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Colombia

‘Los colombianos no somos deshonestos, nos creemos que lo somos’

¿Es usted deshonesto? Piénselo, reflexione, revise qué ha hecho en su vida que podría hacerle creer que usted sí lo es. O, mejor, si 1 es totalmente deshonesto y 9, totalmente honesto, ¿qué número se pone a usted mismo? Ahora, otra pregunta: ¿Qué tan deshonestos cree que son los colombianos en ese mismo escalafón? Seguramente, la respuesta a la segunda pregunta es superior a la primera. Entonces surge la pregunta: ¿por qué creemos que los colombianos somos deshonestos? Esa es precisamente la cuestión que intenta resolver Juan Manuel Tafurt, consultor, en su libro.

Todo comenzó cuando Tafurt hizo parte de un grupo de investigadores internacionales que buscaban la respuesta a: ‘¿hay diferencias en el comportamiento de la deshonestidad entre los nacionales de cinco países con diferentes culturas, niveles de desarrollo económico y percepciones de corrupción?’ El resultado fue que los colombianos somos igual de honestos y deshonestos en nuestros comportamientos que los estadounidenses, los alemanes, los chinos y los portugueses.

Cuando Tafurt publicó y comentó lo que había encontrado le dijeron que eso era imposible, que los colombianos somos deshonestos por naturaleza, y esa incredulidad fue la que lo movió a seguir buscando más datos para entender por qué nos creemos peor de lo que somos. Los resultados que recogió después de realizar 597 encuestas a personas de varias ciudades del país no dejan lugar a dudas: el 87,6 % de los colombianos desconfía de sus compatriotas porque cree que son deshonestos; el 34,8 % desconfía de sus familias por el mismo motivo. Otro 20,4 % consideró, en cambio, que es menos honesto que sus familias. “Es sorprendente el giro que da el estudio, ¿no le parece?”, pregunta Tafur.

¿Por qué?

Porque, efectivamente, el prejuicio que tenemos nos marca un comportamiento y ese comportamiento, a su vez, alimenta el prejuicio y una realidad de la cual nos quejamos. Pero el prejuicio no existe como tal fácticamente, y cuando digo fácticamente digo científicamente. Resulta que midiéndolo, no somos ni más ni menos que los demás. La deshonestidad es un fenómeno humano indistintamente de la nacionalidad. No somos lo que pensamos, pero sembramos lo que tanto tememos que somos.

Es decir, se convierte en una especie de justificación el hecho que los colombianos nos reconozcamos como deshonestos, y eso nos permite comportarnos de tal forma...

No, yo lo pondría al revés, y es una pregunta que incluyo en el libro: ¿la deshonestidad es una acción o es una reacción? ¿Usted qué piensa?

No lo sé, dígamelo usted...

¿Yo actúo deshonestamente o yo ‘reactúo’ deshonestamente? Y eso es interesante analizarlo: cómo la deshonestidad en nuestra sociedad se presenta como una reacción.

¿A qué se refiere cuando dice ‘reactúa’?

Es decir, que hay un estímulo anterior que hace que yo actúe, que me estimula para que yo reaccione deshonestamente. Eso es una manera diferente de ver la deshonestidad.

Su tendencia es más hacia la de Rousseau, quien decía que el hombre es bueno por naturaleza, y no hacia la de Hobbs, que decía que el hombre “nace lobo” y que la sociedad es la que lo “ajusta”. ¿El hombre es deshonesto por naturaleza o es la sociedad la que lo vuelve así?

Yo creo que se nos ha olvidado algo por nuestra necesidad de existencia y de ser algo especial, y es que respondemos a mandatos biológicos, y en estos no hay bueno ni malo, sino efectivo y no efectivo. Tomo aspectos de la biología, me baso en neurocientíficos y muestro cómo el comportamiento deshonesto es una reacción para suplir y cumplir nuestro mandato biológico. Entonces, para responder la pregunta, en la medida en que el entorno me facilite suplir mis necesidades de existencia y necesidades de vida, yo no voy a hacer acciones deshonestas, yo voy a someterme al entorno y voy a cumplir las reglas.

La deshonestidad, para mí, es un síntoma, ¿pero de qué? De que hay algo que no nos está permitiendo suplir nuestras necesidades

O sea, lo que usted dice es que es el entorno el que termina llevando a una persona a ser deshonesto.

Porque no le facilitan lo que llamo ‘el bendito contrato’. Si el contrato no me facilita suplir mis necesidades de bienestar de vida y de existencia, una de las acciones que puedo hacer es la de la deshonestidad. La deshonestidad, para mí, es un síntoma, ¿pero de qué? De que hay algo que no nos está permitiendo suplir nuestras necesidades. ¿Es contrario a lo que se ha pensado que es un problema de ética, de moral? No, es una reacción al entorno.

Bajo esa premisa de reacción al entorno, lo primero que viene a la mente es la persona de bajos recursos con necesidades, pero existen casos de corruptos de cuello blanco, cuyas circunstancias de superviviencia no están en riesgo. ¿Qué motiva a estos últimos?

Yo tengo una interpretación ‘sui generis’: los seres humanos partimos de la premisa de que cuando nacemos, somos tabula rasa. Entonces, de ahí en adelante nos formamos y tenemos la libertad de hacer y escoger lo que queramos. Pero yo no creo en eso, y hay todo tipo de científicos que lo han probado, y es que los estímulos que recibimos de nuestros padres ya nos preformatean. ¿Y cuáles son esos estímulos? Lo que ellos recibieron de sus padres, y de sus padres, y así. Es decir, el ser humano, mal que bien, es una imitación y emulación de sus antecesores.

¿Cómo funciona esa imitación generacional de la que habla?

El ser humano está supliendo necesidades ancestrales. Y no es misticismo. Richard Dawkins, cuando habla de que los genes son los que sobreviven y no las especies, introduce el gen cultural, que es el que se reproduce. Entonces, piense usted en lo siguiente: si tenemos un mandato de sobrevivir y un mandato de procreación, cuando se prueba efectivo, las buenas prácticas se reproducen. Pero también hablamos de prácticas no solo biológicas, sino también sociales. Cuando mis padres me dijeron: ‘haz esto que te garantizará sobrevivir’. Es decir, seguimos una secuela de prácticas sociales. Por ejemplo, la deshonestidad. La imitación y la emulación significan que yo reproduzco lo que mis antecesores me enseñaron.

No me ha respondido a la pregunta sobre los corruptos de cuello blanco...

Seguramente, estos fenómenos de corrupción son una reproducción. Creen que ese es el sistema para garantizar un bienestar de vida o de existencia que no se les dio ancestralmente. Nosotros no podemos entender al ser humano fuera de contextos, no solo personales sino históricos. No somos ajenos a las dinámicas sociales que nuestros padres fundadores tenían. Todavía hay repercusiones de ese sistema ancestral. Las altas corrupciones tienen mucho que ver con pasados familiares y también con baja autoestima.

Pero, por lo que entiendo de su libro, no es esta su preocupación principal...

Nosotros tenemos un concepto que a mí, personalmente, me afecta profundamente, que es culpar y denunciar. Yo por qué voy a culpar. Espere, hablemos de mí. Por qué tengo que culpar si yo soy el que hace las cosas. Es decir, culpamos y denunciamos a los otros, pero, ¿y yo qué estoy haciendo? Y ese es el tema central del libro: ¿yo qué estoy haciendo en mi sociedad? ¿yo cómo aporto y cómo quito? Y si se da cuenta, en general, yo no aporto solo cosas buenas, porque diariamente hacemos pequeñas acciones deshonestas.

¿Es una invitación a la autocrítica?

Primero, tengamos claro qué es la deshonestidad. Nosotros la entendemos como mentir, engañar y robar. Entonces mentimos, engañamos y robamos a nuestros congéneres, al Estado, en los negocios, etcétera. Pequeñas cosas, entonces, ¿por qué no revisamos nuestro quehacer en lugar de culpar y denunciar a los otros? La gente habla de que se incomodan cuando leen el libro, ¿por qué? Porque genera una conversación íntima. Aquí no hay otro. Estoy yo como autor que hablo de mí, y tú te identificas. Cambio la balanza de culpar y denunciar a, ‘yo qué hago’.

¿por qué no revisamos nuestro quehacer en lugar de culpar y denunciar a los otros?

¿Siendo autocrítico se construye una mejor sociedad?

Creo que lo que construye una sociedad mejor no es culpar y denunciar sino reflexionar sobre cómo sumo yo o cómo resto. Y esto no es para generar culpa, esta es una conversación desde el amor. Yo no utilizo palabras mal o bien. Si queremos una sociedad mejor creo que es fundamental empezar a ver: ‘No le preguntes qué me van a dar, sino qué puedo dar’, como decía Kennedy. Esa es la conversación que hay que dar. Tenemos que dejar de tratarnos a nosotros mismos tan mal. Somos seres humanos conviviendo en un entorno en el que hemos aprendido a responder de determinadas maneras, y entre unas de esas está la acción deshonesta, porque no hay un adecuado y debido reconocimiento.

¿No habla de bien o mal?

No, jamás, esto no es bien ni mal. Cuando yo hable de bien y de mal, pégueme un tiro.

O sea, ¿una persona deshonesta no es una mala persona?

No, yo no voy a juzgar a esa persona. En este libro hay un proceso íntimo, y júzguese usted mismo. Y se va a sorprender, porque uno puede ser buen tipo y en una situación actuar de manera deshonesta.

En el libro, usted habla sobre casos en los que ha actuado de manera deshonesta.

Yo me empeloté ante el lector. Le cuento una anécdota, le pasé el libro a mi mamá y ella dijo: ‘No digas eso’. Lo decía por el ‘qué dirán’. Pero yo dije: ‘Si yo me expongo vulnerable, qué pasa’. La respuesta es que la gente me decía: ‘Oiga, me pasó lo mismo’. Esto es una reflexión muy profunda desde mi perspectiva, pero con mi formación científica; yo no caigo en especulaciones. Me di cuenta de que el deshonesto no es ni bueno ni malo, hay algo que lo motiva. Entonces, con el libro usted tendrá una conversación consigo mismo en la que se podrá cuestionar: ¿debo cambiar mi actitud deshonesta? Y yo pregunto, ¿para qué está siendo deshonesto?

SIMÓN GRANJA MATIAS


REDACCIÓN DOMINGO

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