Yoani Sánchez

La Habana, Cuba

En un circo como escenario, con cara pintorreteada y voz chillona, unos pesados dibujos animados oficiales representaban hasta hace poco a varias figuras de la oposición cubana y del periodismo independiente. Eran los tiempos en que el acceso a internet desde la Isla era tan limitado que las redes sociales estaban abarrotadas de perfiles de la Seguridad del Estado. Su presencia apenas ha mermado, pero ahora también estamos nosotros.

Durante más de una década y con total impunidad, los soldados de la web denigraron a activistas, crearon cuentas falsas para intentar destruir el prestigio de disidentes y lanzaron una encarnizada batida contra los blogueros que no estábamos bajo el arbitrio de la Plaza de la Revolución. Todo les estaba permitido. Lo mismo lanzaban un ataque misógino que promovían una evidente amenaza contra la familia del calumniado o revelaban detalles íntimos para hacerlo más vulnerable.

No recuerdo de aquellos años, entre 2007 e inicios de 2019, que los atacados pudiéramos llevar a cabo ningún tipo de proceso legal para limpiar nuestra reputación o localizar a los que lanzaban sus difamaciones, pero sí tengo memoria de que la mayor parte de las veces semejantes bajezas solo nos generaban una sonrisa, acostumbrados como estamos a la maquinaria propagandística del sistema. A fin de cuentas, incluso negativa, esos ataques públicos eran una excelente publicidad gratuita para dar a conocer nuestro trabajo dentro y fuera de las fronteras nacionales. Nada hay más atractivo que lo prohibido.

Previous

Exposición de Andy Warhol, icono del pop art, desembarca en Moscú