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Colombia

El gran tejedor

Bajo el nombre del ‘gran tejedor’ se le rindió tributo este miércoles a Alberto Abello Vives, quien falleció a mediados de abril tras un infarto. Su muerte temprana (62 años antier) llenó de luto el mundo cultural colombiano, como lo registraron los medios a lo largo del territorio nacional. Con el nombre del homenaje se evocó su “espíritu colaborativo y el carisma particular que tuvo para hilar vínculos entrañables” (El Espectador, 21/5/2019).

Alberto buscó darle una dimensión internacional a nuestra cultura en sus intentos de proyectar Colombia hacia el Gran Caribe. Se movía desatado de fronteras parroquiales. Nació en Santa Marta, en 1957. Estudió economía en el Externado en Bogotá. Hizo buena parte de su carrera profesional en Cartagena. Y en 2017 regresó a la capital, donde ocupó la dirección de la Biblioteca Luis Ángel Arango.

Su labor emprendedora fue notable y extraordinaria. En días pasados, Jaime Abello recordaba sus tareas como cofundador de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, que propició nuestro premio nobel Gabriel García Márquez. Tenía profunda fe en la palabra impresa, pero también en las más diversas manifestaciones del arte y la cultura.

Ayudó a establecer el Observatorio del Caribe Colombiano en 1997, un centro de investigaciones regionales con sede en Cartagena que dirigió por muchos años. Al cumplirse su primera década de existencia, la entidad registraba con justificado orgullo la publicación de 22 libros y otro número igual de cuadernos de coyuntura económica, entre otros tantos trabajos.

Como todo tanque de pensamiento respetable, el Obervatorio lanzó revista, Aguaita, cuyo primer número apareció en 1999. Tuve el honor de colaborar en esa edición, que incluyó semblanza de Alfredo Gómez por Ramón Illán Bacca, poemas de Rómulo Bustos, entrevistas con el pintor Cristo Hoyos y el científico Alejandro Jadad, crónica sobre el barrio Getsemaní de María Clara Lemaitre y Tatiana Palmeth, reseñas de libros de Jorge García Usta y Ariel del Castillo…

Estaba comprometido
con el rescate de las fiestas populares de su ciudad adoptiva, desplazadas históricamente en las celebraciones de la independencia

“Él se inventó la cátedra del Caribe Colombiano”, recordaría Ariel del Castillo, editor del volumen que recogió las primeras 17 de las 34 cátedras que se impartieron sobre los más diversos temas de manera intensa entre 1999 y 2000, e itinerante, en una y otra población de la Costa.

Meses antes de morir, la colección Roble Amarillo, de la Universidad del Norte, enviaba a la imprenta una selección de sus columnas en El Universal: Me lo contó Gertrudis (2019). Es un librito de aparición póstuma que retrata su postura crítica, sobre todo frente a ciertas trayectorias de Cartagena.

Estaba comprometido con el rescate de las fiestas populares de su ciudad adoptiva, desplazadas históricamente en las celebraciones de la independencia. Una de las últimas veces que lo vi fue precisamente cuando presentó un trabajo sobre los viejos carnavales cartageneros, parte de un libro que se publicará pronto.

Sus amigos y colegas lo recordarán siempre por su enorme ‘generosidad intelectual’, como lo describe muy bien la semblanza de Francisco Flórez en La Silla Vacía (15/4/2019). Flórez destaca así mismo su “disposición al diálogo” y “espíritu de colaboración”. Estimuló la “producción” de otros y abrió “espacios para las nuevas generaciones de investigadores”. Flórez se sumó a uno de sus proyectos recientes, que resultó en el libro colectivo Los desterrados del paraíso: raza, pobreza y cultura en Cartagena de Indias (2015).

Al partir a su cargo en la Luis Ángel en Bogotá, se despidió de sus lectores en El Universal: “Me llevo en las sandalias la arena cartagenera que he pisado durante treinta y seis buenos años, ¡hasta luego!”.

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