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Uruguay

El toro por los cuernos


@| Una cosa es legalizar el consumo de drogas y otra bien distinta es legalizar el tráfico de drogas.

El Ministro de Defensa uruguayo, Bayardi, no dijo legalizar el tráfico sino: “Yo soy un legalizador global. Si se legalizara la droga y en este caso el consumo de cocaína o heroína, que presupone murgular su utilización, en realidad la droga no la distribuirían los narcotraficantes, la distribuirían los grandes laboratorios de la industria del medicamento.”


Es evidente el fracaso mundial del combate al narcotráfico. Lejos de declinar, extiende sus tentáculos. Lo prohibido, lo tabú, tiene el plus del atractivo morboso. Es ese mismo combate, eterno y perdido de antemano, el que alienta y engorda a los delincuentes, aprovechados de que son la única vía que atiende, a precio de sangre, la desesperación de los viciosos. Esa batalla perversa les sirve para elevar a su gusto los precios de los alucinógenos, con los que se seguirán forrando mientras la prohibición siga vigente.

Ni más ni menos que como sucedió en la época de la Ley Seca. No se conoció, en USA, Meca de distintas mafias, un auge delictivo -basado en una única sustancia prohibida- mayor que el de aquellos trágicos años. La sociedad estadounidense, y el mundo en consecuencia, pudo comprobar que gran parte del “Mal etílico” radicaba más en la férrea prohibición que en el propio consumo.

Al reglamentar y controlar el consumo de alcohol la nación norteña dejó de gastar, inútilmente, vidas y dineros de los contribuyentes, al mismo tiempo que el dinero obtenido de los impuestos al mercado establecido, pasó a engrosar el erario.

Cuentan las crónicas de ese entonces que, contrariamente a lo vaticinado por los interesados augures apocalípticos, el número de alcohólicos no aumentó y desaparecieron los casos de consumidores clandestinos muertos por ingesta de alcohol adulterado.

La dependencia de distintos tipos de estupefacientes se inició en ancestrales tiempos y medró, hasta hoy, en reductos de ignorancia.

Las creencias en supercherías, los múltiples fanatismos y la evasión enfermiza de una realidad que disgusta y atemoriza al individuo, son síntomas de un mismo estado emocional: la inseguridad existencial, resumida en la conducta del avestruz.

Las adicciones no son otra cosa que las llaves venenosas que prometen y abren las puertas del paraíso que termina convertido en el infierno sin salida de la víctima pusilánime.

Las forjó la ignorancia, las perpetúan los vendedores de humo y mitos y solo se extinguirá por la razón inversa.

Siempre, lo queramos o no, seguirán existiendo, mientras no se nos eduque en forma global. Pero educar no es prohibir, ni amaestrar. Mucho menos adoctrinar. Educar es abrir los ojos de la conciencia que, adormecida, late en todos nosotros, mediante la apertura al mundo de la ilustración.

Tal vez haya llegado la ocasión de aplicar las lecciones del pasado y dejar de murgular, barriendo bajo la alfombra en un intento, necio y homicida, de pasarle, irresponsablemente, la ardiente pelota a las generaciones por venir. 

En algún momento deberemos tomar, con valentía, el control que hoy, a todas luces, sigue en manos de criminales.

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