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Colombia

Una trampa a la democracia

No es en vano la indignación ciudadana a raíz de la propuesta de unificación de los periodos de autoridades territoriales y nacionales. Esta medida, aprobada en su debate inicial en la Comisión Primera del Senado, representa una amenaza por parte de sus promotores a uno de los pilares máximos de la democracia: el respeto por las reglas de juego.

Son, al menos, tres riesgos inmensos los que plantea el proyecto, que extendería por dos años y medio los mandatos de las autoridades locales con el objetivo de unificar sus periodos en el poder. En primer lugar, y en un plazo inmediato, digno del autoritarismo chavista en Venezuela, la propuesta de unificación alargaría arbitrariamente la duración de los turnos de los ediles, concejales, diputados, alcaldes y gobernadores en un total de dos años y seis meses. Es decir, una prórroga gratuita e inmerecida que resultaría superior a la mitad del total de la duración inicial de sus gestiones. La legitimidad y la estabilidad de las instituciones democráticas colombianas sufrirían un golpe con un cambio súbito de semejante dimensión a las reglas de juego electorales.

En segundo lugar, la propuesta de extensión de los periodos de las autoridades locales y su posterior unificación con los de las autoridades nacionales significa un riesgo mayúsculo para el proyecto de la descentralización política, puesto en marcha desde hace treinta años. Las reformas de la descentralización, fundamentales para el desarrollo regional del país, no solo buscaban entregar una mayor autonomía a los gobernantes territoriales, sino también la construcción de debates electorales en torno a las necesidades propias de cada región.

Desde su entrada en vigor, la descentralización electoral ha permitido que los procesos de elecciones territoriales sean enfocados en las demandas puntuales de cada departamento y municipio, trascendiendo la pasión de las dinámicas políticas nacionales. Para recordar un ejemplo, cabe mencionar las más recientes elecciones de autoridades locales que tuvieron lugar en 2015.

En uno de los contextos de mayor división política por cuenta del proceso de paz, las votaciones regionales poco tuvieron que ver con el futuro de los diálogos de La Habana, y muchos de los candidatos ganadores en alcaldías claves, como Bogotá, Medellín y Cali, eran ajenos a ese debate nacional. Sus propuestas, en cambio, giraban en torno a necesidades locales, proponiendo soluciones en campos como la seguridad y la movilidad. La unificación de periodos, además de la injusta imposición de dos años de mandato adicional de las actuales autoridades territoriales, también retiraría la independencia del debate local de cara a las votaciones, convirtiéndolo en un capítulo secundario de una discusión centrada en el futuro de la nación entera.

Pero quizás su efecto más perverso sería la inconveniente simplificación de las operaciones políticas para las maquinarias locales. Porque si existe un sector abiertamente interesado en la unificación de los periodos, es el de los partidos políticos, que en la actualidad enfrentan la difícil tarea logística de ‘aceitar’ sus maquinarias para tres procesos electorales distintos cada cuatro años.

En ese sentido, la unificación de elecciones contemplada en el proyecto facilitaría inmensamente las labores de las maquinarias electorales al incluir la votación de autoridades nacionales y territoriales en un solo paquete, permitiéndoles a esas estructuras maximizar el provecho de los recursos de la corrupción y el clientelismo. Lo anterior implicaría un nefasto resultado, que se ha evitado a través de la separación de los procesos electorales: la hegemonía nacional y local por parte de los mismos partidos en proporciones similares, y un obstáculo al surgimiento de movimientos políticos concentrados en las necesidades de cada región.

Es claro que las maquinarias electorales serían las principales ganadoras del inaceptable e inconveniente proyecto de unificación de periodos de autoridades nacionales y territoriales, mientras que el proceso de descentralización política se vería seriamente debilitado. Son muy pocas las ocasiones en que las maquinarias políticas resultan ganadoras sin que los ciudadanos sean, por otro lado, los grandes perdedores. Evidentemente, esta no sería una excepción. Los promotores de la unificación hablan de millonarios ahorros al combinar dos procesos electorales en uno solo. Pero devolver poderes al centralismo y a las maquinarias electorales podría resultar aún más costoso.

FERNANDO POSADA


fposadaperiodista@gmail.com

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