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Colombia

No estamos hechos para la felicidad

Hoy es un buen día, y con hoy me refiero al jueves 22 de agosto de 2019. Me siento seguro y feliz, fuerte, nada me puede salir mal. Ni idea de qué dependa, pero a veces pasa: vienes de unos días de mierda, y de golpe lo imperfecto no existe. La gente no te afecta, tampoco los trancones ni los despidos masivos de colegas. Todo marcha, y nada puede estropearlo. Es un subidón, un shot de azúcar que te hace desear que la vida fuera siempre así en vez de una montaña rusa. Cuando estás feliz tu actitud cambia, y el mundo lo nota, se te abre, y cuando sonríes, te sonríe de vuelta.

Ahora es septiembre doce, y ya no me siento así. Tampoco estoy amargado, pero esa sensación de plenitud se ha ido. Estar feliz no es lo mismo que ser feliz, así como estar bonito no es lo mismo que serlo. Usted puede arreglarse para un matrimonio y ser lo mejor de la fiesta, que al día siguiente, cuando vuelva al jean y la camiseta, será el mismo saco de imperfecciones físicas de dos días atrás.

No estamos hechos para la felicidad, no importa lo que diga Daniel Habif, porque la felicidad como la conocemos no existe, es un invento humano, al igual que Dios y el éxito. Todos esos motivadores se la pasan botándonos claves para ser felices, secretos que no existen. En Estados Unidos, la industria de la felicidad mueve once billones de dólares anuales, un negocio lucrativo basado en que estamos convencidos de que hay algo malo en nosotros, que algo que pasó cuando no teníamos uso de razón se nos quedó para herirnos hasta el último día.

Es válido trabajar para ser mejores personas, pero no se puede esperar llegar a la felicidad como si se tratara de la última estación de un recorrido en tren. A veces pasa que no te sientes feliz e ignoras por qué, pero lo chistoso es que tampoco eres infeliz, solo que no lo sabes. Entonces te gana el pesimismo y te crees el ser más miserable del planeta. Se ve en Twitter, por ejemplo, donde, vaya usted a saber por qué, gente flaca y bonita se la pasa subiendo fotos diciendo que es fea, gorda y que nadie la quiere. Con los likes de los extraños se calman, pero solo por un rato, porque la búsqueda de aprobación en las redes no cura nada, solo enferma más.

De hecho, no ser feliz no quiere decir que seamos infelices, porque, a veces, más que infelices estamos es insatisfechos, y buena parte de la culpa, si es que hay que culpar a alguien, está en el consumismo y la publicidad. Las marcas son capaces de lo que sea con tal de quedarse con nuestro dinero, por eso nos malcrían. Rappi, Apple, Nike, los valet parking de los restaurantes de lujo, todos nos están volviendo unos idiotas. Deberían calmarse, que están creando imbéciles que no se conforman con nada. Nos creemos merecedores de todo, únicos y especiales, solo por tener dinero para comprar tres cosas.

A estas alturas ya deberíamos saber que el vacío interior, esa angustia en el pecho, no se calma ni se va por muy caro que sea el plato, muy fina que sea la cartera o muy grande el reloj que llevamos en la muñeca. Las cosas no funcionan así, esto no es magia. No es que un día seas desdichado, te compres un carro nuevo e inmediatamente tu vida se convierta en el cabezote de presentación de El show de Xuxa.

Suelo quedarme con una frase que dice: “Tal vez la felicidad sea no sentir que debes estar en otro lado, haciendo otra cosa, siendo alguien más”. Suena bonito y sencillo, pero llegar al punto de no anhelar lo que no tenemos es tremendamente difícil. Ese iPhone 11 no te va a hacer feliz, pero lo deseas tanto que el 7 Plus que tienes te hace infeliz, así sea una maravilla. Lo sientes viejo, lento, feo y con una cámara de porquería. No sé qué sea la felicidad, pero seguro no es cambiar de celular cada dos años; al mundo le sobra gente infeliz que carga un iPhone nuevo en el bolsillo.

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