Costa Rica

La y los diputados tienen la palabra

Protesta de los trabajadores del sector público contra la Reforma Fiscal. Cortesía

La suerte del proyecto de ley 20.580, relativo a la reforma fiscal,  hace un rato se viene decidiendo en los salones, corredores y despachos del primer poder de la República. Y, como debe ser, porque es lo constitucional,  es la Asamblea Legislativa la que decidirá en su plenario si la aprueba o rechaza.

No me considero enemigo ni adversario del señor Presidente, no hasta ahora. No soy parte de la comparsa que ruega por su fracaso y por su ruina política, porque ello significaría desearle mal al país. No me arrepiento ni me voy a arrepentir de haberlo apoyado en la justa electoral. De hecho el Presidente está tratando de cumplir con lo que prometió.

Pero no soy, tampoco, un “yes man”. El ciudadano es ciudadano y como tal tiene el deber de fiscalizar con vehemencia el proceder del poder político, más del que uno ayudó a triunfar. Fiscalizar y fiscalizar, sin temor y sin complejo, es la misión del ciudadano frente a su gobierno, frente al gobierno del presidente Alvarado.

No me arrepiento, ni jamás me voy a arrepentir, por haber criticado con severidad la violación de la autonomía universitaria. Lo seguiré haciendo las veces que sea necesario, pero con la actitud de siempre, una que es sincera y frontal, ecuánime diría, por el bien de la casa común: Costa Rica.

Yo le temo al pueblo en momentos de movilizaciones y estallido social, porque hasta entonces ha de agregarse a los poderes de la República el poder de la calle, asunto que los gobernantes -el poder político constituido- con frecuencia ignoran, quieren no ver y quieren desdeñar. El poder de la calle puede ser odiado o ser celebrado. En cualquier caso, es curiosa dicha actitud perezosa y mal calculada de muchos gobernantes, porque cuando el poder de la calle camina lo que ello refleja es, sencillamente, una realidad, y no verla es cercenarse un ojo. El Presidente tiene la obligación de prevenir incendios.

Creo, sinceramente, que el Presidente debería dialogar con los sindicatos, sin condiciones preestablecidas, aunque los gremios se encuentren en huelga, a la vez que no se inmute en seguir tejiendo las alianzas parlamentarias requeridas para aprobar el proyecto de ley. Me extraña que la Asamblea Legislativa no reciba el mismo tipo de presión y vilipendio, como el que soporta a diario el Ejecutivo. Los gremios deberían seguir al milímetro el comportamiento político de cada uno de los legisladores, sin excepción, para encararlos e individualizar las  responsabilidades políticas. El control ciudadano sobre los legisladores debe multiplicarse y fortalecerse, porque es en el parlamento donde se decide, al final de tanto alboroto, el destino de la reforma fiscal. Es lamentable que la cultura democrática de la nación no haya estado a la altura de este desafío.

Luchar por la democracia es fatigoso y hermoso pero, sobre todo, fatigoso, La democracia es una idea muy hablada y celebrada, a la vez que poco comprendida y vivida. La gente tiene una concepción muy religiosa de la misma. Sus principios se repiten con poca encarnación, con fe mágica, como los feligreses que se duermen de cansancio recitando un largo rosario.

En la fe lo anterior puede justificarse, pues a ella uno agrega muchos misterios y no contradice su naturaleza; con la política democrática ocurre lo contrario, pues en ella se revela la necesidad de batallar contra todo misterio que tenga que ver con su funcionamiento, y ella se exalta con la necesidad de ser conocida a fondo.

En consecuencia, la democracia no puede existir sin cultura democrática, una que indique el teje y el maneje de sus propiedades reales, las más materiales y concretas. La lucha por la democracia es fatigosa porque los pueblos no están acostumbrados a entenderla y desearle desnuda. Costa Rica no es la excepción.

La paradoja es una: se puede vivir en democracia (la conseguida al momento) y convivir junto a sus instituciones con poca o mediana cultura democrática. Ello no es deseable ni recomendable por ser ello una crueldad conceptual y vivencial.  No de otra manera puedo explicar lo extenuante que ha sido y sigue siendo el ponernos de acuerdo con el tema fiscal. La democracia debe ser despojada de todo ropaje enigmático y debe ser entendida en los signos de su propio alfabeto, para el sencillo disfrute de su promesa. Sin un discurso común, democrático, la inteligencia se exila y los desencuentros se expanden, como epidemia en casa propia.

(*) Allen Pérez es Abogado

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