Nicaragua

Edgard Tijerino, en la fragua de Vulcano

Conocí a Edgar Tijerino en el despegue de su carrera, empezaba a forjarse un estilo propio, obsesionado buscaba el secreto de la piedra filosofal. Tenía en mente labrarse un espacio dentro de la crónica deportiva nicaragüense. Disponía de una impetuosidad que volcaba en cada uno de sus textos. Eran años de sueños y esperanzas. Tenía una disciplina forjada en la fragua de Vulcano. Poseído por el demonio de la escritura, escribía sin horario ni descanso. Dispuesto a demostrar su valía tuvo como referentes a lo más destacados cronistas deportivos nacionales e internacionales. Apartaba de su escuálido salario unos cuantos córdobas para adquirir libros y revistas en la Distribuidora Ramiro Ramírez. De esta manera se conectaba con ilustres miembros del periodismo argentino, chileno, español y mexicano. No caminaba a tientas.

Después de renunciar a su trabajo en el Plantel de Carreteras, tenía despejado el horizonte. Atravesó la raya de Pizarro sin asomo de miedo. No se convertiría en estatua de sal. Miraba hacia delante con la convicción que sabría sortear obstáculos que intercedieran en su deseo de conquistar la más difícil y complicada competencia que puede enfrentar un ser humano: triunfar en la escuela de la vida. Una lucha donde muchos quedan reprobados. La doble renuncia —a su antiguo trabajo y a las aulas universitarias— servía de acicate. No habría vuelta atrás. Un gran regocijo fue escalar en menos de lo que cruza una estrella fugaz sobre el firmamento, las páginas deportivas de La Prensa. Para entonces había reservado un lugar especial en su casa en Bello Horizonte, para instalar su biblioteca y laboratorio de escritura.

Cuando mudaron a Lomas de Guadalupe, Chilo y Edgar convinieron que el espacio más grande en su nuevo hogar, sería destinado para su fragua de escritura. Durante un tiempo mi arreglo con Edgar era que, si uno de nosotros salía al exterior, traería una camisa de regalo al otro. No sé en qué momento ocurrió el viraje. El cambio consistió en que el obsequio debería consistir en uno o varios libros. La biblioteca de Tijerino crecía vertiginosamente. Las revistas fueron mudadas de sitio. El comprador compulsivo de libros y revistas, cada vez que regresa trae su mochila cargada de novedades. Su sed de conocimiento lo condujeron a crear una biblioteca de la que pudiera asistirse sin contratiempo. Tenerla a mano. A su casillero en Miami no solo le llegan libros y revistas deportivas, también recibe las últimas publicaciones literarias.

Al entrar al estudio de Tijerino uno entra a la fragua de Vulcano. Con hierro candente moldea a sus criaturas sobre el yunque, hasta dotarlas de una fisonomía singular. Con paciencia artesanal y sabiduría ancestral, pule cada uno de sus trabajos —joyas bien engastadas— para entregarlos a lectores y oyentes. La diversidad de sus filigranas se debe a las exigencias que plantea una audiencia cautiva. Su deambular por el dial no ha incidido en sus seguidores. Lo siguen como una aguja imantada. Doble Play constituye su desayuno deportivo, para luego esperar un suculento almuerzo. Menú a la carta. Nadie se atraganta. El condimento preferido de Tijerino es la risa. En un país ensombrecido por las malas noticias, Edgar procura darles la buena nueva, hace a un lado la tristeza para no continuar entristeciendo a un pueblo entristecido.

Alguien que desde el inicio decidió consagrar un nicho para la realización de su trabajo, lo hace bajo la certeza de estar frente a un desafío que sabrá librar a cualquier precio. ¿Cuándo? A Edgar eso lo tenía sin cuidado. Su preocupación era otra. Lo primero era sentar los cimientos de su nuevo proyecto de vida. La paga recibida no entró en sus cálculos. Desplegó vuelo y extendió sus alas hasta cubrir todos los deportes. Algo inusual dentro de la crónica deportiva nicaragüense. Beisbol, boxeo y basquetbol eran las disciplinas dominantes. Tijerino creyó que había llegado la hora de incorporar además el atletismo, la esgrima, jabalina, tenis, ping pong, etc. Aspiraba a que las páginas deportivas de La Prensa, fuesen una auténtica página de deportes. Deseaba captar lectores cuyas preocupaciones iban más allá del boxeo y beisbol.

Al inicio de nuestra amistad —en los setenta— nuestros metederos por las mañanas eran los puestos de vaho, al caer de la tarde, El comedor Angelita. Al medio día me invitaba a almorzar donde doña Rosibel y don Gustavo. Tiempo compartido. Discutíamos de todo, hasta del fin del mundo. A la salida de la puerta principal del Estadio Nacional, Anastasio Somoza García, grupos de fanáticos estaban esperándole con el ánimo de trenzarse en largas discusiones. Tijerino trataba de responder a todos. Desde entonces pulía su vocación por el debate. No había cumplido los treinta y ya empezaba a ser una celebridad. Un despegue meteórico. La vanidad no hizo nido a su orilla. Su desarrollo fue veloz. En 1970 fue llamado por Manuel Espinoza Enríquez para hacer la sección deportiva del Noticiero Extra. Edgar empezaba a multiplicarse.

Dueño de múltiples rostros, Tijerino ha sido hombre organizado, en cada etapa de su vida ha sabido diferenciar con claridad lo sustantivo de lo accidental. El heno de la paja. Compaginar lo propio con lo ajeno ha sido una tarea a la que se ha entregado con desbordante pasión. Edgar sabe darse a sus amigos, igual que a sus millares de seguidores. Tiene una sensibilidad a flor de piel. Resiente la situación que atraviesa Nicaragua, abriga la certeza que los jóvenes conseguirán con su lucha, un mañana para todos, sin exclusión alguna. Un futuro resplandeciente. Esta es tal vez la faceta más conocida en el presente. Una mirada hacia atrás permite comprender que esta ha sido una posición innegociable en su agenda cotidiana. Una Nicaragua libre de oprobios ha sido su divisa. Un sueño inconcluso. Su máxima aspiración.

En conjunción con su afán por descollar en la prensa deportiva, para lograrlo de manera permanente, supo que tenía que abrirse a otras lecturas. Ampliar sus conocimientos. En 1971, año de su desembarco en radio Corporación, atendiendo invitación que le formularan Fabio Gadea Mantilla y José Castillo Osejo, Edgar estaba convencido que tenía que entrarle de lleno a los forjadores del boom. Su biblioteca literaria fue creciendo en igual o mayor proporción que su biblioteca deportiva. Edgar cuenta con una hemeroteca y biblioteca deportivas como pocas en Nicaragua. Continúa comprando libros, quien se distancia de la lectura empobrece su visión de la vida y del mundo. Por mucho que proclame que él no cursó estudios de periodismo, se forjó a través de sus lecturas y desvelos.

Para llegar a ser lo que es hoy Tijerino, tuvo que asomarse a las páginas de los más grandes escritores de la humanidad. Su humanismo deviene de su proximidad con estos autores. Iluminaron su paso y ratificaron su compromiso ciudadano. La versatilidad y contundencia de su prosa, viene a ser el verdadero resultado de sus muchísimas horas de lectura, termómetro para medir su crecimiento y dominio de la técnica literaria. Como aconsejan los grandes escritores, Edgar aprendió a leer las costuras a las pelotas. No lee por el simple prurito de leer —aunque sea la mejor forma de hacerlo— sino con el propósito de pulir su prosa, por hoy inconfundible. Una de las particularidades de Tijerino ha sido hacerse un tiempo diario para consumirlo de la mejor manera: empaparse de sabiduría, leyendo a sus mayores.

Edgar empezó a cautivar por la forma que adereza su prosa, disparando nombres, fechas y circunstancias no solo de carácter deportivo, también sobre literatura universal. La conjugación entre su oficio y preocupaciones cívicas, resultan estimulantes. ¿Cómo no reconocer como enorme mérito suyo interesarse por el pan nuestro de todos los días de los nicaragüenses? En un país donde pan y circo ha sido la eterna dieta que los políticos recetan para todos los nicaragüenses, Edgar rompió lanzas y desertó de esta constante que abraza a la mayoría de las personas involucradas en el deporte. No cayó seducido por los cantos de sirena. No se echó en brazos de la marrullería. No hay manera de hacerlo transigir en su propósito por alcanzar un nuevo amanecer. No está dispuesto a ceder ni un milímetro.

Cuando Edgar me preguntó cómo lo vería escribiendo o hablando de política, no alcancé a comprender su decisión. El día que me lo dijo ya había dado tres pasos adelante. La Tertulia —inicialmente en Canal 2— fue la concreción de ese sentimiento. El programa televisivo ratificó su cualidad multifacética. Podía correr, saltar y nadar a sus anchas en la prensa escrita, la radio y la televisión. Son contados los periodistas que han logrado hacerlo exitosamente. Muy pocas personas pueden fijar la atención disertando a través de los micrófonos, escribiendo en los periódicos, aparecer en las pantallas de televisión y obtener el beneplácito de radioescuchas, lectores y televidentes. Tijerino se propuso subir el Everest y logró escalarlo sin asomos de cansancio. Después de cincuenta y un años se mantiene en la cima.

Una de sus decisiones formidables fue haber fundado en 1981 el programa radial Doble Play. Su fracaso como burócrata ratificó que su genio no estaba para consumir tiempo lidiando con políticos a quienes gusta y complace que acepten sus decisiones sin chistar. Mi padre me advertía: “El puesto mata al poeta”. En mi paso por la universidad como burócrata no deje que la serpiente mordiera mis pies. No tendría obra ni hubiera hecho lo poco que hice en la decanatura de la facultad de Ciencias de la Comunicación de la UCA. La invitación de Carlos Guadamuz permitió a Edgar crear un programa que es toda una institución. Doble Play lleva cuarenta años de estar seduciendo a sus radioescuchas. Como avezado jugador de ajedrez, Tijerino introduce variantes para no cansar a sus oyentes. Este es el secreto de su fórmula.

Doble Play es testimonio fehaciente que, sin haber estudiado periodismo, Edgar logró lo que pocos han logrado en el ámbito deportivo: levantar su propia escuela. Acampó en la prensa escrita, radio y televisión, ciñéndose a su propio dictado. Tijerino atrajo la atención de decenas de jóvenes que han bregado a su lado. Abierto a los deseos de quienes quieren sobresalir en un campo donde laboran connotadas figuras del periodismo nacional, Edgar se convirtió en su indiscutible maestro. Sabían que al seguir sus pasos refrendaban su propio sentir: arañar la posibilidad no solo de ser los mejores, también de superarlo, sueño dorado de todas aquellas personas que se convierten en maestros, en diferentes campos del saber. Siguieron entusiasmados la trayectoria de Tijerino hasta alcanzar su propio estilo. Su propia voz.

Doble Play está más próximo a los planteamientos sobre la radio de Jesús Martín Barbero, que de cualquier programa deportivo tradicional. Al romper la regla, Doble Play integró a una mujer en la nueva etapa del periodismo deportivo. La leonesa Lissethe Torres inicio su peregrinar en Doble Play. Su llegada fue un bálsamo refrescante. Una voz femenina hablaba con desenvoltura en un ámbito reservado usualmente para hombres. El despliegue de humor daba otra tonalidad al programa. Para ampliar su universo de escuchas, abrió un paréntesis a las telenovelas brasileñas. La sensación del momento. Invadieron los hogares nicaragueneses. Las condenas de la izquierda evangélica no encontraron eco, hombres y mujeres de distintas clases sociales, se pegaban al televisor para disfrutar de las propuestas de TV Globo.

Al dirigir la mirada sobre el vasto escenario de la crónica deportiva nicaragüense, uno termina comprobando que muchos de quienes disponen de su propio espacio deportivo, pasaron antes por esa inmensa aula de aprendizaje que se ha convertido Doble Play. Todos ingresaron motivados por la excelencia de Edgar. Con el pasar del tiempo, muchos de estos jóvenes son unos aventajados. Tijerino debe sentirse complacido de haber logrado esta hazaña y no seguir repitiendo que él no pasó por las aulas de periodismo. ¿Por qué aula universitaria pasó Rubén Darío, fundador de la crónica moderna? ¿A qué aulas acudió Manolo Cuadra, uno de los consagrados de la crónica nacional? ¡Por ninguna! El denominador, es que fueron incansables lectores. Ambos hicieron época en sus respectivas especialidades. Nuestros grandes maestros.

Con reconocido orgullo, el grupo de jóvenes que acamparon en Doble Play, reconocen que tuvieron en Edgar a un profesor insustituible. Con esa intención se acercaron a Doble Play y hoy se sienten más que agradecidos. Con diferentes énfasis cada uno de ellos expresa que recibieron la savia de Edgar Tijerino Mantilla. En todos ellos fructificó de distinta manera. Son los mejores testigos de su magisterio. Basta asomarse a lo que expresan René Pineda, Agustín Cedeño, Miguel Mendoza, Edgar Rodríguez, Germán García y Moisés Ávalos, para cerciorarnos de todo el bagaje recibido, para trascender en la crónica deportiva. En 1988 interrogué a todos mis alumnos, les pregunté dónde deseaban verse en los próximos años. Edgard Rodríguez, me respondió: “Deseo ser tan bueno como Tijerino”. Tenía despejado el horizonte.

Edgar debe sentirse más que satisfecho, su terquedad y el deseo de remontar las alturas, se tradujo en algo mucho mejor. Doble Play ocupa por derecho propio un lugar en la historia deportiva nicaragüense. A lo que debemos sumar su compromiso ciudadano. Se irradia por los cuatro puntos cardinales de Nicaragua. La introducción de la variante política en Doble Play, lo catapultó hacia otra dimensión. Por demás y con micrófono abierto, Tijerino ha compensado el apoyo recibido de directores, jefes de redacción y periodistas de distintos medios de comunicación donde laboró y vertió su aliento deportivo. Conociendo como conozco a Edgar, doy por sentado que tendremos Doble Play hasta donde le alcance la vida. Nunca ha estado en sus planes retirarse. Dejar de escribir y hablar por la radio sería la muerte. ¡Póngale sello!

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