fantasmas. Trata también sobre ese impulso de alterar las proporciones –de subjetivarlas– que se manifiesta en la construcción de pesebres. Es un texto emotivo en la misma medida en que es intelectual. Creo que la división entre lo intelectual y lo emotivo es un engaño muy viejo, como la división entre imaginación y conocimiento.

Hasta el título y la imagen de la carátula hacen parte de la estructura del libro. ¿Por qué escogió esta imagen y el título?

El título procede de un pasaje de uno de los textos (Un potro), que examina el abandono y se pregunta qué es estar perdido y qué es, en contraposición, tener poder. La portada es la foto de una escultura de la fachada de la catedral de Notre Dame de París, en la que se figura a San Dionisio, quien, una vez decapitado, carga su cabeza entre las manos y va con ella hasta el lugar donde será su tumba. A esa figura de los santos cefalóforos, que trasportan su cabeza como una ofrenda, y que se la ponen cercenada sobre el corazón (y con ello sugieren la posibilidad de mirar con el corazón, y la coincidencia del corazón y la cabeza) aludo en el primero de los textos.

¿La primera persona fue una voz pensada desde un inicio para establecer una especie de vínculo íntimo con el lector?

El libro es acerca de mí y de cómo pasan los días del mundo a través de mí –y de cómo mi mundo puede salir de mí–. Es, entre otras cosas, una especie de diario. El uso de la primera persona no fue una decisión; era necesaria para la experiencia que quería sugerirle al lector y para la búsqueda que yo emprendía, con la escritura, a través de mi imaginación. La primera persona puede generar una intimidad, pero genera también una distancia y una frontera. Al decir ‘yo’, invito al lector a mi punto de vista, pero también lo pongo del lado opuesto de ese punto de vista (en el ‘tú’). Y ese lado opuesto puede ser un espejo pero también es un territorio desconocido.

Los relatos develan a esa Carolina que todo lo cuestiona. ¿Establece límites cuando escribe la Carolina columnista y de las redes, de la Carolina en proceso de creación literaria?

Los temas son diversos, las extensiones y las urgencias varían en los distintos medios y formatos. Pero hay una sola mirada que quiere interesarse, con distintos niveles de permanencia y de intensidad, por cuanto la vida contiene y significa: por los mecanismos del poder, por la tragedia de su país, por las voces de los animales, por Dante, por Blake, por Odiseo y por Sancho Panza (los menciono a ellos porque están todos expresamente en el libro) y por Dios. Opinar es una manera de participar, de vincularse, de conocer enemigos y amigos; pero lo que a mí me interesa es ver. Y de camino hacia ver, concibo teorías.

Carolina Sanín

El libro es editado por Literatura Random House.

CARLOS RESTREPO
CULTURA Y ENTRETENIMIENTO
@Restrebooks

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