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Colombia

Populismos y gobiernos

Cualquier discusión sobre populismo deviene, casi de inmediato, en una acerca de democracia.

Algunos creen que populismo y democracia son dos caras de una misma moneda, o que el uno es el espejo de la otra. Otros, que el populismo surge para corregir los déficits democráticos. Pero hay también quienes piensan que son nociones opuestas, mutuamente excluyentes: si no su negación, el populismo sería una amenaza para la democracia.

Entender su relación es de particular importancia en la actualidad, dados la expansión global del fenómeno populista y el lugar que ocupa en el debate. Como observa Enrique Peruzzotti, profesor de la Universidad di Tella, en Argentina, la centralidad del populismo, hoy más que nunca, “se encuentra justificada en una teoría democrática”.

Otro argentino, Ernesto Laclau, proclamó el populismo como una expresión constitutiva de la democracia; sus ideas sirvieron de apoyo al régimen de los Kirchner en Argentina, quizás pronto de regreso. La prominencia intelectual adquirida por el populismo exige mayor atención e inteligentes respuestas.

El populismo contemporáneo se proyecta como “una fuerza de
renovación [...] que cuestiona rasgos problemáticos de la institucionalidad representativa en reclamo de mayor democracia”.

Un breve ensayo de Enrique Peruzzotti ofrece una lúcida crítica a quienes, como Laclau, identifican el populismo con la democracia (revista Saap, nov. de 2017).

Peruzzotti arranca con el reconocimiento de un hecho: la difusión contemporánea del populismo debe verse como un “corolario de la tercera ola que expandió la presencia geográfica de la democracia liberal”. Esta expansión extraordinaria fue de la mano del agotamiento de sus adversarios. “Fukuyama no estaba completamente errado”, sugiere Peruzzotti en tono provocador.

Hoy podría señalarse el modelo chino como el principal contrincante de la democracia. Peruzzotti, sin embargo, identifica una lucha que estaría dándose, aparentemente, dentro de la misma familia democrática: “Cómo comprender a la democracia” sería el interrogante central.

El populismo contemporáneo se proyecta, advierte, como “una fuerza de renovación (...) que cuestiona rasgos problemáticos de la institucionalidad representativa en reclamo de mayor democracia”: ese sería su “atractivo”. Pero no se trata de una simple disputa entre populismo y democracia, sino, más bien, entre populismo y democracia liberal.

Planteado en tales términos, “populismo y democracia liberal son enemigos íntimos”. Uno se percibe como autoritario; la otra, como elitista. El populismo “privilegia la “identificación”, la democracia liberal prefiere la “representación”. En el primero, lo que importa es la encarnación del pueblo en el líder, el sujeto que le da vida. Para la segunda, lo fundamental es la construcción de una institucionalidad apropiada para “constreñir las acciones del líder”.

El ensayo de Peruzzotti es particularmente original, creo, en los cuestionamientos que hace de la “teoría democrática” del populismo expuesta por Laclau. Si bien aquella puede servir para explicar el acceso al poder, “no puede dar cuenta del populismo como ejercicio del poder gubernamental”.

Es un punto de gran relevancia actual, dado “el creciente desplazamiento del populismo de movimientos a fenómeno gubernamental”. Sobre todo cuando los populistas llegan al poder “en contextos ya democratizados”. Lo que tal vez siga, como puede verse en las experiencias, sea “un proceso de hibridación de la democracia liberal que puede abrir la puerta para la instauración de un régimen autoritario”.

El mensaje académico de Peruzzotti es claro: es necesario reorientar los análisis del fenómeno y prestar atención al “populismo como ejercicio del poder”. Como es claro que la prominencia intelectual del populismo debe ser confrontada por mayores ejercicios como el de Peruzzotti.

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