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Colombia
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Una huella imborrable

Hay seres que van por la vida con discreción pero dejando a su paso un invaluable legado para la sociedad. Es el caso de Germán Samper Gnecco, quien acaba de fallecer a la edad de 95 años, perteneciente a una estirpe de intelectuales y quien supo que lo suyo era la arquitectura. Eso sí, combinada con la música, porque no solo tuvo pulso para trazar diseños sino para las teclas del piano, que era otra de sus pasiones.

Se estila elogiar a las personas en el momento de su ascenso hacia los pisos celestiales. Pero si alguien merece un reconocimiento justo por una vida productiva y de aporte al país, que él construyó paso a paso durante su brillante carrera, es este bogotano y benefactor de su ciudad, gracias a su profesión.

Sus obras son un testimonio. No es poco decir que es el constructor de la impresionante sala de concierto de la biblioteca Luis Ángel Arango, y de la biblioteca misma; así como que fue el diseñador de proyectos como el edificio de Avianca, de la ciudadela Colsubsidio, del barrio La Fragua, que fue modelo símbolo de autoconstrucción para estratos medios; del edificio Coltejer, en Medellín; del Centro de Convenciones de Cartagena o del edificio donde hoy funciona este diario, hecho como si hubiese avisorado los cambios del periodismo moderno y por el que recibió mención en la Bienal de Quito, en 1981.

Con razón, Samper Gnecco –uno de los ‘alumnos’ sobresalientes del gran arquitecto francés Le Corbusier– fue galardonado en varias ocasiones; entre ellas, con el Premio Nacional de Arquitectura en dos oportunidades y el Premio Bienal de Arquitectura, por Ciudad Bolívar, en 1984.

Pero tal vez merezca el premio, digamos, ‘Casa de oro’ por su trabajo en bien de las familias, pues, aparte de sus grandes obras, Colsubsidio y La Fragua interpretan su pensamiento de que “con la arquitectura se puede hacer labor social”. Y la hizo este ejemplar profesional.

editorial@eltiempo.com

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