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Colombia

Crece la tensión entre Estados Unidos e Irán

Hace dos años lamenté en nota titulada Jardín persa en peligro el estallido de bombas en el restaurante iraní Sherezada, situado en el barrio Palermo de Bogotá. Hoy la alarma es mucho mayor porque el riesgo se cierne sobre todo el país persa y sobre todo el Medio Oriente a raíz de las amenazas, adobadas con sanciones económicas y diplomáticas, más la presencia ominosa de naves de guerra en las cercanías de Irán por parte de la mayor potencia mundial.

La tensión entre Irán y Estados Unidos no es nueva. Viene desde el comienzo mismo de la revolución de 1979 que puso fin a la monarquía del Sha Reza Pahlevi, aliado incondicional de Occidente e Israel. Con la llegada al poder del clero shiíta la ecuación de poder en la región cambió porque los nuevos gobernantes se alinearon en el eje de la resistencia que se opone de manera clara a las pretensiones hegemónicas de Estados Unidos e Israel. Tanto es así que declaran abiertamente su solidaridad total con el pueblo de Palestina y su grado de desconocimiento a Israel es tal que no lo mencionan por ese nombre sino que lo denominan “entidad sionista”.

En ese marco se dio la terrible guerra con Irak (1980-1988), confrontación de grandes dimensiones iniciada por Sadam Husein con mal disimulado apoyo de las potencias occidentales que dejó en ambos bandos más de un millón de muertos y gran destrucción material.

La situación se agudizó cuando Irán recuperado de esas heridas comenzó a tener un mayor protagonismo regional, estrechó sus alianzas con sectores como la milicia Hezbolá en Líbano, el gobierno de Asad en Siria y los sectores palestinos menos proclives al sometimiento al dictat de Israel como Hamas.

El acceso del liderazgo iraní a la energía nuclear, que sostiene es con fines pacíficos, en tanto sus rivales afirman (sin pruebas) que es con motivaciones bélicas, dio un salto de calidad a este contencioso. Con la prepotencia propia de los matones tanto Usa como Israel se arrogan el derecho a impedir que Irán acceda a esa tecnología, mientras dan por sentado que ellos sí tienen el privilegio de poseer armas atómicas. A tal grado ha llegado la campaña que los servicios secretos israelíes asesinaron a cuatro científicos iraníes que trabajaban para su país en programas de energía nuclear.

Sin embargo, se demoniza al régimen iraní al punto de que Bush hijo lo incluyó en un supuesto eje del mal integrado junto a Irak y Corea del Norte. Hubo un cierto alivio con el acuerdo a seis bandas entre Irán, Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña, Francia, Rusia y China en el que aquél se comprometía a usar la energía nuclear únicamente con fines civiles y a permitir la inspección de enviados de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) de la ONU, a cambio del levantamiento de las sanciones que se le habían impuesto.

Pero lo bueno no dura, en 2018 Trump retiró a Estados Unidos del pacto, a pesar de que todos los demás signatarios y la propia AIEA certificaron que Irán venía cumpliéndolo en su totalidad. Desde entonces, viendo que el país persa se crecía en prestigio e influencia regional, la campaña mediática, de sanciones económicas y amenazas creció exponencialmente. Ahora el presidente Trump eleva el tono, hace sonar tambores de guerra, manda el portaaviones Abraham Lincoln a las puertas mismas del milenario Irán, creyendo que intimidará a un pueblo con una cultura ancestral y una dignidad a toda prueba.

Las “advertencias” de los jerarcas norteamericanos en el sentido de que cualquier acción por parte de Irán o sus aliados provocaría una reacción terrible suena como a una justificación anticipada de cualquier provocación que sirva de pretexto para desencadenar una agresión. En ese marco los fantasmales ataques en el mar a petroleros saudíes y emiratíes, que no están muy claros e incluso han sido condenados por las autoridades iraníes, encajan dentro del manejo mediático y la manipulación que caracteriza a los poderes imperiales. Si a eso se le suman los ataques con drones a instalaciones petroleras en Arabia, esos sí reales y con autor que los reconoce (los rebeldes hutíes de Yemen que resisten la brutal agresión de la coalición encabezada por Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos), puede pensarse que mezclando verdades y mentiras estaría servido el cóctel para acciones militares de gran calado contra los persas.

En ese marco el liderazgo iraní, a la vez que se prepara para cualquier contingencia, mezcla serenidad y firmeza. Zarif, el ministro de Relaciones Exteriores, dijo recientemente que todos los días ve el mapamundi y que observa que el Estrecho de Ormuz está en el Golfo Pérsico y no en el Golfo de México, y recalca que su nación tiene 7000 años de historia y ha sido pacífica, en tanto que de los 240 de existencia de Estados Unidos, solamente 16 han sido de paz. A su vez Sayyed Jamenei, el líder espiritual, cree que no habrá guerra porque los candidatos a agresores saben que cualquier aventura puede salirles muy cara y porque su país tiene la llave del estrecho por el que sale la quinta parte del petróleo que se extrae en el mundo y afirma que si no está abierto para Irán no puede estarlo para nadie. Por ello cree que no habrá guerra pero sí una confrontación de voluntades en la que ellos demostrarán que la tienen más fuerte porque los asiste la justicia.

No solo Irán es el amenazado, son todos los pueblos del mundo, especialmente los que se definen por vías propias e independientes. Hay que parar la mano de los agresores para que no profanen la bella tierra de las alfombras mágicas y del poeta Kayam. Los jardines de Persépolis y Pasargada con sus delicadas rosas, durazneros perfumados y fuentes refrescantes en medio del desierto prevalecerán ante el delirio guerrerista de gobernantes bárbaros.

No es la hora del choque de civilizaciones sino del encuentro de culturas. No del estallido de bombas sino de la paz y la fraternidad entre las naciones.

Que la voz del pueblo de los Estados Unidos no sea la cacofonía bélica de sus gobernantes sino la de sus poetas. Digamos no a esta y a cualquier otra guerra que pretenda iniciarse a su nombre y proclamemos con Walt Whitman que así como “una hoja de hierba no es menos que el día de trabajo de las estrellas y que una hormiga es perfecta”, cualquier país no es menos que la primera potencia del planeta y tiene derecho a vivir en paz.

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